Cuando Juan Felipe Ramírez habla de confiabilidad, no lo hace desde un laboratorio ni desde la comodidad de una oficina. Prefiere contar lo que ocurre en el campo, en estaciones de bombeo, en minas y en plantas donde la digitalización promete transformarlo todo, pero donde la realidad suele ser más compleja.
Lo que nadie explica de la digitalización industrial, contado por el ingeniero Juan Felipe Ramírez
El ingeniero ha estado en la primera línea de proyectos donde se introdujeron sistemas de monitoreo en tiempo real, algoritmos predictivos y plataformas de gestión digital
“La tecnología es útil, pero no basta con instalar sensores o plataformas digitales. Si la gente no cree en ellas, no funcionan”, comenta con serenidad.
El ingeniero ha estado en la primera línea de proyectos donde se introdujeron sistemas de monitoreo en tiempo real, algoritmos predictivos y plataformas de gestión digital. La promesa era clara: anticipar fallas, reducir paradas y ahorrar millones. Sin embargo, no todos los intentos fueron exitosos.
Ese tipo de experiencias lo han llevado a convertirse en una voz crítica frente a la euforia tecnológica. Juan Felipe Ramírez no se opone a la digitalización, pero insiste en que su valor real depende de cómo se implemente. “Lo digital no puede reemplazar la experiencia. Tiene que complementarla”, señala. Para ilustrarlo, recuerda a un operador veterano que detectó una falla inminente gracias a un olor metálico, mucho antes de que los sensores emitieran una alarma. “Los sistemas fallan menos cuando los combinamos con lo que la gente ya sabe”, añade.
La conversación se adentra en lo que considera uno de los grandes desafíos de esta era: la confianza en los datos. “Si la información que ingresa es incorrecta, la predicción también lo será”, afirma. Juan Felipe Ramírez compara un registro mal diligenciado con un engranaje roto: ambos terminan por comprometer todo el sistema. Por eso, en sus capacitaciones insiste en la disciplina del dato: validar, revisar y entender que cada registro es tan importante como una pieza mecánica.
El tema de la digitalización se conecta inevitablemente con la presión económica. Las empresas invierten en nuevas tecnologías esperando resultados inmediatos. Según Ramírez, esa expectativa suele chocar con la realidad.
“Un algoritmo no aprende en un día. Necesita historia, contexto, ajustes. El reto es convencer a las gerencias de que la confiabilidad digital requiere paciencia”, comenta.
Para él, el mayor riesgo es vender la idea de soluciones instantáneas y terminar generando frustración cuando los resultados tardan en aparecer.
Preguntado por el futuro, no duda en señalar las energías renovables como el siguiente campo de batalla. Los parques eólicos y solares ya funcionan con sistemas digitales integrados, pero enfrentan dificultades propias: variabilidad de recursos, localización remota y costos logísticos altos. “La confiabilidad en renovables no puede esperar al fallo. Una turbina en medio de un desierto detenida por semanas significa pérdidas enormes. Lo digital es clave, pero tiene que estar al servicio de un plan sólido de prevención”, explica Juan Felipe Ramírez.
En medio de este panorama, lo que distingue su visión es el énfasis en las personas. Más que en algoritmos sofisticados, confía en equipos capaces de interpretar señales y de actuar con criterio.
Sobre los reconocimientos que ha recibido, como el premio de ACIEM al Ingeniero Mecánico del Año o la Distinción a la Excelencia en Gestión de Activos, habla sin adornos. Los menciona solo como prueba de que la disciplina empieza a ser valorada. “Lo importante no es el trofeo, sino que más empresas entiendan que la confiabilidad digital es necesaria para competir y para ser sostenibles”, afirma.
El relato termina con una reflexión que conecta lo técnico con lo humano. Para Juan Felipe Ramírez, el verdadero reto de la digitalización industrial no es instalar más sensores ni acumular más datos, sino lograr que la gente confíe en ellos, los entienda y los convierta en decisiones. “La confiabilidad no vive en la nube. Vive en la forma en que interpretamos lo digital para que las máquinas, las personas y los procesos sigan funcionando sin sobresaltos”, concluye.
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