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OPINIÓN

Sin chips, sin aliados, sin futuro: Así se derrumba el sueño comunista

Un análisis preciso para contar las cosas como son

Por Mookie Tenembaum

China construyó su ascenso tecnológico sobre una ilusión. Durante años, el Partido Comunista vendió al mundo una imagen de potencia en expansión, de avanzada en inteligencia artificial, de liderazgo industrial. Pero todo eso dependía de una condición oculta: necesitaban las herramientas, el conocimiento y los componentes que sólo Occidente sabía fabricar. No tenían nada propio, copiaban, espiaban, compraban o robaban. Ahora que se les cerró el acceso, quedó expuesto lo que eran en realidad: un poder sin base, un gigante sin cimientos.

Para fabricar un chip, se necesita diseñarlo con herramientas especiales llamadas EDA (Electronic Design Automation). Son como el lápiz del ingeniero digital. Sin EDA, no hay diseño posible. Y esas herramientas pertenecen a empresas de Estados Unidos y China ya no puede usarlas. Luego, para fabricar esos chips, se necesita una tecnología llamada litografía EUV, una maquinaria tan compleja que solo una empresa en el mundo la produce. China nunca la tuvo, y ya no puede ni acercarse. Y si quisiera correr sus modelos de inteligencia artificial, necesitaría chips con miles de núcleos de procesamiento gráfico, conocidos como GPU. China tampoco puede fabricarlos, ni comprarlos, ni acceder a los centros de datos donde se usan.

Todo esto significa que el proyecto chino de controlar el futuro se acabó. No pueden diseñar, no pueden fabricar, no pueden entrenar sus sistemas. Sus empresas más ambiciosas están paralizadas. Y lo que es peor: nadie en el mundo quiere compartir tecnología con ellos. Nadie confía en un régimen que infiltra universidades, roba secretos industriales, clona productos y amenaza con invadir a sus vecinos. Se quedaron solos y Occidente cerró filas. Lo que China interpretó durante décadas como una debilidad moral del mundo libre, terminó siendo su fuerza estratégica: unirse, cooperar y aislar.

Y acá está la clave. No es que China, como país, esté condenada; el que está condenado es el Partido Comunista. Porque necesita demostrar que su modelo sirve con resultados, no relatos. Durante años vendió épicas, proezas, promesas. Pero la realidad llegó y es amarga. Se quedaron sin herramientas, sin innovación, sin alianzas. Su ejército, inflado por propaganda, se parece más a una puesta en escena que a una fuerza moderna. No tiene capacidad real. Y su economía, que supuestamente dominaría el mundo, empieza a estancarse.

Esto no es un accidente. Es el final que les espera a todos los regímenes que intentan controlar la verdad, ocultar sus debilidades y suprimir la crítica. Así terminan los gobiernos comunistas. Así termina quien gobierna con miedo y mentira. Atención Cuba, Vietnam y Laos. Atención Venezuela. China intentó demostrar que se podía triunfar sin libertad, sin innovación genuina, sin competencia real. El mito se acabó. Y el final ya empezó.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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