MIAMI - El dogma de la diversidad ha encontrado su forma más sutil —y a la vez más eficaz— en la estética. Heather Mac Donald en su libro The Diversity Desilusion (2018), comentaba que la universidad ha convertido la estética del agravio en criterio de verdad. Ya no importa que una afirmación sea lógica, verificable o históricamente fundada. Lo relevante es que no hiera. El daño subjetivo ha sustituido al razonamiento como medida del discurso legítimo.
Una antigua consigna universitaria decía: lo esencial es aprender a pensar. Hoy, en cambio, pareciera que lo esencial es aprender a sentirse ofendido. Las universidades han pasado de ser custodias del saber a incubadoras de resentimiento identitario. Ya no se exige excelencia intelectual, sino adhesión emocional a una moral de grupo. En vez de preguntar ¿es verdad?, se pregunta ¿a quién daña?.
El virus llegó desde las costas del progresismo anglosajón, pero en el continente americano encontró terreno fértil. ¿Quién necesita leer a Shakespeare, Kant o Aristóteles cuando puede hablar de “deconstrucción del saber patriarcal cisheteronormado” en una asamblea de facultad? Nuestros campus, otrora orgullosos de formar ciudadanos responsables, se han transformado en redes de vigilancia emocional, donde una mala palabra, un pronombre incorrecto o una crítica al feminismo institucional puede sellar el fin de una carrera académica.
Las universidades —especialmente las estatales y varias privadas “progresistas”— reproducen el mismo guión: departamentos de género que hacen de la victimización una metodología pedagógica, cursos obligatorios sobre “interseccionalidad” que enseñan a dividir al mundo entre opresores y oprimidos, y consejos académicos que evalúan la “perspectiva de género” con más celo que la calidad del argumento. Algunos egresan sin haber leído a Platón, pero con un sólido conocimiento de Judith Butler. Ignoran el Discurso del método, pero dominan el lenguaje de las microagresiones.
La diversidad que se promueve no es de pensamiento, sino de etiquetas. El profesor que propone una tesis incómoda —digamos, que el mérito sigue siendo un valor relevante— es tratado como hereje.
Y todo esto ocurre mientras el conocimiento técnico se degrada y el pensamiento lógico muere por falta de oxígeno. ¿Quién se preocupa del índice lector o del nivel de redacción de los egresados, si podemos jactarnos de haber eliminado el busto de un “colono blanco” en la entrada de la biblioteca?
Las élites universitarias en Hispanoamérica, obsesionadas con parecerse a Harvard o Berkeley, no han entendido que copiar sus peores modas no nos vuelve más cultos ni más justos. Solo nos vuelve más frágiles, más intolerantes y, por cierto, más ridículos.
Se dirá que este fenómeno democratiza el saber. Que “empodera” a los excluidos. Que cuestiona privilegios. Tal vez. Pero ¿qué clase de democracia puede crecer donde ya no se puede hablar con libertad? ¿Qué tipo de inclusión se configura sobre el miedo a disentir?
La universidad no necesita ser un campo de batalla ideológico, sino una república del pensamiento. Donde las ideas se enfrenten sin escudos de identidad ni balas de moralismo emocional. Donde podamos discutir sin cancelarnos. Donde pensar no sea un acto de valentía, sino de rutina.
Eso —me disculparán los comités de inclusión y equidad— sí que sería progreso.
En la hora presente, acometer el desafío de recuperar el cultivo de la amistad cívica, los espacios de esperanza, las solidaridades primarias, en la casa del saber común, constituye un reto apasionante en la universidad del siglo XXI.