He visto la película que tal vez más atención ha tenido en Cuba y por los cubanos residentes en cualquier lugar del mundo este año: Regreso a Ítaca. El reparto (¡estelarísimo!) y la aureola que despertó la decisión de no incluirlo en el Festival de cine de La Habana en diciembre pasado tal vez me produjeron mayor expectativa. Y tal vez por eso me pareció tan mala.
Catarsis en Ítaca
No aprendemos. Fue lo que pensé el día que “se filtró” que, por indicaciones del Ministerio de Cultura, la película no estaría en el Festival de Cine de La Habana, en diciembre de 2014. No aprendemos, porque la censura solo ha sido motivo de duda y ganancia de adeptos hacia lo que está prohibido, sobre todo si lo hace un gobierno que ha levantado un muro a la información que toque su sistema, aunque sea con un pétalo de rosa.
No aprendemos. Fue lo que pensé el día que “se filtró” que, por indicaciones del Ministerio de Cultura, la película no estaría en el Festival de Cine de La Habana, en diciembre de 2014. No aprendemos, porque la censura solo ha sido motivo de duda y ganancia de adeptos hacia lo que está prohibido, sobre todo si lo hace un gobierno que ha levantado un muro a la información que toque su sistema, aunque sea con un pétalo de rosa.
Pero somos reincidentes. Y esta película sufrió (o ganó) con una decisión más de funcionarios que parecen saber poco de cultura… y menos de política. Y fui de los que quiso encontrarla en La Habana entre los que venden CD clandestinos (perdón por los derechos de autor y por quienes sabemos que eso no está bien), la busqué entre los cinéfilos que conozco y que ya sea gracias a las traquimañas que aprendimos, de las arcas de los socios (a la cubana) o bajada del inefable internet, están más al día que el ICAIC.
Pero no la encontré. Estaba virtualmente prohibida y tácitamente perdida. Hasta que alguien dijo ¡la tengo! Y allí la tenía yo en mi pantalla. Y allí estaba, hora y media después, frustrado. Porque más allá de la presencia de esos monstruos de la actuación que seguimos dondequiera de aparecen, más allá de que “¡coño, es una película cubana donde no hay 80 por ciento de sexo!”, más allá de la expectativa que el estúpido funcionario de las prohibiciones me creó, no encontré nada más allí.
Sí, había algo: una catarsis que ni siquiera llegó al álgido y rico debate de la esquina de mi casa cienfueguera, o en las múltiples reuniones que entre amigos tenemos los cubanos donde tanto nos gusta rememorar, acostumbrados a que no nos veamos sin desarrollar el punto más importante del orden del día, luego de la pregunta infaltable: ¿cómo está la cosa?
Catarsis. Una serie de lugares comunes, tantos que me costó trabajo descubrir que el guion había sido concebido por Leonardo Padura, ese escritor que tanto ayudará a los historiadores del futuro cuando traten de saber cómo reaccionaron los cubanos a sus tiempos históricos. Ese Padura que me esclaviza desde la primera página de sus textos hasta la última palabra, y siempre me deja ese exquisito sabor de querer más. Ese escritor que veneramos en nuestro tiempo y que ya está incluido en la lista de los imprescindibles.
Allí, en Regreso a Ítaca, no reconocí la rica y variopinta fauna que puebla nuestras vidas, ese cubaneo que nos caracteriza y que a unos les abruma y a otros les molesta, pero que en un final todos disfrutan y extrañan. Sobre todo los que allende los mares vivimos la mayoría de nuestros tiempos.
Somos un país tan distinto entre nosotros mismos, somos una sociedad con tantas versiones, que retratarla necesitaría de un buen angulo ancho. Somos un pueblo con tantas historias distintas, con tantas opiniones, que daría risa en el futuro saber cuánto han tratado de hacernos en un solo molde, de una sola idea. Somos tantos y tan diversos, que solo nuestra diversidad total, completa, expresa lo que es nuestra Cuba de hoy.
Regresar a Ítaca no nos dará esa foto de grupo que esperábamos. Tampoco las catarsis excluyentes nos propiciarán la convergencia imprescindible que nos remita al país necesario para cumplir la repetida y pragmática frase martiana (ya tiene 126 años de dicha en esa Tampa tan cubana de tabaqueros y soñadores independentistas): “La patria con todos y para el bien de todos”.
Tal vez sea pedirle mucho a una película, pero estamos tan necesitados de una foto de grupo que cuando las expectativas y la crítica nos la señalan, al menos allí pretendemos verla. Pero no debía sentirme frustrado si en la realidad, que es más rica que la ficción, esa foto de grupo solo aparece en los sueños de algunos aventajados socialmente. Ojalá que salte al celuloide, a las vidas de todos nosotros, al pensamiento de los políticos y de quienes diseñan y pregonan las políticas.
No debía sentirme frustrado, pero si les soy sincero, lo estoy.
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