Las nalgaditas que nos prohíben dar
Hoy día se ve cómo se perdió la obediencia a la autoridad paterna y por ende a la autoridad policial y estatal
He visto situaciones incómodas de mamás que tratan de sofocar el arrebato histérico de un niño en público, fingiendo ser las más delicadas del mundo, mientras los espectadores interpretan esa tranquilidad como una manera de esconder el miedo de ir a la cárcel por escarmentar a un hijo malcriado. n
Las autoridades y me refiero no solo a la policía sino a los que legislan, se empeñan en quitarle el poder a los papás, con la idea que más vale excederse en leyes que llevar al hospital o al cementerio a un hijo. Irónicamente no se ha reducido la cifra de víctimas. n
En cambio, la exagerada sobreprotección del Estado alteró el comportamiento de quienes fueron niños y crecieron. Hoy día se ve cómo se perdió la obediencia a la autoridad paterna y por ende a la autoridad policial y estatal. Al arrebatársele a los padres disciplinar a sus hijos, surgió un cambio nocivo para la sociedad donde el respeto por los adultos, en especial por los ancianos, prácticamente desapareció en muchas comunidades. n
En mi época de niño, con solo escuchar la voz de mi padre sabía que tenía que acabar la algarabía y ni siquiera podía responder cuando él regañaba. Hoy día los jóvenes se enfrentan a sus progenitores como enemigos, insultándolos y en ciertos casos, elevándoles la mano. n
Creo que otra parte de la culpa la tienen los sicólogos escolares y de familia, que se inventaron una sarta de reglas y códigos, basados en estudios rebuscados o tal vez aplicables a otra comunidades distintas a los hispanos. n
No todos los menores necesitan ser castigado con nalgaditas, pero sí todos requieren de una dosis de disciplina, bien sea un castigo material, una prohibición a salir con sus amigos o simplemente suspenderle los privilegios como el celular, la Internet o el carro. n
El problema se complica cuando algunos papás, desesperados por recuperar el control arrebatado por el Estado, compran cariño y atención a través de regalos y dinero. Muchos padres creen reconquistar de esta manera el derecho perdido y están equivocados, porque los hijos consentidos que se les da demasiado, por lo general, se convierten en una pesadilla familiar y serán tan desagradecidos que darán la espalda a los padres en su vejez.
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