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OPINIÓN

Una advertencia oportuna

“La única cosa peor que un comunista es un comunista incompetente”. Marco Rubio

Por NINOSKA PÉREZ CASTELLÓN

Que no se equivoque La Habana. La frase no fue un desliz ni un titular manipulado. En la noche del lunes 28 de septiembre de 2026, en la cadena Fox News, Marco Rubio le dijo a Sean Hannity que quienes en Cuba siguen coreando consignas y calculan que basta con esperar el final de la administración Trump están equivocados y que “Aprenderán la lección por las malas si no corrigen el rumbo”.

El secretario de Estado añadió que Washington espera que la isla elija otro camino y que no permitirá que Cuba se convierta en una base de operaciones contra Estados Unidos. La advertencia llega con un diagnóstico previo. Rubio sostuvo que el régimen de Cuba ya cayó. Me imagino que quiso decir que para enterrarla solo falta el papeleo. Dejo claro que Cuba no tiene una economía funcional y está gobernada por gente que sigue predicando una revolución que murió hace veinte años. Califico a Cuba, una vez más, de Estado fallido en todo su esplendor.

La observación que ofreció sobre la fracasada revolución es que, si bien conserva, la capacidad de encarcelar y reprimir, no la de resolver las necesidades de la población. Se refirió al fracaso de un régimen del que ha huido el 20 por ciento de la población desde el 2021. Más importante, fijó una vez más, la condición de cualquier solución, no puede haber libertad económica si antes, no hay libertad política. Poniendo fin a los sueños de verano de una cúpula que, para sobrevivir, se viste de oveja para pedirles a las víctimas que regresen, inviertan, ayuden a cabildear para que les quiten las sanciones y, sobre todo, para que por arte de magia hagan desaparecer la ley Helms-Burton.

Conservo una copia de la ley firmada por sus patrocinadores, el congresista Dan Burton y el senador Jesse Helms. Como diría Winston Churchill, tomo “sangre, sudor y lágrimas”, muchos viajes a Washington, miles de millas recorridas, incontables días en el Capitolio y el esfuerzo de un Jorge Mas Canosa a quien solo la muerte detuvo en su lucha por ver a Cuba libre.

El día que se firmó la ley fue con Bill Clinton de presidente; no le quedó otra opción después del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, donde Migs castristas pulverizaron con el odio y desprecio por la vida que los caracterizan a ciudadanos americanos en espacio aéreo internacional.

Recuerdo que Mas Canosa miró alrededor del salón y vio a compatriotas que se habían opuesto a la ley presentes en la ceremonia de la firma, como si la hubiesen apoyado desde el primer día. Se le aguaron los ojos, solo dijo con pesar: “Qué fácil hubiera sido si los que están aquí nos hubieran apoyado, cuánta hipocresía nos rodea". Luego fue la decisión de un visionario como Lincoln Díaz-Balart y su hermana legislativa Iliana Ros-Lehtinen para que la ley quedara codificada, quitándole por primera vez la potestad a un presidente sobre un asunto de política exterior para dársela al Congreso.

Ese es el mensaje que Marco Rubio le ha hecho saber al régimen. Cambios políticos por encima de inversiones o levantamiento de sanciones. Marco Rubio conoce perfectamente la vieja manía de La Habana. El régimen ha sobrevivido ganando tiempo. Esperó el final de Eisenhower, de Kennedy, de Reagan, de Bush. Sobrevivió a la caída de la Unión Soviética porque encontró otro subsidio en Caracas. Durante décadas, el modelo no fue producir: fue cobrar renta política a un patrocinador externo para garantizar el poder y el principal beneficiario ha sido la mafia de la familia Castro. Cuando en enero Washington capturó a Nicolás Maduro, ese patrocinador dejó de existir de repente. Rubio ya había dicho que el régimen cubano debería estar preocupado. Ocho meses después, la frase es más tajante: esperar ya no es una estrategia válida.

El peligro que el régimen representa para Estados Unidos no está en un ejército capaz de cruzar las 90 millas. Está en un Estado fallido al otro lado del estrecho, alineado con adversarios de Washington, lo cual constituye un problema de seguridad, aunque no dispare un misil. Lo es porque la isla fue y sigue siendo, taller de inteligencia y de protección personal del chavismo y de otros grupos y regímenes terroristas. Rubio recordó en enero que buena parte del esquema de seguridad que rodeaba a Maduro, aunque de poco le sirvió, estaba compuesta de cubanos. Aun así, el régimen de La Habana insiste en que no representan un peligro. Lo son porque controlan puertos, aeropuertos, bancos que lavan dinero, el monopolio de la fuerza y siempre han estado dispuestos a venderlos al mejor postor, y eso no se va a tolerar. Quien pierde si no escucha es una cúpula que depende del control policial para su permanencia en el poder. Sin petróleo venezolano regalado, sin crédito chino ilimitado, sin el antiguo subsidio soviético o el patrocinio de la Rusia actual, no lo pueden lograr. Eso les debe dejar muy claro que con un vecino que ya sacó a Maduro de Caracas, el margen se reduce a negociar una salida.

Deberían saber a estas alturas que reprimir más no rellena los estantes vacíos ni detiene las protestas. Negociar, en los términos que Rubio puso sobre la mesa, significa elecciones, apertura política y el fin del monopolio militar sobre lo que aún genera divisas. Para quienes viven de ese monopolio, corregir el rumbo es perder el negocio. No corregirlo es apostar a que la presión se agote antes que las reservas, las remesas y la paciencia de la oficialidad media. Esa apuesta ya falló una vez, en 1991. La diferencia es que entonces había otro imperio dispuesto a pagar la factura. Quienes llevan décadas perdiendo son los cubanos sometidos a la indignidad, a hospitales sin insumos, a apagones y a una policía que reprime a quien protesta. Eso no es una transición. Es el escenario que Rubio describió y calificó de estado fallido. Quien gana si hay corrección no es el Departamento de Estado. Gana el cubano que podrá votar y expresarse con la garantía de no ir a prisión. El que saldrá de la miseria a la que lo ha condenado el socialismo y los que se lo han impuesto.

La preferencia que Rubio repitió es diplomática, un camino irreversible de cambio, no un desembarco. La advertencia existe precisamente porque La Habana ha tratado esa preferencia como un plazo electoral. El régimen puede seguir haciéndose la víctima. Puede culpar al embargo de los apagones y hacer creer que la soberanía justifica el calabozo. Lo que ya no puede decir, después del lunes, es que nadie le avisó.

Rubio lo resumió en una elocuente frase: “Están equivocados, y la lección llegará por las malas si no corrigen el rumbo”.

La pregunta no es si Washington habló claro. Es si La Habana entendió el mensaje.

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