Sobre héroes y víctimas
Aparte de las circunstancias personales que llevaron a estos dos cubanos a alistarse en las fuerzas armadas americanas, la interrogación mayor es, u00bfqué sentido tienen las guerras, la violencia, las revoluciones? Intelectualmente, puedo justificar la guerra u201cbreve, justa y necesaria u201d; aceptar su costo en vidas humanas es mucho más difícil. n
En la oscuridad del cine, pensé también en el comandante Huber Matos, recién fallecido a los 95 años de edad. En los años cincuenta era un maestro de Manzanillo, miembro del Partido Ortodoxo. El golpe de estado de Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952 lo llevó al exilio en Costa Rica y a aterrizar en Cuba en marzo de 1958 con un cargamento de armas y municiones que fueron clave para la victoria de la Revolución cubana. El resto es historia. Fidel Castro le otorgó el grado de comandante y lo puso al frente de la Columna Nueve. El 8 de enero de 1959 entró triunfante en La Habana al lado de Fidel.
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La alegría de la victoria no le duró mucho al antiguo maestro. El 19 de octubre de ese año renunció debido al giro comunista que estaba tomando la Revolución. Castro lo acusó de traición. n
Cumplió hasta el último día de la condena a 20 años de prisión que le impusieron. En el exilio, fundó y militó en u201cCuba Independiente y Democrática u201d, y escribió Cómo llegó la noche, un libro que, entre otras cosas, denuncia las torturas extremas en las prisiones de Cuba.
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Tuve una larga conversación con Huber Matos poco tiempo después de que llegara a Miami. No era ya el héroe épico de 1959, sino un hombre de 60 años, en mangas de camisa, en una modesta casa de Westchester. Me pareció una buena persona. Hubiera sido un magnífico maestro. n
Sus acciones en 1958 fueron decisivas para el triunfo de la Revolución, pero nada de lo que hizo después -ni sus largos años de prisión, ni sus aún más largos años de exilio- han influido, hasta ahora, en los destinos de Cuba.
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Si tenía conciencia de esta verdad dolorosa, nunca lo dejó ver, pero sospecho que pesaba sobre él. Su carta de renuncia, ya fuese un acto de valor o de ingenuidad política, sin duda respondía a un imperativo moral. No quiso ser parte de una Revolución que no se basara en los principios democráticos en que él creía. Es de admirar. De héroe de la Revolución pasó a ser víctima de la Historia, atrapado por una serie de hechos cuya dinámica no podía detener, de la misma forma que no hubieran podido hacerlo algunos jóvenes alemanes que en un momento dado dejaron de creer en el nazismo. n
Me continúa angustiando el papel de la violencia en la política (sabemos por Clausewitz que la guerra es su continuación por otros medios). Pienso en tantas vidas sesgadas por balas, granadas o minas. Duelen los muertos y heridos en Iraq y Afganistán. Sufro por Ucrania, y por Venezuela, a la que me unen vínculos entrañables. Abogo por la cultura de la paz, el diálogo, el plebiscito, las urnas, los compromisos. Sé que no siempre están dadas las condiciones. Me parece responsabilidad de todos intentar propiciarlas. Seguramente que en Venezuela existirán quienes, como Matos en 1959, piensen que cuanto sucede en su país actualmente no es por lo que lucharon. El protagonista principal es hoy el u201cbravo pueblo u201d que está en las calles: obreros, amas de casa, y, sobre todo, estudiantes. Héroes y víctimas a la vez. Se fueron a una manifestación y les cambió la vida para siempre. Ojalá que sea para bien.
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