Hoy, cuando celebramos la solemnidad de Todos los Santos, quizá debamos preguntarnos si hemos aprendido a mirar la santidad con los ojos de Dios o si, por el contrario, hemos terminado reduciéndola a nuestros propios criterios de perfección.
Meditación para la solemnidad de Todos los Santos: La santidad sin aureola
La multitud invisible de quienes, con sus luces y sus heridas, todavía intentan ser mejores personas
Porque hay santos con aureola, nombres inscritos en los calendarios litúrgicos y biografías que merecen ser estudiadas. Pero también existe una santidad silenciosa, sin monumentos ni reconocimientos, que transcurre en las casas, los hospitales, las calles, los campos y las habitaciones donde alguien cuida de otro sin esperar recompensa.
Son personas que probablemente nunca serán canonizadas, pero que han sabido hacer del bien una manera de vivir.
Uno de nuestros errores consiste en imaginar a los santos como seres humanos que nunca tuvieron contradicciones, dudas, debilidades o luchas interiores. Como si la santidad fuese una condición reservada a quienes jamás conocieron la oscuridad.
El Evangelio no nos presenta un museo de personas impecables. Nos presenta hombres y mujeres llamados a convertirse, a levantarse, a amar y a comenzar de nuevo.
El teólogo alemán Karl Rahner, al reflexionar sobre la universalidad de la gracia de Dios, planteó que su acción puede alcanzar también a personas que no profesan explícitamente la fe cristiana. Su conocida idea del «cristianismo anónimo».
No se trata de adjudicarle a todo ser humano una identidad religiosa que quizá no comparte, ni de afirmar que todas las conductas son equivalentes. Se trata de recordar que el misterio de Dios es mayor que nuestros conocimientos y que no nos corresponde pronunciar sentencias definitivas sobre la conciencia ajena.
Por eso, en este día, recordemos con gratitud a los santos reconocidos por la Iglesia, pero no olvidemos a quienes hicieron el bien sin recibir reconocimiento alguno. Recordemos a quienes vivieron con una fe luminosa y también a quienes, sin saber nombrar su esperanza, buscaron sinceramente la verdad, la justicia y el amor.
No estamos aquí para repartir aureolas, sino para revisar nuestra propia manera de vivir. No para decidir apresuradamente quién merece ser considerado bueno, sino para preguntarnos qué estamos haciendo con la oportunidad de serlo.
Recordemos, amigos, estas palabras para finalizar:
Si algún día alguien recuerda nuestra vida, que no tenga que inventarnos una aureola para encontrar en ella alguna razón para creer que todavía vale la pena ser bueno.
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