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MIGRANTES Y SITUACIONES

Puerto Obaldía, la miel, la loma y otras paradas camino del infierno

Permítanme no hablar de política, si es que puedo

Por JOSÉ LUIS RUMBAUT LÓPEZ

 

Para Liliana, quien debe

 estar en territorio norteamericano,

como tantas historias similares.

 

Hoy quiero contarles dos historias sacadas como un hilo de la madeja que nos aqueja, que nos somete y esclaviza en estos años en que la vida parece ir más de prisa y solo hacia un mismo destino.  Permítanme hablar de migrantes y de situaciones, comentarles cifras y calentarles el cerebro con lo que pasa a nuestros alrededor, con lo que duele aunque no pase a nuestro alrededor, aunque (puede parecer increíble) no tengas a nadie muerto en el mar, desaparecido en circunstancias raras, atravesando alguna selva de Centroamérica o pudriéndose en una húmeda y solitaria celda fronteriza hasta conseguir, pago por medio, un salvoconducto.  Permítanme no hablar de política, si es que puedo.

 

HISTORIA 1

Me bajo frente a la Farmacia Del Ahorro (¡aunque de ahorro tiene muy poco!) y compro las pastillas que me trajeron allí. Al salir casi tropiezo con dos niños, uno de meses con un pomo de leche a su lado, y otro de unos 4 años parece que lo cuida.  Llego a la camioneta y me asalta aquella jovencita:  unos 14 años,  piel cobriza, pelo largo azabache muy lacio, pinta de no haberse bañado en días.  “Una ayuda, señor; ¡una ayudita para comer!”,  me decía.

Miro por encima de ella y veo en medio del camellón que separa las sendas de la Avenida Boca del Río todo un campamento: dos mayores (si se les puede llamar), flacos, desgarbados, hambrientos, sucios, con otros cuatro niños más entre 5 y 12 años.  Mochilas y artesanías hechas a mano denotan un espectáculo que veo a diario en las céntricas avenidas de Veracruz.  Son migrantes centroamericanos, vienen desde el extremo del istmo y se bajan del famoso tren de la muerte que ya todos denominan La Bestia, porque el hambre no los deja seguir.

“Somos de Honduras, y vamos hacia Estados Unidos, con el favor de Dios”, me dice la muchacha mientras toma la moneda de diez pesos mexicanos que le extiendo.  Desde el camellón todos me miran, debo ser el primero que les da algo. ¿Cuantos días hace que están de camino?, les interrogo. Ella se vira para el flacucho que luego tengo la impresión de que es el padre, y él se encoge de hombros; la señora (que tal vez no pase los 35 años) me dice: “Como tres semanas”. 

Nunca he sabido cómo lidiar con la miseria.  Soy partidario de una sociedad solidaria no caritativa, me crié con niños que cuando eran pobres no tenían dos pares de zapatos, pero todos comíamos.  En mi casa, pobre y a media con su piso de tierra, carenaban los amigos que no tenían estratos sociales.  No, al menos a mi vista.  Por eso a mediados de los 90 me hacía mella ver a los niños limpiando cristales.  Me dolía el alma y no sabía qué hacer. Nunca he tenido claro qué  hacer frente al hecho, pero sí ante la situación que lo provoca.

HISTORIA 2

“¡Hola Jose!”.  Levanto la vista y veo un mensaje por Facebook de mi amiga Lili, cienfueguera y guerrera como pocas.  No estaba esta vez en Ecuador como la anterior, cuando me sorprendió su solicitud de amistad en las redes.  Me dijo con toda la discreción del mundo que estaba llegando a la frontera con México y estaría en Tapachula en unas horas.  “¡Estás loca!”,  le dije pensando con rapidez en la odisea desde Quito hasta allí para que la deportaran, pues hay convenio entre los dos países.  “No te preocupes -me dijo ella-, allí me retienen unas horas y luego me dan un salvoconducto para llegar a la frontera con Estados Unidos”.

Y así fue, para mi sorpresa.  En la semana que estuvo retenida ella no tuvo que pagar mucho, pero las historias que me contó fueron de horror y misterio, de película del sábado por la noche.  Debo haber chateado horas porque tengo tantos detalles del trayecto que poco me falta para estar allí:  viajes de noche hasta el Lago Agrio para pasar clandestinos a Colombia, atravesar un país que trata de salir de la violencia, retenes del ejército, extorsión, lanchas para salir de Colombia y evitar la selva; Puerto Obaldía para obtener un salvoconducto que le permitiera atravesar Panamá, una loma que impresiona a todos, La Miel, primer pueblo de Panamá, allí coincidir con 200 cubanos varados por falta de dinero. 

Una avioneta a Ciudad de Panamá, y luego la carretera panamericana atravesando Centroamérica para llegar a México.  Una semana en una fría celda y luego 90 días para abandonar México.  Pero en pocas horas: Matamoros, frontera y paso hacia el objetivo.  Ha costado años de vida, 2 600 dólares y casi un mes de camino.  ¡Pero llegó!  Muchos aún están en los distintos puertos que tiene este viaje al infierno que hacen tantos cubanos en busca del sueño americano.

EPÍLOGO

Llego a casa, entrego las medicinas y el anís estrellado que debía quitarle vía lactancia materna los cólicos a la pequeña Lucía.  Miro a mi alrededor y salgo con mi sobrino, antes agarro un litro de leche, compro un kilo de tortillas de maíz y una lata de frijoles.  Llego a la intercepción de Ave Boca del Río y Bulevar Miguel Alemán y lo entrego a las caras sucias y hambrientas que vienen (en botella, pienso, para verle al tema una sonrisa que no aparece) dejando miseria atrás con un sueño que tal vez no lleguen a disfrutar.

Hay 40 millones de inmigrantes en Estados Unidos, de ellos 11 millones son ilegales.  Cuando conoces Centroamérica, cuando has trabajado en lo profundo de Chiapas y Veracruz, sabes lo que significa miseria, pobreza extrema.  Cuando has entrevistado personas desplazadas en muchos lugares del mundo, sabes que hay consuelo si miras a los tuyos y les dices que ellos no saben lo que es la miseria.  Pero tal vez me equivoco y  tienen similares motivos que los hondureños para arriesgar su vida.  Tienen las mismas secuelas y posiblemente el mismo destino.  Hasta llegar a la frontera.

Porque allí los míos son recibidos y protegidos, el resto tendrá que seguir de ilegales tal vez el resto de sus vidas.

Pude colaborar algo con mi amiga, solo algo; los riesgos fueron todos de ella: la idea, el camino y el valor para seguir es todo de ella.  La idea fija de que llegar es lo importante tal vez ayudó a no darse por enterada de que pudo estar muerta, o algo peor… le pregunto en ráfaga:  ¿Por qué  arriesgar la vida, la pasabas tan mal?  Pregunta de Perogrullo, no vine en un avión desviado.  Pero la respuesta merece otra columna.  Busca tranquilidad, vivir de su trabajo, comer y dormir con su esfuerzo.  Busca decidir sin necesidad de mirar si es políticamente correcto, sin temor al vecino, sin vender el alma. ¿Lo conseguirá? Pienso, pero no se lo digo.

Les pregunté lo mismo a los hondureños. Después de mirarse entre ellos, el que parecía el padre me pidió una mochila.

Como cada domingo quiero escribir algo fuera de la política, hoy encontré un resquicio dentro del mundo que nos rodea, algo que nos afecta a hondureños, mexicanos y cubanos.   Algo que pudiera considerarse un problema social del mundo contemporáneo.  Un largo y tortuoso camino que en muchos casos termina en el infierno.

¿Podemos darnos el lujo de no hablar de política?

(Les recomiendo este excelente y amplio reportaje que habla sobre lo que aquí les cuento: )

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