ver más
PERIODISTA Y ESCRITOR SATÍRICO

Una semana en la cama

He probado todas las posturas en la cama. Después de los dos primeros días febriles, te dejas llevar por la imaginación y terminas haciendo el cisne, el ciprés, o la grulla, intentando inútilmente evitar contracturas. El flamenco, con una pierna recogida y otra estirada como único punto de apoyo, con todo el cuerpo flotante, dejé de practicarlo hace tiempo

Por ITXU DÍAZ

Llevo toda la semana contando las grietas del techo de la habitación. Hay 12, sin gafas; con gafas, 38. Medito llamar al albañil pero lo imagino de pronto rompiéndolo todo y decido quitarme las gafas y solucionar buena parte del problema. Horas y horas en el lecho del dolor. Sin más horizonte que ver caer la noche. He probado todas las posturas en la cama. Después de los dos primeros días febriles, te dejas llevar por la imaginación y terminas haciendo el cisne, el ciprés, o la grulla, intentando inútilmente evitar contracturas. El flamenco, con una pierna recogida y otra estirada como único punto de apoyo, con todo el cuerpo flotante, dejé de practicarlo hace tiempo. Aunque es buenísimo para la circulación, está condicionado por la maleabilidad del colchón, que hace peligrar el punto de apoyo, y provoca graves desequilibrios. Por evitar un dolor muscular no compensa abrirse la cabeza contra la esquina de la mesilla, y explicarle al médico después que, aburrido en cama, habías decidido adoptar la postura del flamenco justo antes del impacto.

Soñaba con una de esas enfermedades de invierno que te obsequian con una semana metido en cama sin hacer nada, leyendo, contemplando la vida pasar, pero sin sufrimientos. Y lo que me ha venido es uno de esos bichos probablemente creado en secreto en algún laboratorio yihadista, con la idea de destruir a la Humanidad, pero antes hacer que se retuerzan de dolor. Con síntomas muy similares a los estertores finales, fiebres extremas y malos pálpitos, he terminado pidiendo a gritos que vuelva la gripe de ayer, la de toda la vida, nuestra vieja amiga.

Vuelvo al médico. No hace ni un mes de la última vez. Ya asumo que voy a tener que cambiar las bujías pronto, porque no podemos estar cada quince días con la misma historia. Esta vez llego con 40 de fiebre, poco más y me salgo del termómetro, la piel pálida, y la garganta como el culo de un mandril. No eran tiritonas, que las he tenido de niño. Era tal el traqueteo que podría teclear de un golpe El Quijote solo poniendo las manos sobre el teclado. El de la bata blanca da su diagnóstico y su desprecio habitual a mi condición física. Nada nuevo. Me pierdo en busca de una farmacia y descubro que las ancianitas más enfermas del barrio cargan la mitad de medicamentos que yo. De acuerdo. Admito que no podría ahora mismo ganar el Oro en el Campeonato del Mundo de Triatlón, pero considero que la lozanía de mi documento nacional de identidad contrasta en exceso con el declive de mi naturaleza.

En este estado desastroso, contemplo el mundo con los ojos de la indiferencia. Todo me parece razonablemente bien o razonablemente mal, siempre y cuando me dejen en paz, y mi próxima dosis de antitérmicos no tarde mucho en llegar, porque por momentos podría freír huevos en las palmas de las manos. El aburrimiento es una oportunidad. Hace años comprendí que debía aprovecharla. Pero este aburrimiento es decaído, es invalidez, es infértil. Solo las horas pasar.

Las leves mejorías desatan la euforia. Me agarro al iPad y empiezo a responder millones de correos y mensajes. Enciendo el móvil. Apago el móvil. ¡Cielo santo! ¿Han visto eso? Creo que Barack Obama recibió menos llamadas perdidas y mensajes el día que los Navy SEAL mataron a Bin Laden. Abro tímidamente un libro. Y es un universo de felicidad poder leer sin la apremiante llamada de la fiebre, que interrumpe en el enfermo todo rato de solaz y le condena de nuevo a mirar al techo sin luz directa alguna sobre los ojos. Y sin embargo, ahora que empiezo a distinguir el final de esta vírica o bacteriológica tortura –hay opiniones para todos los bichos–, ahora que puedo realmente disfrutar de la maravillosa sensación de dar vueltas en cama durante todo el día mientras la lluvia golpea los cristales. Ahora, justo ahora, es demasiado tarde, y he de ponerme a trabajar y recuperar en unas horas los cinco días perdidos. No me digan que no es maravilloso. No quepo en mí de gozo y quería compartirlo con ustedes.

 NULL

    

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Deja tu comentario

Te puede interesar