OPINIÓN

Nadie se rinde, hasta que se rinde

Un análisis preciso para contar las cosas como son

Por Mookie Tenembaum

El 6 de marzo Donald Trump escribió que no habría ningún acuerdo con Irán salvo la rendición incondicional. Al día siguiente el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, contestó por televisión que ese era un sueño que los estadounidenses debían llevarse a la tumba.

En el fondo, alguien pidió la rendición y otro la negó. Seis meses después, el 23 de septiembre, Pezeshkian lo repitió ante la Asamblea General de las Naciones Unidas cuando dijo que su pueblo nunca inclinará la cabeza, ni doblará la rodilla. Esta vez nadie se lo pidió, porque Trump amenazó con la aniquilación de Irán, pero no habló de capitulación. La palabra la trajo Teherán solo, en la misma semana en que ofreció reabrir el estrecho de Ormuz. En marzo fue una respuesta, pero en septiembre fue una confesión.

Nadie anuncia que no se rendirá el día que invade y tampoco lo dice cuando gana. La frase aparece en un momento preciso, cuando la capitulación ya está sobre la mesa, adentro del gobierno o en la boca del enemigo, y hace falta negarla en voz alta. Por eso la historia no registra a ningún gobernante que dijera que tal vez se rendiría.

Leopoldo Galtieri salió al balcón de la Casa Rosada el 10 de abril de 1982 y gritó que, si querían venir, que vinieran, que les presentarían batalla. Semanas después, ante el Papa, dijo que la guerra continuaría cuanto fuera necesario. Sin embargo, el 14 de junio el general Mario Benjamín Menéndez firmó la rendición en las Malvinas contra las órdenes expresas de Galtieri, que le pedía sacar a los soldados de los pozos y contraatacar. Entre tanto, Galtieri renunció tres días más tarde.

El primer ministro japonés Kantaro Suzuki respondió en julio de 1945 a la exigencia aliada de rendición incondicional con desprecio, el gobierno la ignoraba y seguiría la guerra hasta la victoria. La consigna oficial era que 100 millones de japoneses morirían juntos antes que entregarse. Nueve días después de Hiroshima el Emperador anunció la capitulación por radio y Suzuki renunció ese mismo día. El acta la firmaron un canciller y un general y Japón era una potencia industrial con un pueblo educado en el suicidio antes que la derrota. Irán no es nada de eso.

Hitler prometió que Berlín no caería y se mató en un sótano. La rendición alemana la autorizó el almirante Dönitz y la firmaron los generales Jodl y Keitel, el 7 y el 8 de mayo de 1945.

Ahí aparece una regularidad que vale la pena mirar, quien dijo nunca no aparece en el papel. Aparece otro nombre, un general, un canciller, un emperador, y reemplazaron o enterraron a quien se resistía.

Hay excepciones aparentes. Winston Churchill dijo el 4 de junio de 1940 que Gran Bretaña nunca se rendiría, y no lo hizo. Pero la frase se dijo en el mismo lugar donde la dijo Galtieri, un instante antes del derrumbe, con el ejército recién evacuado de Dunkerque. Lo que decidió el resultado no fueron las palabras, sino el hecho que Alemania no dominó el aire, Hitler se distrajo con Rusia y Estados Unidos entró en la guerra. Ho Chi Minh les dijo a los franceses en 1946 que podían matar diez vietnamitas por cada francés y que igual perderían, porque se cansarían primero. Fue el único que confesó de qué depende la frase, todo dependía de los estadounidenses, y dijo después si querían guerra de 20 años, habría guerra de 20 años.

Vietnam no capituló porque Estados Unidos no quiso pagar el precio, aunque no perdió esa guerra, ni la de Corea; tampoco las ganó, que es otra cosa. No se impuso porque eligió no emplear lo que tenía. Con las bombas atómicas necesarias, una, cinco, las que hicieran falta, Vietnam se rendía como Japón. En la guerra las opciones son dos, victoria total o no victoria; no hay una tercera.

Esa es la regla completa. Nadie se rinde mientras nadie vaya a cobrar y así Cuba lleva más de 60 años diciendo que no se rinde, aunque no fue invadida porque en 1962 los rusos pusieron misiles nucleares en la isla y Kennedy prometió no atacar a cambio de que los sacaran. Corea del Norte tiene bombas atómicas y los países con bombas atómicas no pierden guerras, y eso era justamente lo que Irán quería y lo que no le dejaron conseguir. La frase del nunca no describe la fortaleza del que la dice, es una apuesta sobre la falta de determinación de quien escucha. Lo que no funciona con fuerza funciona con más poder, no es el miedo lo que hace rendir a la gente, sino la destrucción. Cuando la devastación es total, no queda nadie para no rendirse.

La pregunta, entonces, no es cuánto aguanta Irán, sino cuánta fuerza está dispuesto a aplicar el que cobra. Y ahí está la novedad de septiembre de 2026. Emiratos Árabes Unidos, que fue durante décadas la puerta trasera financiera de Teherán, prohibió el 23 de septiembre que las sucursales del Banco Melli, el mayor banco iraní, operen con el país persa, y al día siguiente suspendió todos los vuelos de aerolíneas iraníes. Turquía le quitó la licencia al Banco Mellat el 19 de septiembre. Por su parte, Omán, Azerbaiyán y Georgia suspendieron los vuelos. Y en la misma semana Irán presentó un plan para reabrir Ormuz en siete días a cambio de que le levanten el bloqueo naval, le liberen fondos congelados y le permitan vender petróleo. Rendirse, en esta guerra, quiere decir tres cosas, reabrir Ormuz, entregar el programa nuclear y aceptar inspección. Irán ya ofreció la primera. La oferta y el nunca salieron de la misma boca en la misma semana. Ese es el sonido de un régimen que ya calcula.

Trump, según funcionarios estadounidenses, rechazó el plan y les dijo a sus asesores que espera reanudar los bombardeos después de las elecciones de noviembre; al 26 de septiembre Irán todavía esperaba una respuesta oficial. Entre tanto, Trump tiene motivos de sobra para no aflojar. Le quedan dos años de gobierno y esta es la guerra con la que lo van a recordar. Lyndon Johnson no volvió a presentarse en 1968 por Vietnam y Richard Nixon cargó con la retirada. Un presidente que empieza una guerra y no la termina no tiene segunda oportunidad con la historia. Postergar los bombardeos hasta después de votar no es una renuncia; es un calendario. Y detrás de Trump está Israel, que trata la bomba iraní como una cuestión de existencia y que tiene, a diferencia de Estados Unidos, la disposición de llegar hasta el final. Japón se rindió cuando entendió que el otro estaba dispuesto a todo. Irán acaba de decir que nunca se rendirá sin que nadie se lo preguntara. Ya sabemos qué viene después de esa frase, solo falta la última estocada.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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