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RELATO

Reinas

Vivencias que toman forma de relatos y conducen a la reflexión

Por CAMILO LORET DE MOLA

Para las más bellas había opciones añadidas. La posibilidad de convertirse en estrella prometía un futuro luminoso en una época en que todo sucedía una vez al año. Con entusiasmo, las hermosas criollitas se sometían cada verano al escrutinio de un jurado improvisado para seleccionar a las ninfas que presidirían los carnavales habaneros.

Las ganadoras desfilaban por el malecón de la ciudad, lanzando serpentinas tan lejos como podían, como si con cada esfuerzo se desprendieran de las libretas de racionamiento, los apagones y las guaguas. Eran arropadas con maxifaldas y mitones calurosos, sentadas como tontas en una carroza de falsos espejos, remolcadas por un tractor soviético que mal disimulaba su rojo chillón entre estrellas y lunas de papier mache.

Más el verdadero escenario comenzaba cuando las divas descendían de la carroza. Era entonces que se iniciaba la puja, la subasta revolucionaria por las hembras.

Como mercancías de lujo, las elegidas serían disputadas entre los “generales y doctores” del momento. Estos segundos espectáculos nunca fueron televisados, ni tuvieron lugar a la vista de palcos, tribunas y borrachos. A puertas cerradas, lejos de “afrokanes” o guaracheros, los panzones y las valkirias discutían contratos prenupciales antes de someterse a la cabalgata final. De tales concilios se desprendieron matrimonios famosos, amantes históricas y hasta algún que otro crimen pasional.

Al populacho sólo se le permitía disfrutar del paseo triunfal de cada noche y de los bretes de la selección inicial. En esa época en la que toda actividad social había sido sustituida por consignas y mártires, poder seguir por unos momentos la pasarela y las preselecciones de las aspirantes era como un escape nocturno al mundo de Oz.

El duelo de belleza se dirimía en el coliseo de la Ciudad Deportiva, la televisión y la radio reportando en vivo y ventas de tiquetes para la venta de cajitas y bebidas. Muchas veces la favorita era descalificada por razones que nunca quedaban claras. Como en aquella oportunidad en que ganó una muchacha con el corte de pelo “medieval” y el sugestivo apellido Tirado, mientras el auditorio prefería a una hermosa trigueña con el número 14.

Las más de dos mil personas que habían aplaudido como autómatas hasta ese momento, de repente corearon hasta el cansancio el dígito de la despojada. Los métodos de edición y postproducción de la época no permitían modular la trasmisión y el evento llegó sin censura a todas las casas como un ejemplo de indisciplina social, con una reina que recibía la corona entre rechiflas y unos luceros asustados por el tremendo alboroto. La animadora que cubrió el show nunca pudo superar los improperios que le dedicaron y hasta el día de su muerte la sola mención del número 14 provocaba una retahíla de justificaciones tardías. Al final, la reina rechiflada y la aspirante descalificada tuvieron su merecido consuelo en los brazos de sendos generales.

En la otra selección, la que se hacía a puertas cerradas, también se respetaban niveles y escalafones. El alcalde de la Habana, con algo de beduino a cuestas, y el presidente de la FEU (Federación estudiantil universitaria), una especie de leprocornio alcohólico, servían de pastores del rebaño de lujo, y mantenían informado al sátiro mayor de la calidad de la manada de ese año, pero mientras, jugaban a confesores y cómplices entre los senos de las aspirantes al trono.

Agrupadas en uno de los hoteles de lujo que quedaban y siempre simulando sorpresa, las aspirantes eran sometidas al examen del nuevo dueño, quien llegaba palpando nalgas y sopesando bocas para luego dictar preferencias y orden de consumo. Los esfuerzos por ocupar los primeros puestos de la lista se hacían evidentes durante el corto encuentro inicial: sobreactuaciones, miradas lánguidas y excesiva atención a cada chiste o comentario inocuo del dictador. También se valía algún empujón o un codazo oportuno a la rival cercana: olvidar un poco la compostura podía ayudar a montarte en el carro de la suerte.

De allí a terminar simulando gozo entre las sábanas del poder y compartiendo su desnudez ante las miradas de los escoltas, sólo había un paso. Algunas no sobrevivieron al juego, como la hermosa de nombre francés, que, atribulada por su romance oportuno, cruzó la calle ensimismada, coincidiendo con un temible Berliet, camión francés que obligó al ministro de gobierno a aparentar en velatorios como si se tratara de un amante real.

El espectáculo terminó por desaparecer, pero no el deporte de los sátiros verde olivo en busca permanente de las ninfas de turno.

Hoy, divorciadas o con maridos venidos a menos, repasando por última vez el paquete de fotos manchadas, releyendo cada recorte de prensa o pedazo de papel que lanzarán definitivamente al fuego de las vanidades, aquellas reinas de una noche comprenden que también fueron víctimas, manipuladas y abandonadas justo con la aparición de sus primeras arrugas o el ensanchamiento de la cintura. Mujeres que en su belleza creyeron encontrar un atajo a la felicidad y hoy sobreviven sus miserias mientras extrañan a los nietos en el exilio.

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