El concepto de metacognición emergió en la psicología cognitiva durante el último tercio del siglo XX, impulsado por las investigaciones de John H. Flavell, quien lo definió como el conocimiento que el ser humano posee sobre sus propios procesos y productos cognitivos (Flavell, 1979). Tal como señalaron Perfect & Schwartz (2002), la capacidad metacognitiva va más allá del acto de pensamiento, ya que implica un nivel superior de procesamiento, enfocado en supervisar, regular y orquestar procesos cognitivos al servicio de una meta u objetivo concreto.
En términos neuropsicológicos, Fleming (2021) postuló que la metacognición es la capacidad del cerebro para monitorear sus propios pensamientos, lo que permite al individuo juzgar su desempeño y corregir errores y constituye una habilidad fundamental para la adaptación y el aprendizaje complejo.
Funcionalidad y utilidad adaptativa
La función primordial de la metacognición radica en la optimización de los recursos intelectuales y en la adaptación conductual ante situaciones novedosas, ya que Dweck (2006) argumentó que la metacognición sirvió como el motor subyacente de la "mentalidad de crecimiento", dado que permitió al sujeto identificar fallos en sus estrategias de aprendizaje y reorientar el esfuerzo hacia la mejora continua, en lugar de atribuir el fracaso a una falta de capacidad innata.
Asimismo, Tarrant & Holt (2016) destacaron que la metacognición en el contexto educativo facilitó la transferencia del conocimiento, más aún cuando el estudiante que comprendió cómo aprendió pudo transferir las nuevas capacidades a diversos dominios, lo que promovió la autonomía intelectual y la resiliencia ante las dificultades académicas.
La investigación neurocientífica ubicó los procesos metacognitivos principalmente en la corteza prefrontal (CPF), una región cerebral asociada con las funciones ejecutivas de alto nivel. Fleming (2021) detalló que la corteza prefrontal anterior (área 10 de Brodmann) desempeñó un rol crítico en la introspección y la evaluación de la propia cognición, ya que se diferencia de las áreas sensoriales primarias que procesan la información externa.
Estudios de neuroimagen funcional revelaron que el área 10 de Brodmann mostró una mayor actividad cuando los sujetos reflexionaron sobre la precisión de sus decisiones, lo que sugirió que la capacidad de "pensar sobre el pensamiento" dependió de la integridad y la maduración de las estructuras de la corteza frontal, que continuaron su desarrollo hasta la adultez temprana.
Aspectos centrales: conocimiento declarativo y procedimental
Es fundamental explicar que el análisis teórico de la metacognición distinguió dos componentes interdependientes clasificados como conocimiento declarativo y conocimiento procedimental.
Primero, el conocimiento declarativo (o conocimiento metacognitivo) se refirió a la información estática a la que el individuo accedía en su “base de datos mental” para explicar la cognición en general, elaborar esquemas para abordar situaciones, reconocer estrategias para resolver problemas y enumerar las demandas de una tarea específica. Por otro lado, el conocimiento procedimental (o regulación metacognitiva) concernió la ejecución práctica y dinámica de la información de su “base de datos mental” para planificar acciones, monitorear o evaluar procesos mentales durante la ejecución. (Perfect & Schwartz, 2002).
Aquí amerita recalcar que el conocimiento declarativo responde al "saber qué", y el conocimiento procedimental atiende al "saber cómo" y al "cuándo" aplicar dicho conocimiento para regular el desempeño.
Tipologías y manifestaciones metacognitivas
La literatura especializada en psicología moderna clasificó la metacognición en modalidades específicas que se diferencian según el proceso cognitivo que fue objeto de supervisión y regulación:
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Metaatención: Implica un constructo vinculado a la conciencia del funcionamiento de la propia atención y a la capacidad de regular eficazmente los procesos atencionales ante distracciones internas o externas. Tarrant y Holt (2016) explicaron que la metaatención va más allá de darse cuenta de la pérdida de foco, porque también implementa estrategias volitivas para reorientar los recursos cognitivos hacia la tarea relevante.
Un ejemplo claro se observa cuando un estudiante, al reconocer que el ruido ambiental y la fatiga disminuían su umbral de concentración, decide activamente modificar su entorno para desplazarse a una biblioteca y aplicar la técnica de time-blocking para recuperar la focalización.
Metamemoria: Flavell y Wellman (1977) definieron la metamemoria como el conocimiento y la sensibilidad que el individuo posee acerca de sus procesos de memoria, disposición de almacenamiento de información y capacidad para recuperar toda la información contenida en su “base de datos mental”. La metamemoria abarca dos dimensiones: la evaluación de la propia capacidad —juicios de aprendizaje— y la selección de estrategias mnemotécnicas.
Se evidenció empíricamente que, cuando una persona consciente de las limitaciones de su memoria de trabajo determinó que la repetición mecánica resultaba ineficaz para recordar una lista extensa de compras, optó por agrupar los ítems en categorías semánticas (chunking) hasta lograr un control estratégico superior de los recursos cognitivos.
Metalectura: Según Brown (1980), la metalectura constituye un subdominio crítico referido a la supervisión activa del proceso lector y a la regulación de la velocidad y la profundidad del procesamiento en función del objetivo perseguido. A diferencia de la lectura automática, la metalectura amerita un monitoreo constante de la calidad de la decodificación que ocurre cuando un lector experto identifica una disonancia cognitiva o una falla en la comprensión de un párrafo técnico y decide implementar una estrategia reparadora basada en la lectura pausada, la relectura especiada, la búsqueda de significados desconocidos y el contraste de la información con la “base de datos mental” hasta restablecer la coherencia.
Metacomprensión: Tarrant y Holt (2016) destacaron que la metacomprensión es esencial para el aprendizaje autorregulado, ya que permite al sujeto distinguir entre la ilusión de saber y el conocimiento real, más aún cuando representa la capacidad ejecutiva para evaluar si se alcanzó el significado global y profundo de la información procesada
Los experimentos clínicos de Tarrant y Holt (2016) evidenciaron que un individuo luego de estudiar un contenido, pudo parafrasear lo aprendido con sus propias palabras y detectar lagunas específicas en su comprensión. Tal estrategia le permitió formular preguntas precisas para aclarar conceptos, en lugar de asumir pasivamente que había comprendido el mensaje en su totalidad.
La autorregulación como motor metacognitivo
Dweck (2006) sostuvo que la capacidad de regular las propias emociones y motivaciones permitió al sujeto mantener el esfuerzo metacognitivo necesario para monitorear el aprendizaje, incluso ante la frustración, ya que su autorregulación impulsó la metacognición al actuar como mecanismo ejecutivo que transformó la conciencia en acción
Al establecer metas claras y evaluar el progreso hacia ellas, la autorregulación activa los procesos de control metacognitivo que cierran el ciclo entre la autoevaluación y la implementación de estrategias correctivas, lo cual resulta clave para el éxito académico y personal.
Errores cognitivos y distorsiones metacognitivas
Los errores cognitivos, tal como los describieron Beck (1976) y Ellis (1955), se definieron como patrones sistemáticos de procesamiento de la información que desviaron al individuo de la realidad objetiva y desencadenaron disonancia cognitiva, malestar emocional y conductas desadaptativas. Tales fallos se deben a esquemas cognitivos rígidos y disfuncionales que sesgaron la percepción e interpretación de los eventos.
La producción de errores metacognitivos también se explica como una falla en el monitoreo de la realidad y en la activación automática de creencias irracionales subyacentes, que no fueron sometidas a juicio crítico por el sujeto.
A continuación, se detallan algunos de los errores específicos y su etiología, según Ellis (1955) y Beck (1976).
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Sobregeneralización: Ocurre cuando el individuo elabora una regla general a partir de un hecho aislado y la aplica indiscriminadamente a situaciones no relacionadas autojustificada por una incapacidad metacognitiva para diferenciar la excepción de la norma
Personalización: Conciste en la tendencia a atribuirse la responsabilidad por eventos externos sin base lógica y surge de un egocentrismo cognitivo en el que el sujeto falla al evaluar las múltiples causas de un fenómeno.
Pensamiento dicotómico: Se manifiesta en la clasificación de las experiencias en categorías extremas y opuestas (todo o nada, bueno o malo), sin admitir matices, con raíces en la rigidez de los esquemas mentales, que impiden procesar la complejidad y la ambigüedad de la realidad (Beck, 1976).
Lectura de la mente: Implica la presunción de saber lo que otros pensaron o sintieron sin evidencia suficiente, debido a una proyección de los propios temores o inseguridades sobre los demás, y a la falta de distinción entre la propia inferencia y la realidad externa.
Etiquetado: Es una forma extrema de sobregeneralización, en la que se aplica una etiqueta global y peyorativa a uno mismo o a otros, basada en errores puntuales y en la confusión entre el "ser" (identidad) y el "hacer" (conducta).
"Debería": Se refiere a la imposición de reglas rígidas y exigentes sobre cómo debieron ser las cosas o sobre el propio comportamiento y el ajeno. Según Ellis (1955), proviene de creencias absolutistas que no toleraban la discrepancia entre la realidad y las expectativas ideales.
Pensamiento catastrofista: Consiste en anticipar el peor resultado posible de una situación generada por un sesgo atencional ante la amenaza y por una subestimación de las propias capacidades de afrontamiento (Ellis, 1955).
Falacia de control: Se divide en dos vertientes: creerse responsable de todo (control interno excesivo) o verse como una víctima indefensa (control externo excesivo), que tiene su origen en una evaluación errónea tanto de la propia agencia como del determinismo ambiental.
Falacia de la razón: Implica la necesidad imperiosa de probar que las propias opiniones o acciones eran correctas al ignorar los sentimientos de los demás. Proviene de una rigidez cognitiva que equiparó el error con la vulnerabilidad personal.
Falacia de la recompensa divina: Refuerza la creencia de que el sacrificio y la abnegación serían recompensados eventualmente por una fuerza superior con una génesis anclada a un esquema de justicia implícita que no se ajustó a la dinámica causal del mundo real.
Culpabilidad: Se refiere a la atribución constante de culpa a uno mismo o a otros por el malestar emocional que resulta de una confusión entre la responsabilidad causal y la condena moral.
Abstracción selectiva: Se da cuando el sujeto se enfoca exclusivamente en un detalle negativo, ignorando el contexto general positivo o neutro, y se debe a un filtro atencional sesgado que confirma las creencias depresivas o ansiosas previas (Beck, 1976).
Sesgo confirmatorio: Es la tendencia a buscar, interpretar y recordar información que confirme las propias preconcepciones arraigadas en un sistema cognitivo que prioriza la coherencia interna de los esquemas por encima de la precisión de la información externa, a fin de evitar la disonancia cognitiva.
Cierre: La metacognición como herramienta de integración y desarrollo psicosocial
El análisis de los procesos metacognitivos revela que la capacidad metacognitiva trasciende el ámbito puramente académico y se convierte en un pilar fundamental de la adaptación psicosocial y del aprendizaje continuo (lifelong learning).
En la integración social, la metacognición permite al individuo monitorear sus propias reacciones emocionales y prejuicios cognitivos —como la lectura de la mente o el etiquetado— durante la interacción con pares, lo que facilita una comunicación más empática y asertiva. Al reconocer y regular sus propios sesgos, el sujeto puede ajustar su conducta para alinearse mejor con las normas sociales y las necesidades del interlocutor, lo que promueve vínculos más saludables y colaborativos (Fleming, 2021).
En el contexto del aprendizaje de nuevas habilidades, como la adquisición de un segundo idioma, las estrategias metacognitivas resultan indispensables porque el estudiante que aplica la metalectura y la metacomprensión procesa información lingüística, evalúa constantemente su nivel de dominio, identifica errores gramaticales o fonéticos y ajusta sus métodos de estudio —por ejemplo, sustituir la memorización repetitiva por la práctica conversacional— para optimizar el rendimiento (Perfect & Schwartz, 2002).
Del mismo modo, ante la resolución de problemas complejos, la activación del conocimiento procedimental permite descomponer el desafío en metas manejables, evaluar la eficacia de las soluciones implementadas y corregir el rumbo ante el fracaso para transmutar el obstáculo en una oportunidad de crecimiento intelectual, tal como propone la mentalidad de crecimiento de Dweck (2006).
Para finalizar, la metacognición actúa como director de orquesta dentro de la “base de datos mental” humana, que armoniza los recursos cognitivos y emocionales para navegar con éxito las demandas de una sociedad dinámica. El cultivo metacognitivo potencia el intelecto y también fortalece la autonomía, la resiliencia y la inteligencia social como cualidades esenciales para una ciudadanía plena y consciente.
Isaías Blanco
Natural Language Processing & Deep Learning Specialist]
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Referencias Bibliográficas
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Beck, A. T. (1976). Cognitive therapy and the emotional disorders. International Universities Press.
Brown, A. L. (1980). Metacognitive development and reading. En R. J. Spiro, B. C. Bruce, & W. F. Brewer (Eds.), Theoretical issues in reading comprehension (pp. 453-481). Lawrence Erlbaum Associates.
Dweck, C. S. (2006). Mindset: The new psychology of success. Random House.
Ellis, A. (1955). New approaches to psychotherapy techniques. Journal of Clinical Psychology, 11(3), 208-260.
Flavell, J. H. (1979). Metacognition and cognitive monitoring: A new area of cognitive-developmental inquiry. American Psychologist, 34(10), 906-911.
Fleming, S. M. (2021). Know thyself: The science of self-awareness. Basic Books.
Flavell, J. H. (1979). Metacognition and cognitive monitoring: A new area of cognitive–developmental inquiry. American Psychologist, 34(10), 906–911. https://doi.org/10.1037/0003-066X.34.10.906
Flavell, J. H., & Wellman, H. M. (1977). Metamemory. En R. V. Kail Jr. & J. W. Hagen (Eds.), Perspectives on the development of memory and cognition (pp. 3-33). Lawrence Erlbaum Associates.
Perfect, T. J., & Schwartz, B. L. (2002). Applied metacognition. Cambridge University Press.
Tarrant, P., & Holt, D. (2016). Metacognition in the primary classroom: A practical guide to helping children understand how they learn. Routledge.
Tarrant, P., & Holt, D. (2016). Metacognition in the prime