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Cuba

Violencia y silencio

Cuba no solo se desmorona por la miopía de un sistema utópico cargado de superlativos para sus escasas hazañas. Hoy la muerte en la isla puede encontrarse a la vuelta de la esquina
Por EDITORIAL DIARIO LAS AMÉRICAS

Los gobiernos dictatoriales tienen la marcada tendencia de cubrir las deficiencias de la sociedad, que promulgan haber creado sin defectos, con el arma del silencio. Y en Cuba tenemos un claro ejemplo de esta tesis.

Recientemente estuvo en Miami el director del Partido Republicano de Cuba, Adel López, quien, como muchos todavía, se resiste a que denominen Isla de la Juventud al terruño insular que en su niñez exhibía, orgulloso, el nombre de Isla de Pinos.

Pero López no visitó la que por antonomasia es la sede del exilio cubano en Estados Unidos con el propósito de hablar del cambio de nombre que decretara Fidel Castro a su lugar de nacimiento, aunque la decisión arbitraria le sigue causando malestar.

El connotado opositor puso el dedo en la llaga del cáncer del comunismo abordando un tema que siempre se ha negado a reconocer el castrismo, y es que en Cuba hay violencia, que la gente se mata entre sí por hambre y desesperación, y que este es un fenómeno, peor aún, en ascenso.

Lo más triste del asunto es que el Gobierno cubano sabe perfectamente lo que ocurre, sus autoridades de Policía poco o nada hacen para evitar desenlaces fatales en la comunidad y finalmente es el pueblo el que lleva todas las de perder.

Es claro que entre la población hay armas blancas que cercenan vidas y, de hecho, están siendo utilizadas con ese fin, mientras que los cubanos más rudimentarios, o más desesperados, optan por la fuerza bruta para acabar con la vida de sus rivales, empleando técnicas como el estrangulamiento.

Esto lo sabe la gente del común gracias a la comunicación oral. De boca en boca se transmiten las noticias que dan cuenta de acuchillamientos y de hechos de barbarie que denotan una creciente ola de violencia en vecindarios y ciudades de Cuba.

Como es propio de las dictaduras, los medios deben callar por miedo. Nadie se atreve a denunciar lo que entre la población es vox populi por temor a represalias que pueden derivar incluso en prisión para aquellos osados que, de inmediato, son tildados de opositores.

Entretanto, Cuba no solo se desmorona por la miopía de un sistema utópico cargado de superlativos para sus escasas hazañas. Hoy la muerte en la isla puede encontrarse a la vuelta de la esquina, a manos de alguien profundamente desencantado con las falacias de los comunistas en el poder.

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