Desde las cinco de la mañana varios automóviles con cristales tintados, camionetas de color negro con chapa del Ministerio del Interior y motos Suzuki de oficiales de menor rango de la Seguridad del Estado, se apostaron en las inmediaciones de la terminal 3 del Aeropuerto Internacional José Martí al sur de La Habana.
Luis Manuel Otero: el artista disidente que desafió a la dictadura castrista
"Los ahora habituales cacerolazos y protestas reclamando mejores servicios públicos o gritando Libertad están interconectados con el activismo social de Otero"
Llamémosle Rangel, un empleado, revela a DLA que “cuando llegué a las seis de la mañana un montón de segurosos vestidos de civil estaban desplegados en las afueras, en el interior de la terminal e incluso en la zona de la pista. Parecía que iba llegar el Papa. Era una jugada cantada. Los trabajadores del aeropuerto sabíamos que esa movilización era por la salida del país de Luis Manuel Otero Alcántara, el artista disidente que ha puesto en jaque al gobierno”.
Según Rangel, “cualquier persona que no tenía billete aéreo era sospechosa. Directivos del aeropuerto, los del Departamento 70 (oficina de contrainteligencia), el personal de la aduana y numerosos chivatos del partido comunista también formaban parte del operativo. No querían que se armara revuelo con gente tirando fotos con sus celulares cuando Luisma entrara al aeropuerto".
"Pero lo tenían todo previsto. Trajeron a Luis Manuel en el último momento, quince minutos antes de que el avión de American Airlines despegara. Es probable que el vuelo se haya atrasado casi tres horas por la llegada tardía de Luisma. El artista plástico no pasó los controles habituales. Lo entraron por una puerta de servicio directo al avión”, comenta Rangel.
A poco más de 17 kilómetros de la terminal aérea, en la barriada pobre de San Isidro, en la cual durante varios años residió Luis Manuel Otero, pasada las nueve de la noche del viernes 17 de julio, tres vecinos chachareaban mientras esperaban que se llenaran unas cubetas de agua de un grifo empotrado en la pared de una desvencijada cuartería.
El descontento en el barrio es tremendo. “Hace más de 22 horas que no tenemos luz. En esta zona de la Habana Vieja el servicio de electricidad es soterrado. Construido por los americanos antes de que llegara Calamidad (así le dicen a Fidel Castro) y rara vez había apagones. Pero los singaos del gobierno, debido a la crisis electroenergética, mandó a la gente de la empresa eléctrica abrir un hueco en la acera y desconectar el servicio eléctrico”, explica un anciano.
“Aserecó, desde hace tres o cuatro semanas nos están dando con el cinto. Los apagones son de hasta 30 horas. Y como ese cablerío soterrado no recibe mantenimiento desde el tiempo de ñañaseré, explotan los transformadores y el apagón se extiende por varios días”, aclara un joven que intenta conectarse a internet con su móvil. “De pinga, men. No son solos los apagones, es que la jama cada vez es más cara, un bulto de gente se está muriendo de hambre, no hay medicinas, no hay ni cojones. Es como si estuviéramos en guerra. Que se vayan todos pa’casa del coño de su madre”, dice un señor muy molesto.
Cuando usted pregunta por Luis Manuel Otero, la mayoría de los vecinos se deshacen en elogios. “Luisma es la bandera de San Isidro, hombre y amigo por ese orden. Un timbalúo. Podías contar con él para lo que hiciera falta. Igual que con Maykel Osorbo, que es de la zona, y otros socios de su grupo. Si te hacía falta leche en polvo pal’chama, ahí estaba Luis Manuel pa'dártela. Una medicina, un plato de comida o tomarse un trago de ron malo a pico de botella con la gente del barrio. El tipo es alma, corazón y vida”, afirma in vecino.
Ligia, ama de casa, asegura que los “vecinos en San Isidro cuidábamos de Luisma y de Osorbo. Los berros que dimos fueron históricos. Cuando nadie en La Habana cogía la calle pa’cantarle las cuarenta a estos degenerados, nosotros calentábamos el barrio junto a ellos. Aquí nadie colaboró con la Seguridad, chivateó o se dejó coger pa’ eso cuando Luisma estuvo en huelga de hambre. Al contrario. Por donde salía Luis Manuel, salíamos nosotros. Después de Yarini, Luisma es el tipo más famoso de San Isidro”.
Sheila, “le desea aché”, en su exilio forzado. “Yo sé que Luisma volverá. El barco está de lado -fase final del régimen- y armaremos un bonche de tres noches a to meter cuando esta mierda se caiga”.
Muy cerca del viejo caserón donde vive Sheila, en el número 55 de la calle Damas, que desemboca en la Avenida del Puerto, se ubica la casa donde vivió el artista Luis Manuel Otero. El inmueble, que también fue sede del Museo de la Disidencia y sirvió de inspiración a diversos performances artísticos, se encuentra en peligro de derrumbe.
Eladio, albañil, asegura que “Luisma tenía planes de reparar la casa. Una vez me llamó para que le dijera la cantidad de materiales de construcción que necesitaba comprar. Pero luego pasó lo que pasó. La Seguridad se le encarnó y lo metieron preso. ¿Tú sabes por qué?”, se pregunta y después de una pausa el mismo responde en voz baja: “Porque le cogieron miedo a Luisma y a su gente. Por eso lo desaparecieron del mapa”.
En la barriada de San Isidro, casi todos los vecinos aseveran haberlo conocido o haberse tomado una cerveza con él en la esquina de una librería estatal. “El hombre era ñangué igual que yo. Yo soy Nankabia, y ahora no me recuerdo cuál era su plante. Pero somos ecobios”, expresa David, vendedor de cebollas y ristras de ajo en una carretilla. Y añade: "Luisma nació y se crió en San Isidro".
No es cierto. Luis Manuel Otero Alcántara nació y creció en otra zona pobre y marginal de La Habana que no sale en las postales turísticas, a unos tres kilómetros de San Isidro: el barrio de El Pilar. En la calle Romay entre Monte y Zequiera vivió su infancia y adolescencia. Una cuadra de casas bajas y cuarterías colectivas. El único edificio que había en la cuadra, en el número 67, donde nosotros vivimos, tenía dos pisos y fue demolido por peligro de derrumbe.
La casa de la familia Otero Alcántara, en el número 57, es una típica construcción de principios de siglo XX con puntal alto y ventanales amplios. En esos años, durante las noches, las mujeres se sentaban en la entrada de la puerta a cotillear, mientras los hombres hacían una colecta para comprarse un litro de ron peleón o mataban el aburrimiento viendo un juego de béisbol en el cercano Estadio del Cerro, hoy Latinoamericano.
Allí creció Otero, una zona marginal donde las drogas y sicotrópicos son parte del paisaje y son las riñas a tiros o a machetazos son habituales. Su padre Luis Otero siempre estuvo enredado en problemas legales y la cárcel fue su segundo hogar. En la prisión se hizo soldador y la última vez que salió del Combinado del Este, prometió no regresar. María del Carmen, la madre, ya fallecida, era técnica en construcción. Una gran luchadora, como la mayoría de las mujeres cubanas. Cuando quedó embarazada de Luis Manuel, el padre estaba preso.
“A ver qué sale”, se dijo. Fue madre y padre durante un buen tiempo. Por sobreprotección maternal, optó por criarlo puertas adentro de la casa. En una de las varias entrevistas que le hice a Luis Manuel Otero, un mulato con expresión adolescente, contaba que para escapar de esa vida, un tanto ermitaña, “me construía mis propios juguetes de madera. Siempre tuve ese don, no sé de quién lo heredé, pues en mi familia no hay ningún escultor ni artista visual. Hablaba solo horas y horas. Me creaba escenas y diferentes personajes. De niño prometí ser alguien famoso”.
Luego llegó la escuela. “La primaria la pasé en Romualdo de la Cuesta y la secundaria en la Nguyen Van Troi. Recuerdo que siempre estaba con un pedazo de madera en las manos. Mi abuela, trabajaba en Vivienda, organismo que en aquella etapa, cuando los cubanos decidían emigrar, el Estado decomisaba sus propiedades, mucha gente le regalaba cosas, electrodomésticos, ropa de uso... Así fue que tuvimos una lavadora, pero de zapatos siempre estaba escaso. Tenía un solo par y casi siempre estaban rotos. Iba a la escuela con unas botas horrorosas o con kikos (calzado) plásticos”, rememoraba Otero y agregaba:
“Con nueve o diez años, como todos los niños de la zona, buscaba la manera de hacer dinero para ayudar en la casa, comprar mis cosas o ir a fiestecitas los fines de semana. Un amigo del barrio y yo nos dedicábamos a sacar ladrillos de los edificios y casas abandonadas. En aquel tiempo, los ladrillos reciclados se vendían a tres pesos en el mercado negro, pero nosotros lo dejábamos en dos. Una tarde mi madre me sorprendió y me estuvo dando golpes con una suiza (cuerda o comba) hasta la puerta de mi casa”.
Antes de inclinarse por las artes visuales, estuvo cuatro o cinco años entrenándose como corredor de medio fondo en una pista de arcilla de la Ciudad Deportiva. “Quería salir adelante. Al deporte le agradezco la disciplina y compromiso. Corría 1,500 y 5,000 metros planos. Tenía perspectivas. Entrenaba durísimo en busca de mi propósito: escapar de la pobreza. Pero en una competencia en Santiago de Cuba, a pesar de ser favorito, quedé en cuarto lugar. No estaba programado para perder. Entonces decidí estudiar y probar en la escultura y las artes visuales”, me contaba Otero.
En sus tiempos libres, lo mismo vendía con un amigo DVD a tres pesos convertibles por las calles de Nuevo Vedado que hacía tallas en madera. “Un bastón que hice fue a parar a un taller que Víctor Fowler tenía La Víbora. Había cumplido 17 años y comencé a ponerme en serio para la escultura. Asistí a múltiples talleres. Siempre tuve un afán tremendo por estudiar y aprende. Soy artista autodidacta, un amante de la historia de Cuba. También me colaba en los cursos que ofrecía el Instituto Superior de Arte. Era un mundo apasionante. Cuando llegaba a casa regresaba a la realidad. Intercediendo en peleas a golpe entre familiares y problemas que tenía con mi hermano menor”, recordaba Luis Manuel, apoyado a un vetusto radio VEF-207 de la era soviética, vestido con un pantalón color mostaza y un pulóver blanco con los rostros del indio Hatuey, Martí y el opositor Oswaldo Payá.
En una galería en la Avenida 20 de Mayo, municipio Cerro, Luis Manuel Otero Alcántara por primera vez expuso en 2011. “La exposición se llamó Los héroes no pesan. Eran piezas de madera del tronco hacia arriba, sin piernas. Estaba dedicada a los soldados mutilados durante la guerra en Angola. Invité a decenas combatientes en esa contienda. Estaba tenso, esperando cuál sería su reacción. La obra fue muy bien acogida”.
Comenzó su activismo político. “Tenía demasiadas preguntas sin respuestas. Veía que las expectativas de la sociedad no se tomaban en cuenta. No había una puerta de salida. Todo era muela, un discurso sin sentido. En el mundo del arte, en privado, la mayoría reconoce que las cosas deben cambiar. Cuba es un disparate. Percibía que algo se debía hacer”, comentaba Otero en tono pausado. A su arte le dio un enfoque novedoso.
El 17 de diciembre de 2014 lo marcó. “Ese mediodía por la televisión vi, asombrado, el discurso de Raúl Castro y Obama. Sentí que comenzaba una nueva etapa. Que lo peor había quedado atrás. Que comenzaría un periodo de reconciliación y reconstrucción nacional. Era la sensación que se palpaba entre la gente en la calle. Que habría más negocios, que por fin tendríamos un mejor nivel de vida. Las expectativas del pueblo eran tremendas. Una ilusión que contagiaba”. Pero todo fue una estafa política: la dictadura de los hermanos Castro.
Desde 2015, Luis Manuel Otero fue protagonista de diversos performances críticos con el régimen. Se convirtió no solo en el artivista más importante de ese momento, también en una de las principales voces del cambio dentro de la oposición pacífica en Cuba. Cuando usted le pregunta a jóvenes artistas como Leodanis, rapero, te dicen que se iniciaron en al arte contestatario inspirados por Luisma. "Yo seguía cada una de sus directas. Hice mía su frase Estamos conectados”.
Para Carlos, sociólogo, “Luis Manuel Otero fue el precursor de las manifestaciones de un sector de la intelectualidad, el 27-N de 2020 y el 11-J de 2021. Los ahora habituales cacerolazos y protestas reclamando mejores servicios públicos o gritando Libertad están interconectados con el activismo social de Otero”.
Bárbara Farrat, madre del Jonathan,preso político a los 17 años por participar en las sonadas protestas callejeras en la Esquina de Toyo, en una entrevista me aseguraba, “que era una simple vendedora de maní y no me metía en política. Sin las denuncias y la valentía de Luis Manuel y Maykel Osorbo probablemente no se hubieran ocurrido las protestas del 27 de noviembre de 2020 frente al Ministerio de Cultura ni las del 11 de julio de 2021 por todo el país. Otero, Osorbo y la canción Patria y Vida fueron el detonante”.
Todo empezó en San Isidro.
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