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VENEZUELA

Abrazar la cruz

Mientras Venezuela siga siendo capaz de amar de esa manera, siempre habrá esperanza

César Rengifo

Hay dos frases que he escuchado desde niño en innumerables misas y que, durante muchos años, repetí sin comprender toda la profundidad que encerraban.

La primera: *"Venezuela está consagrada al Santísimo Sacramento del Altar."*

La segunda: *"Cada día debemos abrazar nuestra cruz."*

Con el tiempo entendí la historia de la primera.

A finales del siglo XIX, Venezuela vivía uno de los períodos más difíciles de su historia: enfrentamientos políticos, pobreza, división y persecución contra la Iglesia. Ante tanto sufrimiento, el padre Juan Bautista Castro comprendió que la única respuesta capaz de devolver la paz al corazón de un pueblo era Cristo presente en la Eucaristía. Por ello, el 2 de julio de 1899, el Episcopado Venezolano consagró solemnemente nuestra República al Santísimo Sacramento del Altar, colocando el destino de la nación en las manos de Dios.

La segunda frase tardó muchos más años en cobrar sentido para mí.

En el Evangelio, Jesús dice:

"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame."

Siempre pensé que esa cruz era solamente el sufrimiento personal, las enfermedades, las pérdidas o las dificultades de la vida.

Hasta que un día escuché una homilía del padre Eugenio Fernández Herrera. Él explicaba que abrazar la cruz no consiste únicamente en soportar el dolor, sino en *morir un poco cada día por amor al prójimo*. Renunciar al egoísmo para que otro viva mejor. Gastar nuestras fuerzas por alguien más. Amar cuando resulta incómodo. Servir cuando nadie nos obliga.

Y entonces llegó el terremoto.

En apenas treinta y seis segundos, Venezuela cambió. Las noticias mostraban edificios agrietados, hospitales colapsados, familias separadas y miles de personas viviendo la incertidumbre.

Pero, en medio del desastre, también apareció el verdadero rostro de nuestro pueblo.

Vi vecinos que, sin herramientas ni entrenamiento, removían escombros para rescatar desconocidos, aun sabiendo que una réplica podía sepultarlos junto a ellos.

Vi jóvenes convertir sus carros y motocicletas en ambulancias improvisadas, atravesando carreteras dañadas para trasladar a heridos, sin medir el riesgo ni preguntar de dónde venían ni por quién votaban.

Vi al hombre que conocía el valor de cada gota de agua ofrecer la poca que tenía a alguien con más sed que él.

Vi madres preparando cientos de arepas para alimentar familias enteras, sin saber siquiera qué pondrían sobre su propia mesa al día siguiente.

Vi médicos, enfermeras, camilleros, bioanalistas y personal de salud prolongar jornadas imposibles, llevando su cuerpo hasta el límite porque entendían que cada minuto podía significar una vida salvada.

Vi jóvenes convertir las carreteras en un puente de esperanza, recorriendo hospital tras hospital con medicamentos, agua, alimentos e insumos indispensables para que los servicios de salud no se detuvieran ni un instante. Mientras muchos huían del peligro, ellos corrían hacia donde más se les necesitaba, exponiendo su propia salud para que otros tuvieran una oportunidad de vivir. También ellos comprendieron, quizá sin saberlo, lo que significa abrazar la cruz.

Vi personas comprar medicamentos para donarlos, aun cuando ellas mismas podían necesitarlos después.

Vi a las "hormiguitas" que, silenciosamente y sin buscar reconocimiento, sostienen cada día a los damnificados.

Vi mujeres recorriendo las calles oscuras para repartir linternas donde la noche se había vuelto más difícil, a riesgo de su propia seguridad.

Vi miles de personas unidas en cadenas de oración, convencidas de que la esperanza también se construye de rodillas.

Vi cientos de voluntarios atravesar el país simplemente porque alguien necesitaba ayuda.

Podría escribir cientos de historias más.

Porque en estos días descubrimos que no existen cruces grandes ni pequeñas. Toda cruz tiene el mismo valor cuando se carga por amor.

Durante años nos han querido convencer de que los venezolanos somos un pueblo dividido, incapaz de pensar en los demás, condenado al individualismo. Pero la tragedia hizo caer todas esas máscaras.

Cuando todo parecía derrumbarse, apareció lo que nunca pudo destruirse: un pueblo capaz de olvidarse de sí mismo para salvar a otro.

Quizás esa sea la mayor prueba de que la consagración de Venezuela no es solamente un acto escrito en la historia. Es una realidad que sigue latiendo en el corazón de su gente.

Porque mientras exista un venezolano dispuesto a sacrificar su comodidad para aliviar el dolor de otro; mientras haya una madre que comparta su pan, un joven que arriesgue su vida por un desconocido, un médico que permanezca junto a su paciente hasta el amanecer o una persona que eleve una oración por quien sufre, Cristo seguirá caminando por esta tierra.

Tal vez eso sea, al final, abrazar la cruz.

No cargar solamente con nuestro propio dolor.

Sino convertirnos, por amor, en alivio para el dolor de los demás.

Y mientras Venezuela siga siendo capaz de amar de esa manera, siempre habrá esperanza.

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