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ANÁLISIS

Realpolitik: Tiempo de construir

Venezuela necesita un proyecto de reconstrucción que combine libertad económica con justicia social, institucionalidad con inclusión, apertura internacional con cohesión nacional

Por ORLANDO VIERA-BLANCO

Por décadas, la palabra Realpolitik ha suscitado una mezcla de fascinación y desconfianza. Para algunos representa la forma más sofisticada del ejercicio del poder: racional, estratégica, inmune a los sentimentalismos, posibilista más que moralista. Para otros no es más que un barniz intelectual para justificar el cinismo, la renuncia moral y la conveniencia desnuda. Ambas percepciones contienen algo de verdad. Y precisamente en esa tensión reside su relevancia.

La realidad política venezolana no escapa de esta simbiosis entre pragmatismo y justicia, fortalezas y debilidades, sentimientos y estrategias, luz y oscuridad. El caso venezolano tiene una particularidad: el objetivo libertario y restaurador es superior al interés particular en el poder, por lo que el fin supera los medios. La Realpolitik no es la negación de los principios. Es la administración prudente de las posibilidades. No consiste en abdicar de los ideales, sino comprender que la historia rara vez concede victorias puras. Como bien observó John Bew en su monumental obra Realpolitik: A History, la política eficaz comienza cuando se reconoce que transformar la realidad exige, antes que nada, entenderla.

¿Cuál es la realidad que necesitamos comprender los venezolanos para aceptar o asimilar fases de poder sin las cuales la recuperación democrática sería ilusoria

Explicar esos factores será el desafío del presente análisis.

Una transición tutelada. Un relevo controlado. Un cambio sin revolución.

Hoy pocas crisis ilustran mejor esa tensión entre moral y poder que Venezuela. Y pocas coyunturas la expresan con tanta nitidez como la nueva arquitectura geopolítica que parece emerger tras la captura de Nicolás Maduro por parte de EE.UU. El primer factor a considerar es que, sin este evento, pensar un cambio de régimen en Venezuela era ilusorio.

La salida de Maduro no supone el fin del chavismo, pero sí podría suponer el fin de un régimen criminal que se distanció de un modelo idealista, populista y de apariencia revolucionaria. Tampoco implica la inmediata restauración de la democracia, porque la reinserción de la sociedad a un Estado moderno, democrático y liberal no se agota en un evento: ni electoral, ni revolucionario, ni voluntarista. Comporta un complejo proceso de decantación política, criminal y cultural.

La historia enseña que los regímenes autoritarios no suelen desaparecer en un sólo acto. Mutan, se adaptan, buscan sobrevivir bajo nuevas formas. En ese contexto, la eventual consolidación de Delcy Rodríguez como figura de transición encarnaría precisamente eso: no una ruptura sistémica, sino una reconfiguración funcional del poder. No significa necesariamente ni apertura ni un nuevo sistema de gobierno, como tampoco en una etapa post decantación, implica que quien entre a gobernar tenga que cohabitar con el antiguo régimen. La depuración es previa. Y esa decantación exige un ingrediente elevado [y balanceado] de realpolitik, sin llegar a la candidez.

A la humanidad le hizo mucho daño el voluntarismo del primer ministro Neville Chamberlain frente a Mussolini y Hitler. El Acuerdo de Múnich fue la derrota anticipada de la Liga de Naciones devenida de inocencia frente a la barbarie. Hoy en Venezuela pasa algo similar. Puedes demostrar voluntarismo y pragmatismo, pero no a un punto de falsear la realidad o dejarse llevar por una percepción de control u obediencia.

La transición en Venezuela tiene la particularidad —por ahora— que es cabalgar con el statu quo como condición previa a la instalación real de un sistema democrático. Eso se llama decantación de los factores autoritarios. Pero si “el potaje hierve demasiado” el plato puede resultar agrio.

Desde la perspectiva de Donald Trump, cohabitar no sería una contradicción, sino una expresión clásica de Realpolitik. Trump no concibe la política exterior como una cruzada moral, sino como una ecuación de intereses. Su prioridad no es la pureza doctrinaria, sino la estabilidad estratégica: petróleo, seguridad hemisférica, contención de la influencia de Cuba, Irán, Rusia y China, control migratorio y reposicionamiento geopolítico de EE. UU. en el hemisferio occidental. Trump no es Chamberlain. Esta realidad no excluye elecciones justas. Lo que sí determina es el momento para celebrarlas. Y creo que es acertado comprender que no podemos ir a comicios sin un proceso de decantación del CNE, de la justicia e incluso de las FF.AA.

En esa ecuación, la democracia no desaparece, pero deja de ser el punto de partida. Se convierte en el objetivo final de una secuencia cuidadosamente ordenada.

Primero, estabilizar. Luego, recuperar. Finalmente, restaurar. Ese enfoque responde a una lógica histórica profundamente arraigada.

Otto Von Bismarck la habría reconocido de inmediato. Henry Kissinger también. Antes de exigir legitimidad plena hay que evitar el colapso del Estado. Antes de construir instituciones hay que asegurar el terreno. La estabilidad precede a la consolidación democrática, aunque nunca pueda sustituirla de manera indefinida. La redemocratización debe venir precedida de restablecimiento de civilidad, reestructuración de las FFAA y policiales, depuración de la justicia, recuperación identitaria y cultural y restablecimiento de un poder electoral justo y transparente.

La elección y relegitimación plena de los poderes traerá el perfeccionamiento del Estado y la transformación a un nuevo modelo de poderes liberal y democrático. El reto no es menor. Diría Weber. No es adaptarte o inclinarte en un hueco para caber y sobrevivir. Es evitar que el método de adaptación se convierta en una forma inocente de idealismo. El hueco hay que comprenderlo para salir de él, no para idealizarlo decía Weber. ¿Trump lo sabe? No lo subestimen. Los primeros que lo hacen [inclinarse y sobrevivir en el hueco]son los Rodríguez. Y se quedarán en ese foso. No los demás chavistas idealistas, no el resto de los venezolanos, no Trump, ni María Corina.

Estabilidad como concepto básico de realpolitik

Venezuela, tras años de devastación institucional, económica y social, no necesita únicamente un cambio de gobierno. Necesita una secuencia ordenada de reconstrucción nacional. La democracia, para ser sostenible, debe apoyarse sobre bases materiales, institucionales y sociales mínimamente estables. Por ello, la transición venezolana, si ha de ser exitosa, deberá atravesar las tres fases claramente diferenciadas: estabilización, que es recuperación de los servicios públicos y la fragmentación del aparato estatal; recuperación, que corresponde a la reconstrucción del tejido productivo, rehabilitar la infraestructura, restablecer servicios básicos, atraer inversión, reformar el marco regulatorio y comenzar la recuperación del salario, del empleo y de la movilidad social; y redemocratización, que es reparación normativa y justicia.

No basta con sobrevivir. Hay que volver a crecer. María Corina como factor fundamental.

La tercera, y fase decisiva, es la restauración democrática. Aquí reside el objetivo último: elecciones libres, competitivas y verificables; reinstitucionalización del poder judicial; profesionalización de la Fuerza Armada; recuperación del federalismo; libertad de prensa; independencia electoral y reconstrucción del pacto republicano.

Sólo entonces podrá hablarse de una democracia plenamente restablecida. Es en este punto donde emerge la figura de María Corina Machado como actor indispensable. La pregunta central no es si debe resistir—eso ya lo ha hecho con extraordinaria firmeza—sino cómo debe actuar en una etapa donde la resistencia, aunque aún necesaria, deja de ser suficiente. La tentación de esperar el desgaste de la estrategia pragmática de Washington sería comprensible, pero profundamente equivocada. La política rara vez recompensa a quienes aguardan pasivamente el agotamiento de las circunstancias [dixit Max Weber]. Premia, en cambio, a quienes logran influir sobre ellas. Presionar el cambio impostergable también es realpolitik. Pero inteligente y gentilmente...

Si Washington opta por una estrategia gradual de estabilización, el desafío de Machado no consiste en confrontarla, sino en reorientarla para catalizar procesos. En persuadir a EE.UU que la estabilidad sólo será duradera si desemboca en una apertura democrática auténtica.

La estabilidad sin democracia es una tregua. La democracia sin estabilidad, una ilusión. Machado debe convertirse en el puente entre ambas. No puentes con el régimen sino con el factor de cambio que es Washigton. Ese es el verdadero sentido de la expresión: tiempo de construir.

¿Construir qué?

Construir significa evolucionar del liderazgo de resistencia al liderazgo de reconstrucción. Durante años su papel consistió en denunciar, movilizar, resistir y preservar la legitimidad democrática frente al autoritarismo. Esa misión fue esencial. Sin ella, la causa democrática venezolana habría corrido el riesgo de diluirse en la resignación o en la complicidad. Igual mérito han tenido los partidos políticos [aun habiendo sido despojados han permanecido], la coordinadora democrática, el gobierno interino y el liderazgo ciudadano y de base: valiente, responsable y firme.

Pero las etapas históricas cambian. Y con ellas, las exigencias del liderazgo. Pasamos del 11A-2002 a la salida de 2014, la resistencia de 2017, el gobierno interino de 2019 y la elección de Edmundo en 2024. La resistencia desenmascara. La construcción transforma. Ese rol transformador le corresponde coronarlo a María Corina Machado. Y explicarlo a cabalidad en Washington es también su tarea, sin acritud…

Construir implica formular una visión integral de país. No basta con encarnar el rechazo al viejo orden; es indispensable articular el diseño del nuevo. Venezuela necesita un proyecto de reconstrucción que combine libertad económica con justicia social, institucionalidad con inclusión, apertura internacional con cohesión nacional.

Construir también significa ofrecer garantías. Las transiciones exitosas no se sostienen sobre la humillación absoluta del adversario, sino sobre incentivos racionales que faciliten su desmovilización política. España lo entendió. Chile lo comprendió. Sudáfrica lo demostró. No es coexistencia. Es concurrencia institucional, orden y justicia. No se trata de impunidad. Se trata de crear condiciones para que sectores del antiguo poder acepten el cambio sin percibirla como una sentencia de exterminio político. La justicia debe prevalecer, pero la venganza nunca puede convertirse en política de Estado.

Construir exige, además, ampliar la coalición democrática. La legitimidad electoral y moral de María Corina Machado es inmensa, pero la reconstrucción de una república no puede descansar sobre una sola figura ni sobre una sola corriente. Debe incorporar a empresarios, trabajadores, universidades, iglesias, organizaciones civiles, sectores militares institucionalistas y a aquellos sectores del chavismo dispuestos a integrarse a una convivencia democrática.

Las repúblicas sólidas no se fundan sobre exclusiones permanentes

En el plano económico, construir significa presentar un programa claro, secuenciado y creíble: recuperación petrolera, estabilización monetaria, reforma fiscal, seguridad jurídica, rescate de los servicios públicos, apertura a la inversión privada, modernización institucional y atención prioritaria a la emergencia social.

Los países no se reconstruyen con consignas. Se reconstruyen con planes […] En el ámbito internacional, Machado debe demostrar que la democratización de Venezuela no es sólo una causa moralmente justa, sino una solución estratégicamente conveniente tanto para los venezolanos como para sus nuevos aliados y la estabilidad de todo un continente. Una Venezuela democrática, estable y productiva serviría a los intereses energéticos de Occidente, aliviaría las presiones migratorias regionales y reduciría la influencia de actores extrahemisféricos hostiles.

En otras palabras: la libertad de Venezuela también puede y debe presentarse como una solución de seguridad regional. Esa es la esencia de una Realpolitik democrática: alinear principios con intereses, legitimidad con estabilidad, libertad con gobernabilidad.

Max Weber lo formuló magistralmente al distinguir entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. La primera atiende a la pureza de las intenciones; la segunda, a las consecuencias de los actos.

El gran estadista no sacrifica una por la otra. Las integra. El gran estadista evita anteponer su agenda a la agenda de los intereses grupales e históricos. Integrar es asegurar un sano alineamiento entre la demanda histórica de cambio, saneamiento y sanación, y disciplina, orden y autoridad.

Ese es, precisamente, el reto histórico de María Corina Machado: el equilibrio posibilista de la realpolitik.

La Venezuela del futuro no podrá edificarse únicamente sobre la derrota del chavismo. Tendrá que construirse sobre la restauración de la República. Y eso exige grandeza. La grandeza de entender que la transición no será lineal ni perfecta. Que habrá concesiones incómodas. Que la justicia deberá convivir temporalmente con la prudencia. Que la restauración democrática será un proceso, no un instante. Ese es el territorio de la política real. Pero también es el terreno donde se forjan los estadistas.

Washington puede tolerar provisionalmente a una figura como Delcy Rodríguez como instrumento de estabilización. Sin embargo, ningún arreglo basado exclusivamente en conveniencias energéticas o geopolíticas podrá sostenerse indefinidamente sin legitimidad interna.

La república alemana de Bismarck vino a consolidar la unificación del Imperio alemán tras la victoria prusiana contra Francia. De una república nacionalista y una con aires de dominación. Y llegó la I Guerra Mundial. Luego, el humillante Tratado de Versalles después de la I Guerra Mundial, condujo a la república moderna de Weimar, pero con la semilla de la frustración y el dolor de la derrota. Y apareció Hitler y su partido nazi. El resto fue holocausto, muerte y dolor, precedido de mucha candidez, humillación y exacerbación de la vocación política. Alemania dio un salto atrás. Extremos y retrocesos que conduncen a la violencia y a la anomia. Evitemos nuestro retroceso, un nuevo salto al nihilisdmo banal y redentor.

La oportunidad histórica de Machado

No debe esperar el agotamiento de la Realpolitik estadounidense. Debe influir en él [Trump], orientarlo y, en última instancia, trascenderlo, comedida pero firmemente. Debe convertir la estrategia de estabilización en un puente hacia la democratización. Los puentes no son con el régimen deciamos. Son con Washington.

Porque la estabilidad sin libertad es apenas una pausa. Y la libertad sin estrategia es una promesa incumplida. Venezuela no sólo necesita un reencuentro material. Es una reconciliación profundamente noble, identitaria, espiritual, civilista y actitudinal.

Para María Corina Machado es el momento de construir sensatez, ciudadanía y saneamiento. No ya como símbolo de oposición, sino como arquitecta de la nueva República. No como voz de la esperanza, sino como diseñadora de la reconstrucción de un renovado sentimiento nacional. No como líder de la resistencia, sino como estadista de la restauración.

Ese será el próximo gran capítulo de Venezuela: nuestra mejor oportunidad, sin candidez pero con determinación. Ese es el justo medio de la realpolitik.

@ovierablanco. vierablanco@gmail.com

Abogado. Exembajador de Venezuela en Canadá

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