MIAMI.- Han pasado semanas desde que explotaron en Matanzas, Cuba, cuatro tanques de combustible que almacenaban miles de metros cúbicos de crudo. Al elevado costo humano, de lo que el régimen presenta como otra tragedia resultante de un accidente que segó 14 vidas, se yuxtapone el costo ambiental, menos tratado por la prensa oficialista y las instituciones encargadas del sector científico.
Cuba: ¿Cuál es el costo ambiental del gran incendio?
Si bien algunos expertos emplearon sus redes para socializar saberes en torno a la repercusión del incendio en el entorno, aún el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA) no ha emitido un informe público que analice las consecuencias de ese siniestro calificado como el más grave de su tipo en la historia de Cuba.
Varios desastres previos a lo largo del mundo han dado pistas suficientes para comprender su impacto. Un dossier de la organización Green Peace incluye, entre los más graves desastres ambientales que atentan contra la biodiversidad, los derrames de petróleo en ríos, mares y océanos. Por la cercanía de los depósitos petroleros a la bahía de Matanzas, esta alerta que mantiene concordancia con la investigación The Behavior and Effects Of Oil Spills In Aquatic Environments, no es descartable: “Las sustancias químicas tóxicas permanecen en el océano durante años, a menudo hundiéndose en el fondo marino y envenenando el sedimento”. Hay efectos de carácter más inmediato provocados por los humos de la combustión del producto.
Algunos humos petrolíferos, sobre todo los provenientes de los productos más volátiles, pueden ser perjudiciales para los pulmones cuando se inhalan, además de provocar quemaduras, irritación de los ojos y problemas neurológicos en las personas expuestas, indica un reporte del World Economic Forum (WEF), el cual también asevera que tales humos afectan de varias maneras a animales y aves que circundan la zona. Las afectaciones pueden ser por contacto físico directo (quemaduras), contaminación tóxica (envenenamiento o asfixia), destrucción de fuentes de alimento y hábitats, e incluso ocasionar problemas en sus ciclos de reproducción.
Asimismo, las burbujas de petróleo que salen desprendidas como consecuencia de las explosiones impactan en la vegetación, provocando incendios que afectan a la fauna y la flora y, en casos como este, de explosiones asociadas a derrames de petróleo, a los animales se les impregna en la piel e inciden en los suministros de alimentos.
Para el 15 de agosto, a 10 días de su inicio y solo tres de su extinción, una nota del medio estatal Cubahora refería que expertos de CITMA se encontraban evaluando las consecuencias medioambientales del incendio en la zona industrial y, como parte de la estrategia trazada para investigar estos efectos, “en la TV nacional la ministra del CITMA, Elba Rosa Pérez Montoya, declaró que ya se estaba monitoreando la sanidad del aire en cada uno de los lugares más vulnerables, como el litoral norte de las provincias de Matanzas, Mayabeque, La Habana y algunos puntos de Artemisa”.
Las autoridades indicaron, en ese sentido, que los valores de los gases permanecieron “cercanos a los normales o en la norma” y negaron que se hubiera hallado evidencia de lluvias ácidas o afectaciones a la salud humana.
Sin embargo, en los días en que transcurrió el incendio, fue habitual leer en medios independientes descripciones de residentes en las zonas de alto riesgo que daban cuenta de “un tizne o polvillo negro que mancha la ropa y las manos y deja un aspecto inusual en el agua”, en tanto alertaban de que del Valle del Yumurí, a pocos kilómetros de la ciudad de Matanzas, “los animales no se quieren comer la yerba. Mastican y la botan. No tenemos de dónde darles agua a los animales. Los ríos están contaminados después que llovió”.
Según reconoció el Dr. José Rubiera, en la oficialista Televisión Nacional, el 7 de agosto, “se produce una zona amplia de humo en la cual hay gases y partículas y, como es muy alta la temperatura, pesan menos que el aire por lo que suben hasta 4.5 y 6 km de altura. El viento trae esa nubosidad de humo hacia el oeste, por eso es por lo que hemos visto esa nube cruzar sobre la parte occidental de Matanzas, el norte de Mayabeque, La Habana y Artemisa. Pero si hay lluvia que atraviese la parte central, donde está la mayor concentración de contaminantes, entonces estos pueden ser arrastrados hacia el suelo”.
Por su parte Luis Enrique Ramos, profesor e investigador de la Sociedad Meteorológica de Cuba, socializó en su página de Facebook, en las primeras horas del incendio, que “si se llegara a confirmar la hipótesis inicial, sería el evento más devastador en la historia de Cuba asociado al impacto de un rayo” y alegó que pasaría tiempo antes de que se evalúe la repercusión.
El 24 de agosto, en una reunión virtual entre especialistas cubanos, involucrados en las tareas de rehabilitación tras el incendio en la base de Supertanqueros de Matanzas, y especialistas estadounidenses de la Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA por sus siglas en inglés), las partes exploraron posibles vías de cooperación para el logro de la rehabilitación de las zonas más afectadas.
La delegación cubana “solicitó a la contraparte su valoración sobre las acciones ya realizadas y la posibilidad de acceder a las técnicas y procederes más novedosos acumulados tanto por la EPA y otras agencias involucradas en estos tipos de accidentes”, se lee en una nota del periódico oficialista Granma. Sin datos concretos sobre el impacto ambiental, los expertos de CITMA se limitaron a declarar “negativas” las evidencias de afectaciones a la sanidad animal y vegetal y a los ecosistemas y áreas protegidas cercanas, en tanto admitieron que “el daño principal está en el suelo de la base de los supertanqueros, y los especialistas trabajan en las estrategias de biorremediación que se aplicarán, así como en la deposición de los desechos peligrosos”.
Pese a que la evaluación de los expertos habría comenzado casi a la par del reporte de incendio, los resultados de las mediciones pudieran demorar “varias semanas” según dijo la funcionaria, que minimizó la permanencia de la contaminación, pero admitió que debían estudiar los efectos sobre el suelo y otros componentes de los ecosistemas.
Entretanto, la ciudadanía sigue a la espera de que este no sea el ‘Chernóbil cubano’, no tanto por la devastación que aquél dejara sino también por el silencio deliberado del bloque socialista europeo con tal de no admitir el fracaso.
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