En 1981, yo tenía doce años y, gracias a mi hermano —ocho años mayor que yo—, fui a ver una película que, cuarenta y cinco años después, sigue dando tumbos por mi mente. Se llamaba en español La guerra del fuego, y en el original francés, La guerre du feu.
Los cubanos en la Edad de Piedra
La mayoría de los cubanos hoy cocina lo poco que consigue con leña o carbón, como hace doscientos años
Trataba de seres humanos que vivieron hace unos ochenta mil años, de una tribu llamada Ulam: ficción basada en una novela belga de 1911. Los ulams conservaban una llama de fuego como si de ello dependiera su propia existencia; y sí, de ese fuego dependía su propia existencia.
Como en toda historia humana siempre hay un hijo de puta —o unos hijos de puta— que viven para joder al prójimo, a los ulams los atacó la más atrasada tribu de los wagabus. Nada: no solo los hicieron huir, sino que también se les apagó el fuego.
Y los ulams eran buenos para conservar encendida la llama, pero no sabían hacer fuego; no sabían prender una llama.
Es por ello que el líder de los ulams envió a tres de los suyos a una odisea en busca del fuego. Sin fuego, todos morirían.
Su primer encuentro fue con los caníbales de la tribu Kzamm: unos verdaderos cabrones que tenían fuego en su asentamiento. Los tres ulams no sabrían encender el fuego, pero se las agenciaron para robárselo a los antropófagos, no sin antes uno de ellos, Naoh —el que mejor me caía de los tres—, recibir un doloroso mordisco en los testículos.
Mis condolencias, hermano: han pasado ochenta mil años y ese dolor nos sigue llegando a todos. Un abrazo, colega.
En la refriega nuestros tres valientes rescatan a una chica cautiva de los kzamms. Ika —imagino que bella para aquellos estándares— le aplicó unos bálsamos en el campanario a Naoh y alivió su sufrir.
Una mujer entre tres hombres creaba conflicto entonces como ahora. No les hago la historia larga, pero, después de que uno de ellos intentara violarla, Ika se le montó a Naoh. Al cabo, ya había reparado parte de su aparato.
Resulta que estaban cerca de la aldea de Ika, la rescatada, y, tras caer atrapado en unas arenas movedizas donde por poco muere, Naoh fue capturado por los ivakas y llevado a su aldea. Allí le aplicaron el horroroso castigo de tener que copular con las mujeres de la élite aldeana.
Sí: lo ponen a fornicar con unas mujeres voluptuosas, gruesos cuerpos que ni Botero soñaría milenios después. Vaya tortura, pobre Naoh. Ika, mientras tanto, ignorada por los suyos; ignorada por flaca.
Naoh, hermano, ya sabes: otro abrazo, campeón.
Después de la tortura, y de que Naoh diera el ancho, los ivakas le enseñaron a hacer fuego. Tanta copuladera con las rollizas damas doblegó la lealtad de Naoh a los ulams y decidió quedarse con su nueva y movida vida.
Pero Ika y sus dos compañeros tenían otros planes: lo secuestraron y se lo llevaron. En el trayecto, la delgada chica le enseña al asombrado Naoh una nueva posición sexual —que sería la rutinaria por los siglos de los siglos— y el hombre recuperó su rumbo y regresó con los ulams, junto a Ika, los otros dos y el fuego.
Fueron recibidos con alegría: el fuego regresaba a casa. En la celebración —cosas de las fiestas— se les apagó la llama una vez más. Naoh, que no solo fornicó con las ivakas, sino que también aprendió a hacer fuego, intentó prender de nuevo la llama.
Hombre al fin —seguimos siendo así milenios después—, fracasó en el intento. No lo culpen: las ivakas eran incansables. Y, como sucede milenios después, Ika, mujer al fin, encendió la lumbre con la mano en la cintura.
Fin de la odisea.
Volví a La guerra del fuego por temas iguales a los de Ika y Naoh. Decenas de miles de años después, los humanos seguimos teniendo comportamientos similares a estos dos personajes de ficción, pero tan reales, tan humanos. Seguimos teniendo instintos primitivos.
Pero también volví —ya me conocen— porque, si bien los humanos seguimos siendo similares a aquellos primitivos, los humanos del siglo XXI vivimos en un mundo civilizado: igual de salvaje, pero civilizado en términos de calidad de vida.
Seguimos conviviendo con hijos de puta como los wagabus o los kzamms, pero vivimos en un mundo con comodidades básicas inimaginables hace tan solo ciento cincuenta años: electricidad, agua potable, medicina moderna, educación, seguridad pública, transporte por aire, mar y tierra, comunicaciones, internet...
Ya saben: la lista no terminaría nunca. Unos países están más desarrollados que otros, claro. Como en los tiempos de Ika y Naoh, no todas las naciones o regiones tienen el mismo nivel de vida. Pero todas —unas más, otras menos— tienen una vida civilizada de una manera u otra.
Todas —ya me conocen— menos Cuba. Desde 1959, a la isla de Cuba le cayó una plaga peor que todos los caníbales de Kzamm o los violentos de Wagabu. Les cayó una plaga totalitaria que, primero que nada, les hizo olvidar a los cubanos no solo cómo mantener el fuego que hasta entonces les hizo vivir en un país próspero y libre.
No, no solo les impidió mantener ese fuego que daba vida; les quitó la capacidad de encenderlo por sí mismos. Y a quien se atreviera a intentar encenderlo le aplicó no la tortura de los ivakas y sus gordas hermosas, no, le aplicó el canibalismo de los kzamms y el salvajismo de los wagabus.
Hace ochenta mil años, quienes después de perderlo todo, de perder su fuego vital, no se rindieron, no se amilanaron y salieron en su búsqueda, lo recuperaron y volvieron a aprender cómo prenderlo. No solo recuperaron su modo de vida, sino que avanzaron a un estadio superior de este.
La mayoría de los cubanos hoy cocina lo poco que consigue con leña o carbón, como hace doscientos años. Hace solo sesenta y siete esa mayoría lo hacía con gas o electricidad. Quien los regresó a la Edad de Piedra sigue cocinando hoy en día con gas y electricidad.
Ika, Naoh y sus dos compañeros, sin miedo, conquistaron el fuego. Cuando los humanos deciden no aceptar más el destino que la vida les impuso, pueden conquistar el fuego. Pueden conquistar la vida, que, en el caso de los cubanos, se llama libertad.
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FUENTE: El blog de Omar Sixto
