ver más
OPINIÓN

Más allá de la ideología: retrato de una pobreza moral

Como bien advirtió Aleksandr Solzhenitsyn: "La línea que separa el bien del mal no pasa por los Estados, ni por las clases, ni por los partidos políticos, sino por el corazón de cada ser humano"

Por YALIL GUERRA

Los Ángeles, año 2002

Un joven cubano emigrante llega a esta ciudad junto a toda su familia, ilusionado con las múltiples oportunidades que esta metrópolis promete. Es uno más entre los miles que, a lo largo de décadas, se han atrevido a emigrar en busca de un sueño. Un sueño que no siempre tiene forma definida, pero que se sostiene en una convicción íntima: la posibilidad de una vida mejor.

Antes de arribar a su destino final, hubo una primera parada en la ciudad de acogida: Miami. Una ciudad habitada por familiares y amigos que, en otro tiempo, cruzaban los fines de semana el umbral de su casa en La Habana. La ilusión de reencontrarlos pronto comenzó a desvanecerse, pues muchas veces los seres humanos optan por desaparecer para evitar que se les pida ayuda, incluso por quienes alguna vez fueron cercanos. No es la distancia geográfica la que separa, sino una distancia más sutil y más incómoda: la moral.

Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿qué nos sucede? Cuando uno emigra, necesita, quizás más que nunca, la ayuda de su comunidad, y más aún, de su familia. Sin embargo, es precisamente en ese momento cuando esa red, que se presume sólida, revela sus fisuras.

Como por arte de magia, uno a uno fueron desapareciendo. Sin explicaciones, sin despedidas, sin conflicto aparente. Simplemente dejaron de estar. Sin embargo, esos vacíos no permanecieron intactos: fueron ocupados por nuevas presencias. Surgieron amistades inesperadas, personas que en aquella Cuba cercana, aunque ya distante, no ocupaban un lugar protagónico, pero que en el exilio adquirieron una dimensión distinta. La vida, en su equilibrio casi irónico, reemplaza ausencias con presencias que terminan siendo más auténticas.

En el transcurso de mi vida he recibido el afecto de muchos, en ambas orillas; y también he conocido el desafecto. He encontrado personas, tanto allá como acá, que no profesan amor por el prójimo. Y entonces me pregunto: ¿cómo es posible que el bien y el mal coexistan, independientemente de la ideología que se practique? ¿Cómo puede alguien defender una causa, un sistema o una visión del mundo, y al mismo tiempo fallar en lo más elemental: el trato humano?

Como bien advirtió Aleksandr Solzhenitsyn: "La línea que separa el bien del mal no pasa por los Estados, ni por las clases, ni por los partidos políticos, sino por el corazón de cada ser humano".

Y, en esa misma línea de pensamiento, Martin Luther King Jr. nos recuerda: "La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad; solo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar al odio; solo el amor puede hacerlo".

Ambas ideas convergen en una verdad incómoda: el problema nunca ha sido exclusivamente estructural o ideológico; es, en gran medida, humano. Estas reflexiones conducen a una conclusión que muchos evitan por su crudeza: el ser humano puede definirse, en su esencia, como buena o mala persona, sin que medien sexo, color de piel, origen, profesión, religión o inclinación política. Todo lo demás son capas, disfraces y justificaciones.

La esencia que nos habita, las influencias del entorno familiar y social, y —más importante aún— nuestras acciones diarias, son las que determinan nuestra capacidad de crecer y de evitar el camino de la maldad. No basta con pensar bien; es imprescindible obrar bien. Y ahí es donde muchos fracasan.

¿Quién no recuerda a un maestro al que le debe tanto? ¿Quién no agradece a un médico que le curó o hizo todo lo posible por sanarlo? ¿Quién no guarda gratitud hacia aquel vecino que le tendió la mano en un momento necesario? Esos gestos, aparentemente pequeños, son los que sostienen el tejido invisible de la sociedad. Esa, al menos para mí, es la verdadera esencia de la humanidad: la acción desinteresada, la empatía sin cálculo, la presencia cuando más se necesita.

A lo largo de la historia, todo gobierno ha ejercido su poder con el objetivo de mantener a su población bajo control. No importa el siglo ni el lugar. La sensación de libertad se desvanece cuando somos testigos de cómo seres humanos pierden su libertad e incluso la vida en distintas geografías, donde, en ocasiones, hasta el color de la piel se convierte en un agravante. La historia cambia de escenario, pero repite sus patrones.

Frente a ese panorama, el principal proyecto de cada ser humano debería ser su propio perfeccionamiento. No como un ideal abstracto, sino como una práctica diaria. En esa búsqueda, hacer el bien y evitar el mal no es una opción, sino una responsabilidad. Identificar a quienes obran mal en cualquier parte del mundo, no es tarea sencilla: es más bien, una labor de toda una vida.

Porque al final, solo quedas tú frente a tu conciencia… ¿Quién eres?

Yalil Guerra, Ph. D.

 NULL

    

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Temas

Deja tu comentario

Te puede interesar