Canta Diego Vasallo que “hay muchas maneras de arruinarse la vida”. Yo elegí escribir, que es una forma elegante de abrazar la indigencia, mientras medio mundo sospecha –pero no te lo dice– que guardas todo el dinero en algún paraíso fiscal. Algo que, por otro lado, sería muy probable, si un escritor normal tuviera dinero para viajar a cualquier paraíso, sea o no fiscal. Pero de entre todas las ruinas, la más bella, es la de escribir, porque uno lo escribe y siente ya la belleza de lo escrito; como esas mentiras que se le dicen a un primer amor. Que no enamoran para toda la vida, pero atontan durante un tiempo.
A la hora de la tinta seca
Arrastro un cansancio extremo. Quien inventó el oficio de escritor nunca pensó que llegaría el momento terrible de corregir unas pruebas. Cuando llevas muchos años trabajando en un texto -y este ha sido un proyecto de larga distancia-, que alguien te pida volver sobre tus párrafos es una forma de tortura como otra cualquiera
Y ahora entierro lentamente los restos del último naufragio; que cada proyecto literario es como un accidente pero divertido. Tal vez sea más propio decir que es un resbalón en la calle. Tantos años construyendo una obra y al fin, se acerca el momento de desprenderse de ella, y aparece esa mezcla de pudor, como una modestia etílica, que se difumina rápido. El libro saldrá y volará y viajará a la mesilla de noche, y morirá. O no sé. Cada ejemplar es una vida propia. Y, aún siendo de la familia, el autor nunca sabe dónde termina. En realidad escribir libros y verlos danzar por el mercado es un espectáculo de desprendimiento doloroso, hasta que comprendes que la danza es breve y a menudo menos relevante de lo que llegaste a fabularte.
Arrastro un cansancio extremo. Quien inventó el oficio de escritor nunca pensó que llegaría el momento terrible de corregir unas pruebas. Cuando llevas muchos años trabajando en un texto –y este ha sido un proyecto de larga distancia–, que alguien te pida volver sobre tus párrafos es una forma de tortura como otra cualquiera. Y sin embargo, esta vez la experiencia ha sido más llevadera, porque hay un componente apacible y liberador en esta obra, que aunque es la séptima, en muchos aspectos parece la primera. Me pregunto si el lector podrá, después de todo, sentir el mismo placer sedante y dulcemente existencial que me ha invadido al dedicarme a este libro durante los últimos años.
Los amantes de las metáforas dicen que escribir es como arrancarse el corazón. Ciertamente no es nada afortunada la comparación, porque acabo de intentarlo y ahora estamos aquí en el hospital, las enfermeras, el médico, y yo, muertos de risa, intentando que bombee por dentro de una vez. Al menos he desmentido la vieja creencia que dice que los periodistas no tenemos corazón. He conocido a tantos periodistas como escritores y todos ellos tenían uno. Lo que sí he notado es que muchos carecen de hígado. Pero ese es otro asunto.
Sea lo que sea el oficio de escribir, si es que significa algo en este tiempo en el que sobran lecturas y faltan lectores, me asomo cauteloso al final del proceso editorial, y en tres semanas estaré explicando qué y por qué, y cómo me atrevo, y esas cosas que nos preguntan cada vez que ponemos un huevo. Pero sé que esta vez será diferente. Que me alzaré con otro semblante a las entrevistas, a esos fogonazos de esta sociedad mediática que te encumbra o te hunde en cinco minutos, y te olvida lo bastante rápido como para que los vergonzosos no tengamos tiempo de sentir pánico a los focos.
Se acerca la hora y camino inquieto por casa, tocándolo todo. Porque por una vez no tengo que aprovechar cualquier instante para avanzar en esta obra, que ya no está en mis manos. Y se me hace raro. Porque ha sido un noviazgo largo y profundo, y tampoco es exacto decir que me ha abandonado para irse con un editor, ni que me he buscado a una más rubia y más joven, ni que el tiempo lo cura, ni nada de eso. Es extraño, porque el libro se ha ido, pronto circulará por muchas manos, y quizá volveré a enredarme en otras páginas, pero hoy, a esta hora, me pregunto qué estará haciendo, y si salgo a la calle lo veo en todos los escaparates, y creo ver por mi escritorio alguna de sus páginas a medias. Pero no. Mi guerra ha terminado. Y tal vez sea el momento de tomarse una cerveza y mirar. Simplemente mirar.
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