Hay una frase que escucho mucho últimamente, y no siempre en consulta: “No me da la vida”. La dice la madre que trabaja, cuida, responde WhatsApps del colegio y aún siente que debería hacer pilates. La dice el autónomo que contesta correos a las once de la noche “solo un momento”. La dice el estudiante que descansa viendo vídeos sobre cómo organizarse mejor. La dice quien está de vacaciones, pero aprovecha para “adelantar cosas”. Y, si somos honestos, la decimos casi todos en algún momento.
La hiperproductividad o cómo convertir la vida en una lista de tareas
La cultura del "hacer" nos empuja a ser hiperproductivos, transformando la vida en una lista de tareas pendientes y generando una constante sensación de fracaso.
Vivimos en una época curiosa: nunca hemos tenido tantas herramientas para ahorrar tiempo y, sin embargo, nunca parece que tengamos tiempo. Tenemos agendas compartidas, aplicaciones para medir los pasos, relojes que nos recuerdan respirar, métodos de organización, alarmas para beber agua y hasta vídeos de gente doblando camisetas con una eficacia que da miedo. La promesa era sencilla: si nos organizamos mejor, viviremos mejor. Pero algo se nos ha torcido por el camino.
Muchas veces no vivimos mejor, simplemente producimos más. Y, peor aún, sentimos que si no estamos produciendo, estamos fallando.
La hiperproductividad no consiste solo en trabajar muchas horas. También aparece cuando convertimos cualquier aspecto de la vida en rendimiento. Leer ya no es leer, es “leer veinte libros al año”. Hacer deporte no es moverse, es cerrar anillos. Cocinar no es cocinar, es meal prep. Descansar no es descansar, es “descanso activo”. Incluso el autocuidado, que debería ser un lugar amable, a veces se convierte en otra tarea más: meditar diez minutos, escribir en el diario, hacer skincare, caminar, agradecer tres cosas, dormir ocho horas, no mirar el móvil, contestar pendiente, ordenar armario emocional y físico. Todo antes de las nueve, si puede ser.
Y claro, una acaba agotada incluso intentando cuidarse.
Lo llamativo es que esta cultura del “hacer” se nos cuela con muy buena cara. Nadie nos dice abiertamente: “explótate un poco más”. Nos dicen: “saca tu mejor versión”, “aprovecha tu potencial”, “sé tu prioridad”, “organízate mejor”, “si quieres, puedes”. Frases que pueden sonar motivadoras, pero que también esconden una trampa: si no llegas, parece que el problema eres tú. No el ritmo, no las cargas, no la precariedad, no la falta de red, no la vida real con sus imprevistos, sino tú, que no has sabido gestionarte.
Y ahí empieza una culpa muy moderna: la culpa de no estar haciendo suficiente.
Porque hoy no basta con trabajar. Hay que trabajar, aprender, mejorar, entrenar, tener vida social, estar informada, alimentarse bien, responder rápido, tener una casa agradable, cuidar la salud mental, viajar si se puede, estar presente con la familia, tener hobbies, dormir, ahorrar y, además, parecer tranquila. ¿En qué momento decidimos que ser una persona adulta consistía en llevar una empresa con forma de vida?
La hiperproductividad tiene efectos psicológicos muy claros. Uno de ellos es la sensación permanente de insuficiencia. Da igual cuánto hagas: siempre queda algo. Un correo sin responder, una lavadora, una llamada, una cita médica, un curso pendiente, una conversación que deberías tener, una versión de ti que todavía no has alcanzado. El día termina, pero la lista no. Y cuando la lista no termina nunca, el cuerpo empieza a vivir como si siempre estuviera llegando tarde.
También aparece la dificultad para descansar. Y no me refiero solo a dormir, sino a descansar de verdad, sin justificarlo. Hay personas que solo pueden parar cuando enferman, cuando el cuerpo las obliga, cuando ya no queda otra. Es como si necesitaran una prueba objetiva para permitirse bajar el ritmo: fiebre, migraña, ansiedad, contractura, agotamiento. Mientras tanto, siguen. Como si el cansancio normal no fuera suficiente argumento.
Otra consecuencia es que perdemos el placer. Parece exagerado, pero no lo es. Cuando todo se convierte en objetivo, el disfrute se empobrece. Ya no caminamos por caminar, caminamos para llegar a diez mil pasos. Ya no quedamos con alguien por gusto, sino porque “hay que cuidar los vínculos”. Ya no descansamos en el sofá, “recargamos energía”. Es sutil, pero importante: dejamos de estar en la experiencia y empezamos a evaluarla.
Y luego está la hipervigilancia, esa sensación de tener siempre una parte de la cabeza encendida. Mirar el móvil “por si acaso”. Revisar si han contestado. Pensar en lo siguiente mientras haces lo actual. Sentirte culpable si no contestas rápido. Notar que el descanso dura poco porque enseguida aparece una voz interna diciendo: “venga, aprovecha”. Esa voz puede parecer responsable, pero cuando no se calla nunca se vuelve cruel.
La pregunta incómoda sería: ¿cuándo fue la última vez que hiciste algo sin que tuviera utilidad?
No para mejorar. No para aprender. No para verte mejor. No para tacharlo de la lista. Algo inútil en el mejor sentido de la palabra. Mirar por la ventana. Dar un paseo sin medirlo. Leer tres páginas y dejarlo. Cocinar algo que no sea práctico. Perder el tiempo con alguien. Aburrirte. Estar.
El aburrimiento, por cierto, está muy desprestigiado. Lo tratamos como un fallo del sistema, cuando en realidad es un espacio donde la mente respira. Muchas ideas aparecen cuando dejamos de empujar. La creatividad necesita huecos, no solo disciplina. El deseo necesita silencio, no solo planificación. Y la calma no suele llegar cuando terminamos todo, porque todo no se termina nunca. La calma aparece cuando aprendemos a soltar algo sin sentir que estamos traicionando nuestra vida.
Esto no significa defender la pasividad ni romantizar el caos. Las responsabilidades existen. El trabajo importa. Organizarse ayuda. Pero una cosa es organizar la vida para vivirla mejor, y otra muy distinta es vivir como si cada día fuera una prueba de rendimiento.
Quizá necesitamos empezar a hacernos preguntas menos productivas y más humanas. No solo “¿qué tengo que hacer hoy?”, sino “¿cómo quiero estar mientras hago lo que tengo que hacer?”. No solo “¿he aprovechado el día?”, sino “¿he estado en algún momento dentro de mi propia vida?”. No solo “¿qué me falta?”, sino “¿qué puedo dejar de exigirme un rato?”.
Porque, al final, la vida no debería sentirse como una bandeja de entrada imposible de vaciar.
Tal vez el verdadero lujo de nuestra época no sea tener más cosas, ni hacer más planes, ni optimizar mejor el tiempo. Tal vez el lujo sea poder decir: hoy no voy a exprimir el día. Hoy voy a vivirlo. Sin sacarle rendimiento. Sin convertirlo en contenido. Sin tener que demostrar que merezco descansar.
Y quizá ahí, justo ahí, empiece una forma más sana de estar en el mundo: menos perfecta, menos acelerada, menos vendible. Pero mucho más respirable.
Violeta Garcia psicóloga Puedes encontrarme en Www.cioletagarcia.es
NULL
