Para Ramón, las medidas económicas anunciadas por Díaz-Canel están muy distantes de su día a día, “demasiado etéreas para que me devuelvan el sueño”, así nos dice desde el portal del edificio donde se refugia durante los apagones. “Es el único lugar fresco que queda cuando nos quitan la luz, hasta nos acostamos en el piso que permanece frío por unas horas”.
Las reformas llegaron ya, y llegaron bailando ricachá
Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión
Mientras acomoda a una de sus hijas en las losas pegadas a la pared y guarda una prudencial distancia de la puerta de cristales rotos, Ramón comenta que presentar un cambio económico con la promesa de que dará frutos en meses o años es como decirle al enfermo terminal que la cura a su padecimiento llegará tiempo después de su muerte.
Desde la ciudad de Matanzas, Elizabeth se burla de su desgracia. Dice que tras escuchar el anuncio en la televisión corrió a abrir la llave del agua y a accionar el interruptor de la luz. “Mijo, todo seguía igual. Pura baba, la dialéctica del resbalón de siempre”.
Aquí enfrente, en Miami, la cosa se ve diferente: para el inversionista cubanoamericano Carlos Saladrigas, las medidas anunciadas por La Habana representan un cambio radical de la política histórica del régimen cubano, una decisión que los obliga a modificar la constitución, a reconocer un período de gracia legal y asumir alteraciones definitivas en sus principales normas jurídicas.
Pero, en coincidencia con la Elizabeth de Matanzas, Saladrigas también está convencido de que nada de lo anunciado se puede conseguir a corto plazo. “Están desesperados económicamente y por eso intentan acelerar los pasos, omitir fases para finalmente imponer esta modificación, pero con la premura pueden ahogar sus intenciones”.
Julio César tiene una tienda en La Habana. “No llego a Mipyme”, me dice, “pero me tienen ahogado entre inspectores y apagones”.
Julio César presume de haberse bebido todo lo que han publicado de las medidas: “Buscar entre líneas, comparar opiniones, estudiar los detalles”. Después de su estudio a profundidad, llegó a una sola conclusión: se siente estafado. “Esto es para ganar tiempo, están haciendo como que se mueven, pero sentados en la misma silla. A lo mejor se cambian la camisa, pero no esperes más nada”.
Desde Miami, Saladrigas lo ve de otra forma. “Son medidas a destiempo, debieron haberlas tomado en la época de Obama, cuando estaban distendidas las relaciones, cuando tenían reservas de petróleo y dólares, pero entonces dieron el portazo. Ahora, con la presión y las sanciones de Trump, están brincando como canguros, quemando etapas, desesperados por llegar a la meta, buscando atajos”.
Julio César insiste en lo de la estafa: “Si lo miras de lejos pareciera que liquidan a GAESA, que la desmiembran para entrar en el mercado capitalista, pero no les creas, los militares de siempre la están picando en pedacitos para al final quedarse ellos mismos como los dueños de los trocitos de empresa con que piensan simular el cambio”.
En Miami hay optimistas, está Lázaro Fariñas, quien ve un nuevo amanecer para el país, una posibilidad de salir del subdesarrollo al que el embargo ha condenado a la isla. Fariñas no entiende las críticas: “Palos porque bogan, palos porque no bogan”. Él pretende que le otorguen el beneficio de la duda a Díaz-Canel y su experimento tardío del supuesto cambio de rumbo económico. “Ahora le toca al cubano demostrar de lo que es capaz, ya le abrieron la puerta, ahora que naden”.
Le comento a Julio César y se burla con la frase célebre de El Gatopardo, de Lampedusa: “Cambiarlo todo para que todo quede igual”, me dice. “¿Sabes que tampoco hay luz hoy?... Y no la habrá mañana, ni pasado...”.
Cuenta que cada vez menos clientes llegan a su tienda. “Ni siquiera a mirar. Los mismos ladronzuelos de siempre a los que tengo que vigilar para que no se larguen con un pomo de puré escondido en los pantalones, está la hija del camionero de Miami a la que le mandan dólares y algún que otro amigo de la infancia que viene a pedir fiado”.
Añade que cada vez es más difícil encontrar un proveedor y que no se puede dar el lujo de viajar como antes porque no tiene los mismos ingresos.
“Todo está más caro, no sé si por las medidas, porque ya de antes venían subiendo”.
Pero le insisto en que hay una nueva burguesía. “Seguro, viven como reyes y ruedan unos carros que para qué te cuento, como el que compró tu casa, que la ha dejado nueva. Se ve bella, creo que es el hijo de un pintor”.
Mi casa, un sentido de pertenencia que no me acompaña desde hace muchos años. Ya no tengo casa, aunque sí defiendo mi barrio, más en mis recuerdos que en el mundo físico.
Mi barrio sigue siendo de mis posesiones más preciadas, incluido el banco de Quinta Avenida a donde llegábamos para sobrevivir a los apagones del periodo especial.
“Ahora tendrías que hacer cola para sentarte en esa esquina, ya no es ir ocasionalmente al banco, casi que vivimos en él, es como el saliente de arrecife en este eterno mar de apagones”, me dice el náufrago Julio César, quien me tiene que colgar porque entró el primer cliente de la semana. Alcanzo a escucharlo: “¿En qué le puedo ayudar, mi viejo?”. Luego se pierde, con todas sus desgracias, en el silencio de mi teléfono celular.
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