Durante décadas, ciertos países europeos y otros actores intermedios del escenario internacional cultivaron una ilusión de centralidad diplomática que hoy resulta insostenible. Las declaraciones del Departamento de Estado estadounidense, al comentar la posible decisión del primer ministro británico Keir Starmer de reconocer al Estado palestino, pusieron fin, de forma brutal pero precisa, a ese teatro. Dijo que “tratan de aparecer relevantes”, y con esa frase cortó de raíz una farsa que hace tiempo necesitaba ser expuesta: muchos gobiernos occidentales ya no son protagonistas, sino comparsas que se esfuerzan por parecer lo que ya no son.
Relevancia fingida: la última ilusión de las viejas potencias
Un análisis preciso para contar las cosas como son
La idea de que países como el Reino Unido, Francia, España o incluso Alemania siguen siendo árbitros morales o políticos del orden internacional es una ficción que perdura más por nostalgia que por hechos. Su poder militar es marginal, su peso económico está en declive relativo, y sus decisiones —por más resonantes que suenen en los medios— no mueven las agujas de las verdaderas decisiones estratégicas. Mientras tanto, los centros reales de poder —Estados Unidos, China, India y unas pocas potencias regionales con peso real como Turquía o Arabia Saudita— diseñan el tablero sin pedirles permiso ni consultarles el libreto.
Reconocer a Palestina en este contexto no es un acto de justicia ni de pragmatismo. Es una puesta en escena: una manera de simular que todavía se tiene algo que decir, que se pueden dictar normas, emitir juicios, marcar líneas. Pero esa capacidad se evaporó hace tiempo. La guerra en Gaza, con toda su crudeza, no se resuelve ni en Londres, ni en París, ni en Bruselas. Los actores determinantes están en Washington, Jerusalén, Teherán y Doha, y el resto del mundo mira, opina, protesta, pero no incide. Por eso la portavoz estadounidense pudo decirlo con tanta frialdad: no lo hagan para parecer importantes porque ya no lo son.
Esta desnudez diplomática incomoda a quienes construyeron su identidad nacional sobre el rol de mediadores o faros morales. Los europeos, en particular, enfrentan una contradicción que no saben resolver: proclaman su centralidad, pero actúan como subordinados. No toman riesgos, no fijan límites reales, no usan sus escasos recursos con audacia. Se refugian en gestos simbólicos, en comunicados altisonantes, en condenas que no tienen consecuencias. Y cuando alguien los ignora —como hizo Netanyahu durante toda la guerra, o como hace Erdogan cada vez que le conviene— no tienen herramientas para hacerse respetar.
Lo que queda es el ruido. El grito simbólico de quienes saben que ya no son escuchados, pero aún se resisten a aceptar su irrelevancia. Ese grito se amplifica en los medios y en los foros diplomáticos, pero no cambia nada. No mueve tropas, no modifica alianzas y no altera flujos financieros. Por eso la frase del gobierno estadounidense tiene tanta fuerza: no fue un desprecio, fue un diagnóstico. Y al exponer la verdad que todos intuyen, marcó el final de una época donde la apariencia de poder era suficiente para ser tomado en serio. Ahora, el mundo exige más que teatro.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
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