Escribo al borde del fin del mundo. Me embarga la emoción en este trascendental momento. Querría decir algo ilustre, que pueda pasar a los posteridad, pero si realmente el planeta va a estallar no creo que se conserve este artículo. Fue bonito mientras duró y, ciertamente, tal vez el final se haya dilatado demasiado, como esas novias de la adolescencia que no acaban de marcharse, cuando ya en realidad no están. La Superluna está al caer y tengo la impresión de que me va a encontrar durmiendo. Pero si logro abrir un ojo y contemplar la catástrofe, me comprometo a escribir una crónica verdaderamente apocalíptica.
A esta hora apocalíptica
Y no hay más que ver el telediario para darse cuenta de que, en efecto, la hora está próxima. Alguien ha de poner fin a este festival de violencia y estupidez que invade cada rincón de la tierra. Y lo mejor es que sea el propio planeta el que se autodestruya y acabe de una vez con todos los palitos para selfies
Que al mundo le sobran un par de años, o quizá dos o tres décadas, es algo que está fuera de discusión. No hay más que ver los presidentes que nos habríamos ahorrado. Y sin embargo, el capricho de los oráculos ha soplado sobre esta fecha señalada para terminar con todo, en una conjunción terrible y total de superlunas que se eclipsan y parecen parte de una estruendosa película de terror. Eso hace que nos acerquemos al final con temor, pero en realidad el fin del mundo está lleno de ventajas.
Una vez que se termine el mundo no será necesario seguir pagando impuestos, Maduro tendrá que terminar su mandato por divertidas causas naturales, y la mayor parte de los grupos de WhatsApp se autodestruirán. Pero lo mejor de todo, con gran diferencia es que el lunes no tendremos que ir a trabajar. ¿Qué sentido tendría ir a trabajar si el mundo ha terminado? Me parece una pérdida de esfuerzos y recursos.
Tecleo con la ansiedad pisándome los talones, que no sé si en cualquier momento se producirá el estallido, o como sea que esté previsto el final del planeta. Y saber después si seremos trasladados a otro, si habrá tiempo de descuento, o si alguien logrará sobrevivir al apocalipsis. También puede ocurrir que todo sea mentira y el mundo siga girando tranquilamente. Así ha sucedido en todas las ocasiones anteriores en las que esperábamos el fin del mundo. Pero alguna tiene que ser la buena. Y no hay más que ver el telediario para darse cuenta de que, en efecto, la hora está próxima. Alguien ha de poner fin a este festival de violencia y estupidez que invade cada rincón de la tierra. Y lo mejor es que sea el propio planeta el que se autodestruya y acabe de una vez con todos los palitos para selfies.
Imagino ya a los multimillarios rusos que se han contruido búnkers contra el apocalipsis, metidos en estos lugares, con sus escafandras, y sus provisiones sacadas de la zona Comida para Astronautas del supermercado. Esperando el gran estallido. Imagino también que en la NASA no se habla de otra cosa, y que en todos los países habrá Comisiones del Fin del Mundo trabajando sobre este asunto para resolver el más complicado de los enigmas: ¿qué discurso puede hacer un político durante el apocalipsis? Particularmente, me inclino por el silencio. El silencio está lleno de tesoros y evita que mientras empieza a llover lava no salga algún gobernante a decir que la “normalidad en las calles es absoluta a esta hora del apocalipsis”.
Ahora que se acaba el mundo, solo pienso en lo bien que podremos descansar. El ritmo de vida moderna impide el descanso. Todo es ruido y prisa. Y el fin del mundo nos traerá silencio absoluto, móviles sin batería, y descanso eterno. No puedo ocultar, en fin, una cierta sensación de felicidad al abrazar esta hora crepuscular de la historia de la Humanidad. El fin del mundo me parece un aliciente genial para que este sea un gran fin de semana. Y el lunes, fiesta de inauguración del solar.
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