Para los habaneros de los años 1970 el colmo de la peste y el descuido era la jaula de los leones del zoológico metropolitano, había que alejarse hasta la acera de enfrente para mal disfrutar la eterna siesta de las fieras con pelambre embadurnada en sus propios orines.
Una selva sin leones
Vivencias que toman forma de relatos y conducen a la refexión
En una cruel asociación de olores, inspirados en la desidia del zoológico del Nuevo Vedado, el ingenio popular bautizó como leones a los trabajadores de la recogida de basura de la ciudad.
Estos recogedores eran el blanco favorito de los gritos infantiles de “¡vayaaa... leoneees…!” que, calle por calle, perseguían a los recién estrenados camiones españoles Ros Roca donde los trabajadores vertían los latones con desechos.
Los ofendidos leones eran virtuosos manejando en equilibrio enormes tanques de 55 galones sin que la basura quedara desparramada en la calle, y profesionales en colgarse del camión en marcha, “en escena” decían, para moverse hasta la próxima parada. Pero también debían cuidarse de los muchachos que junto a los gritos les lanzaban piedras y hasta pomos por sorpresa. Porque una pandilla de barrio que se respetara tenía que presumir al menos de una emboscada contra los leones.
Hay que reconocer el valor de un león para desempeñarse en la posición más baja de la escala laboral, solo comparable a la plaza de enterrador. Un trabajo que absurdamente te clasificaba como exconvicto, enfermo mental o rechazado social.
La desidia del régimen en estos 50 años ha llevado a la extinción de esta especie urbana, ya no hay leones y mucho menos camiones que los transporten. Eso sí, han conseguido que el país entero se transforme en la jaula del zoológico de nuestra infancia, a veces hasta la superan en olores.
De paso han engendrado una nueva bestia: la basura urbana que se reproduce de forma incontrolable en las esquinas de cada barrio, como los virus, convirtiendo en un pantano de pestilentes bolsitas de nylon lo que antes fueran portales de edificios públicos o las intersecciones de las calles.
Los cubanos de a pie no tienen como enfrentar la crisis, son por obligación los gestores del desorden, sin otro remedio que continuar engrosando el vertedero improvisado en la puerta de sus casas. Como solución desesperada algún que otro temerario ha decidido incendiar el imperio de los desechos, a riesgo de que su fuego profiláctico termine expandiéndose a todo el barrio antes que los cansados bomberos aparezcan y luego, finalmente, una carreta cargada de reclutas llegue para recoger lo que quedó del basurero.
Los soldados cubanos ya no se preparan para enfrentar la cacareada invasión americana, ahora sirven para espantar a los desamparados que viven de reciclar los desechos de otros y ser ellos los que metan sus manos en la porquería. Son las nuevas hienas, los únicos a quienes, ocasionalmente, el régimen puede movilizar a falta de leones. Muchachos flacos con el miedo al calabozo en sus muecas de asco y sus holgados uniformes manchados de cualquier cosa, limpiando el espacio que en cuestión de horas volverá a convertirse en la selva del desastre.
“¿Qué leones?, ¡si aquí no quedan ni gatos!” me dice un colega desde la isla, “nos acostumbramos a lo podrido, hasta celebramos cuando el aguacero aleja, en un arroyo de aguas prietas, los desechos de mi vecindario, loma abajo, hacia otro charco”. En tono burlón me asegura que solo el gerente del barrio no bota la basura en la calle, “se la lleva en el carro, lejos del chivato, para que no encuentre los restos de la langosta o cualquier otra cosa que le comprometa”.
Cuba apesta, el régimen no consigue resolver los macro problemas del país, ni los más elementales, esos que tienen forma de cáscara de plátanos y almohadillas sanitarias usadas.
Yo prefiero recordar a Sergio, el vecinito del barrio gritando “Muevelooo”, para que el chofer se desplazara antes que los trabajadores hubieran terminado de vaciar los tanques, provocando una especie de caos y gritos de protestas. “Los puse a rugir” decía Sergio entre risas mientras corríamos para escapar de la ira de los leones del barrio.
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