POR: Soledad Morillo Belloso
María Corina y nosotros
Más allá de las figuras políticas, la reconstrucción de Venezuela recae en la ciudadanía activa que, inspirada por símbolos como María Corina Machado, decide organizarse y exigir.
Ha logrado entender e interpretar el sentir, el dolor, la rabia y también esa ilusión de un país que, por más que lo golpeen, se niega a morir. Es un símbolo.
Pero para entender por qué ese símbolo funciona, hay que mirar al país como se mira una casa vieja: por las grietas, por los ruidos, por los silencios. Venezuela es un país que aprendió a hablar bajito, a caminar con cuidado, a esconder la rabia en el fondo del pecho. Un país que se acostumbró a que la política fuera cosa de otros, de los que mandan, de los que deciden sin preguntar. Y sin embargo, debajo de esa costra de resignación, siempre quedó un rescoldo. Una terquedad. Una ilusión que no se deja enterrar.
María Corina supo leer ese rescoldo. No porque tenga una fórmula mágica, sino porque entendió la complejidad del tono. El país no necesitaba discursos técnicos ni promesas de manual, necesitaba un plan creíble, confiable, respetable, una visión de país; necesitaba que alguien hablara como habla la gente cuando está cansada, cuando está harta, cuando ya no quiere que la traten como súbdito sumiso. Ella captó ese pulso emocional: la rabia que no se disfraza, el dolor que no se maquilla, la ilusión que se aferra como mata de orégano en patio seco.
María Corina es un símbolo porque entendió que no se trata de ella; se trata de nosotros los venezolanos. Un símbolo señala, ilumina. El país se mueve cuando la gente decide moverse, cuando tiene inspiración, cuando la ciudadanía deja de esperar milagros y empieza a exigir, a organizarse, a plantarse.
Venezuela ha vivido demasiado tiempo mirando hacia arriba, esperando que un nombre propio cargue con todo. Ese hábito nos ha costado caro. La política se volvió un teatro donde muchos que se creían líderes eran un biombo que tapaban lo esencial: la responsabilidad que nos toca como sociedad. La reconstrucción del país no ocurre desde un podio; ocurre desde la calle, desde la conversación en la cola del mercado, desde la terquedad de quienes dicen “ya basta” sin gritarlo, pero con la mandíbula apretada.
María Corina es un buen símbolo porque interpreta el país como se interpreta un paisaje conocido: con memoria, con cicatrices, con esa mezcla de nostalgia y furia que define al venezolano. Entendió que el país no se reconstruye desde un compendio de palabras bonitas. Se reconstruye desde la multitud que camina aunque a veces sin luz, que cruza el umbral aunque le tiemblen las piernas, que levanta el país aunque esté lleno de escombros.
El símbolo abre la puerta, para que la gente cruce, aunque el miedo muerda. El símbolo señala el horizonte, pero no es quien levanta la casa. Eso nos toca a nosotros, con nuestras manos, con nuestras historias, con esa ilusión que se niega a sucumbir.
María Corina es un buen símbolo.
Pero el país somos nosotros. Y somos nosotros los que tenemos que evitar la idiotez de quienes quieren sacarla del juego. Porque somos nosotros los dueños del país.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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