Una isla que se hunde
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Con estas melifluas cifras, Raúl no ha tenido otra opción que abrir su parcela para tratar de atraer capitales foráneos. Claro, que con condiciones y sin excluir la expropiación: los inversionistas no podrán entrar ni en la educación ni la salud (y defensa), los otrora insignes programas del Gobierno con los que seguramente quiere continuar haciendo propaganda barata.
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En todo caso, Raúl tendrá difícil obtener los entre 2.000 y 2.500 millones de dólares anuales que necesita para poder mantener a flote su dictadura. Y es que los capitales extranjeros lo que buscan y necesitan es seguridad jurídica, una quimera en territorio cubano.
Si Raúl considera que se están violando las reglas que él mismo dicta y escribe, el empresario puede acabar en la cárcel. Los ejemplos son demasiado conocidos.
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Por eso, esta iniciativa lo único que pone de manifiesto es la situación desesperada en la que se encuentra la economía cubana. Lo que necesita Cuba no es una reforma económica. Sino una política, y se llama democracia.
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