La Habana.- Son las diez de la noche. En un viejo caserón, a dos cuadras del hotel Capri, en El Vedado habanero, Mildred intenta consolar a su hija de cuatro años que no puede dormir porque tiene hambre. No le queda leche en polvo ni un trozo de pan o una confitura. Llevan 17 horas de apagón. Hace más de una semana que no entra agua. Y en el congelador de su destartalado refrigerador Haier solo tiene tres pomos de agua.
Cuba: Descontento social escala en medio de la más cruenta crisis general
A causa de los extensos apagones, los ancianos que viven en edificios altos se ven obligados a permanecer enclaustrados y privados de energía para conservar o cocinar alimentos
Busca en el estante de la cocina a ver si le queda un paquete de refresco instantáneo. Nada, está vacío. Una vecina le da varias galletas con crema y un vaso de limonada. La niña deja de llorar. Le pide a su amiga que se la cuide a ver si encuentra algo de comer en cualquier cafetería privada. Busca en su bolso y solo tiene 80 pesos (0.80 centavos de dólar).
Sobreviviendo
Desesperada sale a la calle a ver que encuentra. Mildred reside en el piso superior del viejo caserón en 17 y L. El restaurante estatal El Conejito, frente a su casa, está en penumbras. En el edificio Focsa, que en los años cincuenta fue un símbolo de modernidad por su tecnología constructiva, desde las alturas golpean los calderos y gritan libertad. Algunos vecinos del barrio se suman.
“Por culpa de los apagones estamos presos allá arriba”, dice Richard, residente en el Focsa. “Hemos tenido días de más de 30 horas sin luz. Imagínate, las cocinas son eléctricas”. En su opinión, el régimen tiene un plan: “Sacar a las pocas personas que todavía residimos en el Focsa para quedarse con el edificio, remodelarlo y convertirlo en una inmobiliaria y rentarla a extranjeros o a los nuevos ricos, en su mayoría ex militares y funcionarios del gobierno”. No es una estrategia nueva.
“Desde las décadas de 1970 y 1980, el gobierno forzó a los vecinos a que permutaran. Entonces te daban dos apartamentos por uno. Ahora para obligarte a irte te quitan la luz un montón de horas, no reparan los elevadores, la piscina no funciona y se ha convertido en un vertedero, no hay bombillos en los pasillos y una parte del techo del parqueo soterrado está en peligro de derrumbe”, cuenta Richard.
“Este edificio lo atiende CIMEX. La gente que no reside aquí tiene que mostrar su carné de identidad si quiere visitar a alguien. Antes alegaban que había una unidad de vigilancia electrónica en la azotea. Ahora ya no funciona y siguen con el mismo síndrome de misterio”, señala Richard.
Nuria, 82 años, vive en el FOCSA desde que lo inauguraron en 1956. "De esa época solo quedamos dos familias. Era un complejo residencial maravilloso. Dos restaurantes, uno en los bajos y en el último piso con una vista increíble de La Habana. Soberbios apartamentos, teníamos tiendas, cafeterías, una farmacia, oficina de correos y un banco, entre otros. En su momento llegó a ser el segundo edificio más alto de América Latina”.
Todo hecho polvo
“Como todo lo que toca el gobierno, actualmente está hecho polvo. Los vecinos hemos ido a la sede del partido comunista del municipio y nada. Tenemos que bajar y subir por la escalera y hacer mil maromas para poder cocinar. Nadie limpia los pasillos interiores. Las tiendas y mercados solo venden en dólares. Es el sálvese quien pueda. Nos hemos enterados de que gente poderosa del gobierno, se dice que el Cangrejo, quieren sacar a las familias que quedan en el edificio y montar un negocio inmobiliario. A mí hay que darme candela. Como único salgo del Focsa es con los pies por delante”, afirma mientras con un pedazo de cabilla suena un sartén.
Mildred se acerca y le pide prestado mil pesos a Nuria. La señora le comenta, “no hay problemas mi niña, pero tienes que subir conmigo once pisos”. Ya en el apartamento Mildred estalla en llanto. “No puedo más Nuria, no puedo más. Si no fuera por mi hija, me tiraría del balcón pa'bajo”. La señora la calma.
“Tienes que ser más fuerte que ellos (el régimen), a esta película le queda poco”, le dice y además de dinero le da un poco de comida. “Mi’ja se me va a echar a perder”. Y en una jaba envuelve varios cacharros plásticos con alimentos cocinados. “Tengo familia en Estados Unidos que me envían combos de comida y dinero. Y mi esposo y mi hijo buscan dinero por la izquierda. Mildred es una buena muchacha. Madre soltera que pasa muchísimo trabajo para criar a su hija. La sociedad cubana está enferma. Hace unos días en un bodegón del barrio, al dueño le pidió fiado dos kilogramos de pollo y le dijo que se lo daba a cambio de manosearle los senos y masturbarse. Muchas personas han perdido el decoro y los valores cívicos”, denuncia Nuria.
Mildred cruza la calle de regreso a su casa, desde su balcón se divisan las luces encendidas del hotel Capri. Mientras la mayoría de los cubanos sufren maratónicos apagones, no tienen gas licuado y están varias semanas sin recibir agua, en el Salón Rojo, contiguo al Capri, decenas de personas pagan miles de pesos para ver un concierto de reguetón.
A golpe de reguetón
Esa noche actuará Wildey. Sus seguidores lo esperan como si fuera una celebridad. El reguetonero, vestido de negro y ropas estrafalarias se baja de un automóvil moderno seguido por su séquito de seguridad. Un reportero de La Familia Cubana, un sitio en internet que vive en una realidad paralela y de espaldas de las penurias que sufren los cubanos, lo graba a la entrada y luego lo entrevista en el hall, antes de comenzar el concierto.
Yislén, joven habanera, pagó 5.000 mil pesos por la entrada. “Y estos son músicos de bajo coste. Cuando toca Yomil o Harrison, el cover se puede montar en diez mil pesos o más. Ya no te digo si viniera Bebeshito. Entonces la entrada no baja de 40 o 50 dólares” (una cantidad que representa el salario de dos meses de un cirujano). “Y esto acá es ‘barato’. Hay bares como el King Bar o el Johnny Club -se rumora que el dueño es el Cangrejo, que intenta venderse a la prensa internacional como un remedo de Gorbachov tropical- donde un reservado puede costar hasta 200 dólares”, asegura Yislén.
“En dos o tres tragos y una picadera, yo gasto 15 mil o 20 mil pesos. Si me quedó pasmada (sin dinero) jineteo un trago como cualquier cliente. Un transporte de ida y vuelta cuesta cerca de 20 mil pesos. Los cubanos están pasando hambre y tienen muchas necesidades, pero estos sitios se llenan de bote en bote casi todas las noches. Ni me preguntes de dónde sacan el dinero”, expresa la joven.
Eduardo, padre de dos hijos que también reside en El Vedado, indica que “es una falta de respeto y una desvergüenza del gobierno, con la que está cayendo, sin agua, sin comida, sin transporte y sin medicamentos, y con la gente super estresada, pensando que comerán al día siguiente, que sigan efectuando eventos oficiales, competencias deportivas y fiestas con el derroche de electricidad que conlleva mientras el pueblo sufre apagones de varios días”.
Juan Carlos, barman, cuenta que “las autoridades del partido municipal han hablado con el dueño para que no cierren. Quieren vender normalidad en medio de la anormalidad”. Ronald, funcionario del INDER, explica que “en las circunstancias actuales, se debe paralizar todo lo que no sea beneficiar a la población. En medio de esta crisis bestial, el gobierno decidió efectuar la serie élite del béisbol cubano”.
El absurdo
“Hubo que destinar combustible para el traslado de los equipos de una provincia a otra. Además de gastos en alojamientos y alimentación, que, a pesar de ser pésima, es dinero que se derrocha en una actividad que ni siquiera es rentable, porque se juega a estadio vacío”, explica Ronald.
Mientras la dictadura asegura que los grupos electrógenos no tienen combustible para generar energía eléctrica, cada semana se sigue realizando preparación militar a civiles y traslado de armamentos para una supuesta intervención del ejército de Estados Unidos.
Por todo el país ha aumentado la presencia de patrullas policiales, de vehículos de la Seguridad del Estado y de jeeps y camiones artillados de Tropas Especiales con el objetivo de reprimir las protestas ciudadanas.
En junio, el Observatorio de Conflictos de la Fundación para los Derechos Humanos, informó que se registraron 107 protestas callejeras en Cuba, 82 de las cuales se produjeron en La Habana, el mayor polvorín de la Isla. A eso se suma la inseguridad de la ciudadanía. La violencia social y de género dejó un saldo de 27 muertos y nueve personas fueron reportadas como desaparecidas en el mes anterior. Se contabilizaron 44 delitos de latrocinios, robos con violencia, asaltos a viviendas, propiedades privadas y estafas.
La matanza de ganado no para de crecer. Arnaldo, dueño de una finca en el municipio Alquizar, 60 kilómetros al suroeste de La Habana, apunta que “un jefe policial de la zona reconoció que en el mes de junio se robaron y sacrificaron más de 300 vacas, caballos y cabras. Todo animal que tenga cuatro patas corre el riesgo de que lo maten y vender su carne. Incluso los perros y gatos”.
La corrupción
La corrupción e impunidad es alarmante. Según el dueño de un negocio particular, si quieres mantener “bisnes sin problemas, cada mes le metes un sobre con dinero en el bolsillo a un tipo importante del partido comunista en el municipio y no te molestan los inspectores. Y si no quieres gastar dinero en comprar combustible destinado a las plantas eléctricas, la solución es pagar entre 70 y 80 mil pesos a un funcionario de la empresa eléctrica y te ponga la luz la mayor parte del tiempo”.
Encima, la inflación imparable. “Hace unos días compré una bolsa de leche en polvo que costaba 2,500 pesos. Ahora la venden en 4,600 pesos, casi el doble en menos de un mes”, se queja Mildred, madre soltera. Los mil que le dio Nuria solo le alcanzaron para una lata de leche condensada y un paquete de sorbetos.
Su salario mensual como profesora de educación física es de poco más de 6 mil pesos, menos de diez dólares al cambio en el mercado informal. “Hace falta que Trump no venga de farol y las cosas en Cuba cambien de verdad en los próximos dos meses. Esta locura no hay quien la aguante”.
Especial
@DesdeLaHabana
NULL
