OPINIÓN

No es solamente la economía, estúpido: la advertencia que nos llega de Europa

Más allá del costo de vida y la figura de Donald Trump, la preocupante escalada de violencia en Europa advierte sobre amenazas globales que Estados Unidos no puede ignorar.

Por FRANK ZIMMERMAN

La violencia en ciudades europeas y las crecientes rivalidades internacionales exigen una conversación electoral estadounidense que mire más allá del bolsillo, las personalidades y nuestras fronteras.

¿Cuánto tiempo puede transcurrir entre una crisis que comienza en París y sus consecuencias en Estados Unidos? Probablemente menos de lo que imaginamos. Mientras Europa enfrenta episodios de violencia y radicalización, aquí seguimos concentrados en el costo de la vida y en una interminable discusión sobre Donald Trump. Entretanto, apenas nos preguntamos qué amenazas estamos ignorando por considerarlas demasiado lejanas.

Desde la campaña presidencial de Bill Clinton en 1992, la célebre frase de James Carville, “It’s the economy, stupid”, pasó de ser una consigna de campaña a convertirse en la brújula que ha orientado buena parte del debate electoral estadounidense. Por supuesto, la economía nos importa a todos. El precio de los alimentos y la gasolina, el costo de la vivienda, las tasas de interés y el saldo de nuestras cuentas bancarias condicionan nuestra vida cotidiana. Sin embargo, cuando esas preocupaciones acaparan nuestra atención, corremos el riesgo de ignorar amenazas mucho más profundas, cuyas consecuencias quizá no percibamos de inmediato, pero que pueden terminar comprometiendo las instituciones y la estabilidad de las que depende, en última instancia, nuestra propia libertad.

A esa visión estrecha se suma el espectáculo mediático que gira en torno al presidente Donald Trump. Buena parte de los medios tradicionales parece atrapada en una obsesión permanente con su figura, diseccionando cada declaración para debatir interminablemente qué dijo, qué quiso decir o qué pretendía conseguir. Su particular estilo de negociación, caracterizado por exigencias extremas, cambios de posición y giros inesperados, merece ser evaluado por sus resultados, no simplemente por sus palabras. Sin embargo, esta fijación con la figura presidencial termina absorbiendo buena parte de nuestra conversación pública, mientras acontecimientos de consecuencias potencialmente mucho más profundas reciben una atención considerablemente menor.

Lo que sucede en Francia constituye un ejemplo inquietante de aquello que estamos dejando de observar. Una de las mayores economías del mundo, con instituciones democráticas consolidadas y uno de los Estados de bienestar más generosos del planeta, destina más del 30 % de su PIB al gasto social público, frente a menos del 20 % en Estados Unidos, según la OCDE. Sin embargo, sus ciudades han sido escenario de incendios, saqueos y ataques contra edificios públicos y policías. Reducir estos episodios a simples protestas estudiantiles por problemas educativos o económicos oculta, a mi juicio, una dimensión política fundamental: la actuación de grupos radicales que buscan convertir el descontento social en una confrontación con las instituciones del Estado.

Las autoridades francesas han atribuido parte de los disturbios a sectores de la ultraizquierda. Cuando determinados grupos recurren a la destrucción para desafiar las instituciones, corresponde investigar quiénes los organizan, qué persiguen y si algunas de sus acciones adquieren carácter insurreccional. Llamar las cosas por su nombre exige distinguir entre el derecho a manifestarse y la violencia política.

La advertencia se extiende más allá de Francia. Italia y Bélgica también han registrado enfrentamientos, mientras otras ciudades europeas han vivido movilizaciones por el costo de la vida, la vivienda o los conflictos de Oriente Medio. Sus causas son distintas y no está demostrada una dirección común. Sin embargo, por lo general suelen aparecer consignas compartidas, redes activistas transnacionales y discursos que vinculan reivindicaciones locales con una confrontación ideológica más amplia.

Una entrevista reciente de Víctor Andrés Ponce a Alexis López Tapia, en el programa Diálogos, de El Montonero, me llevó a reflexionar sobre esta dinámica. Durante la conversación, López Tapia abordó el concepto de «revolución molecular disipada», desarrollado a partir de su interpretación del pensamiento del filósofo francés Félix Guattari, para explicar cómo movimientos descentralizados, sin una dirección única, pueden converger y contribuir al desgaste de las instituciones. Considero que esta perspectiva ofrece elementos para comprender los acontecimientos europeos, particularmente porque plantea una pregunta fundamental: ¿quiénes aprovechan el descontento social, cómo lo canalizan y qué objetivos políticos persiguen?

La ausencia de una dirección centralizada no excluye la existencia de alianzas ideológicas ni de estrategias compartidas. Aquí adquiere especial relevancia la denominada «alianza roja y verde», examinada por la periodista Asra Q. Nomani en su libro Woke Army: The Red-Green Alliance That Is Destroying America’s Freedom (2023). Nomani describe una inquietante convergencia entre sectores de la izquierda radical y movimientos islamistas que, pese a sus profundas diferencias sobre las libertades individuales, encuentran adversarios comunes en Estados Unidos, Israel y determinadas instituciones occidentales.

La investigación de Nomami sobre redes de activismo, campañas de presión y colaboración política invita a examinar hasta qué punto esas alianzas, sus estrategias y sus narrativas están presentes en las movilizaciones europeas y, particularmente, si existen vínculos con los grupos responsables de los episodios violentos en Francia. Identificar esas posibles conexiones permitiría comprender mejor las fuerzas que intervienen en la radicalización del descontento social y los objetivos políticos que persiguen.

¿Por qué debería importarle todo esto a un ciudadano estadounidense? Porque los conflictos internacionales no permanecen confinados al lugar donde comienzan. Irán es un ejemplo elocuente. Desde 1979, su régimen ha hecho de la confrontación con Estados Unidos e Israel una parte de su política exterior. Su apoyo a organizaciones armadas, sus capacidades cibernéticas y sus operaciones clandestinas pueden alcanzar a estadounidenses dentro y fuera del país, como advierte la evaluación de inteligencia de 2026. Los riesgos que afectan las rutas energéticas de Oriente Medio también pueden terminar reflejándose en el precio de la gasolina que pagamos aquí.

Cuba ofrece un precedente todavía más cercano. Durante la crisis de los misiles de 1962, Fidel Castro instó a Nikita Jrushchov a considerar un primer ataque nuclear soviético contra Estados Unidos si Washington invadía la isla. Seis décadas después, los vínculos del régimen cubano con Rusia, China e Irán recuerdan que las grandes rivalidades estratégicas también se desarrollan en nuestro hemisferio. Nicaragua forma parte de ese entramado, al igual que Venezuela, cuya estrecha cooperación con Irán durante los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro llegó a extenderse al ámbito militar y de inteligencia. Hoy, tras la captura de Maduro y el reciente regreso de María Corina Machado, Venezuela atraviesa una nueva etapa política. Sin embargo, desconocemos hasta qué punto las redes y estructuras construidas durante décadas continúan operando. Sería prematuro darlas por desmanteladas.

A pocos días de las elecciones legislativas del 3 de noviembre, es alarmante la escasa atención que reciben estas conexiones en nuestra conversación política. Por supuesto que es indispensable debatir la inflación, el empleo, la vivienda y la inmigración, pero también necesitamos comprender cómo la seguridad nacional, las alianzas internacionales y los conflictos que parecen lejanos pueden terminar afectando nuestra vida cotidiana. Lo que sucede en París, Roma o Teherán debería interesarnos tanto por sus consecuencias inmediatas como por las amenazas que puede representar para nuestras instituciones y libertades.

Defender Occidente no significa ignorar sus errores históricos ni exigir unanimidad ideológica. Significa preservar los principios que han hecho posible nuestra convivencia: el pluralismo, el Estado de derecho, la democracia liberal y el respeto a los derechos individuales. La experiencia europea debería servirnos de advertencia para reconocer a tiempo las señales de radicalización y evitar que la violencia termine imponiéndose sobre las instituciones que garantizan nuestras libertades.

Por supuesto que importan el precio de la gasolina, la inflación y el costo de la canasta básica. Pero ninguna prosperidad económica podrá compensar la pérdida de las instituciones y libertades que la hicieron posible. Porque, después de todo, no es solamente la economía, estúpido. Lo que está en juego, en última instancia, es nuestra propia libertad y el futuro de Occidente.

Frank Zimmerman es asesor estratégico y productor ejecutivo de Contracorriente en el Adam Smith Center for Economic Freedom de Florida International University.

Consultor y comentarista político, es autor de 12 mitos sobre Cuba y escribe sobre libertad, democracia y autoritarismo en América Latina.

 NULL

    

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Temas

Deja tu comentario

Te puede interesar