MIAMI.- En un reciente video compartido desde el perfil de Facebook de La Familia Cubana, un espacio que ha ganado notoriedad por invitar a figuras del espectáculo a 'hablar sin filtros', varios actores cubanos, rostros ampliamente conocidos por el público, se sentaron frente a micrófonos de alta gama para comentar la crisis nacional: apagones, hambre, jubilación, desesperanza, crisis, migración, vulnerabilidad. A primera vista y aparentemente, parecía un acto valiente. Pero al mirar más de cerca, surgen preguntas inevitables: ¿desde qué realidad opinan? ¿A quién representan realmente?
Actores en crisis: ¿denuncian o actúan?
Entre micrófonos de lujo y realidades paralelas, voces reconocidas de la televisión enfrentan su propio juicio público
“Es inhumano lo que está viviendo la gente en otras provincias del país con los niños, los ancianos. No es llegar a un lugar y decir aquí todo está bien, aquí no pasa nada. Hay que meterse de verdad adentro de los problemas y tratar de resolverlos”, denunció Jorge Martínez.
Lo cierto es que no es un secreto para nadie que estos artistas viven muy por encima de la media nacional, en una realidad paralela a la del cubano de a pie. Seguramente no sufren el apagón porque tienen planta eléctrica. No sienten el desabastecimiento porque compran en tiendas en dólares. Tienen negocios propios, viajan al extranjero con frecuencia y, en no pocos casos, mantienen vínculos visibles o soterrados con figuras del poder. No hacen cola para el pan duro e incomible, no dependen del transporte público que nunca llega, no enfrentan la disyuntiva entre alimentar a un hijo o comprarle zapatos. No les preocupa la represión, tema al que no hicieron alusión en este caso porque en la isla los rostros visibles están apadrinados por la misma cúpula del poder que sostiene la narrativa oficial del país. La gran mayoría son personas que el sistema ha mimado, premiado o tolerado mientras les resultaban funcionales. Cabe cuestionar si ellos, en muchos sentidos, no padecen Cuba y más bien la administran, la comentan, la sobrellevan desde una burbuja privilegiada.
“Lo que comparto con el cien por ciento de los cubanos es el problema energético que existe y lo que más me jode es que la mayoría de los problemas energéticos que existen es por abandono, por no prestarle la debida atención… No soy político ni tengo conocimientos de cómo funcionan las cosas, pero creo que se puede hacer algo. Vamos a regalar Varadero. Damos Guardalavaca a cambio. Se puede hacer algo para resolver el problema porque es demasiado fuerte lo que se está viviendo con el tema de los apagones”, agregó entrecortado Alejandro Cuervo, quien recientemente fue cuestionado por su viaje a Miami y Nueva York.
Entonces, cuando desde su burbuja, en estudio con luces LED, buena conexión a internet y micrófonos profesionales, se sientan a hablar de “la crisis del país”, de “la Cuba real”, lo que escuchamos no es una denuncia, sino una performance, y el gesto no solo resulta cuestionable, sino incómodo. Y no es que el dolor sea ilegítimo, pero cuando proviene de quienes han callado ante las verdaderas injusticias cuando era peligroso alzar la voz —como por ejemplo en los sucesos del 11 de julio o por defender a los miles de presos políticos que aún están en las celdas cubanas—, es cuestionable que ahora aprovechen un espacio mediático para “limpiar” su imagen, y por ende el gesto se vuelve sospechoso. ¿Es esto una muestra de empatía o un lavado de rostro? ¿Una crítica real o una catarsis controlada?
“Cada vez estamos peor. Vas caminando por las calles y ves cómo todo se va apagando. Yo iba el otro día en un taxi por todo 23 y parecía la ciudad de los muertos. Era un silencio. No hay alegría. Ya no hay ni un 31 de diciembre, ni navidad, ni nada, como yo lo recordaba de niña, de los vecinos entrando a las casas de los otros. Es a sobrevivir”, comentó Belissa Cruz.
Más aún: estas caras han permanecido con su boca callada durante años, cuando la represión golpeaba a artistas independientes, periodistas, activistas o simplemente jóvenes que salían a la calle a decir basta y pedir libertad. Hoy, cuando hablar “vende”, cuando denunciar desde cierta distancia no implica mayor costo, deciden sumarse al coro. Pero, ¿dónde estaban cuando más se necesitaban sus voces?
“Me quejaría públicamente de la falta de disciplina que se ve en casi todo y el descontrol con la sociedad. Hay muchas situaciones, pero hay soluciones. Me parece que si no nos ponemos las pilas con todo lo que hemos dicho: nos traga”, añadió Bárbara Sánchez Novoa.
A esto se suma un dato no menor: La Familia Cubana es una empresa radicada en Miami, que en varias ocasiones ha estado envuelta en polémicas por apoyar o dar plataforma a figuras públicas con vínculos abiertos o encubiertos con el régimen cubano. Esa ambigüedad editorial, donde se mezcla el entretenimiento con el oportunismo político, convierte cada episodio en un juego de espejos donde el mensaje final es confuso: ¿se critica al sistema o se le da espacio a sus emisarios bien vestidos?
“Me duele ver pasar a los decisores [los que gobiernan] en sus carros y que no haya guagua funcionando en la ciudad. Eso me duele mucho y lo digo públicamente, y si se molestan, que pongan guaguas, que las ponen para los desfiles”, subrayó Osvaldo Doimeadiós.
La realidad es que el pueblo cubano está exhausto. No necesita actores interpretando papeles de víctimas cuando viven como élites. Necesita coherencia. Necesita que quienes tienen plataformas y acceso a los medios usen esa influencia para amplificar la verdad, no para protagonizar un simulacro de conciencia social.
Claro que es válido que un actor opine. Pero también es legítimo que el público cuestione desde qué pedestal lo hace, como ocurrió en dicho post, cuando los comentarios hablan por sí solos y se inclinan al lado correcto de la balanza. En un país donde el discurso oficial ha manipulado incluso al arte, no basta con hablar: hay que ser creíble. Y para eso, hace falta algo más que un micrófono y cámaras de video.
Cuba atraviesa uno de los momentos más dolorosos de su historia reciente. Y el pueblo, el verdadero, el que no tiene voz ni visa, no necesita que los privilegiados hablen por él, sino que lo escuchen, lo representen con honestidad y, sobre todo, con coherencia. Porque en esta lucha por la verdad, sobran los actores y faltan ciudadanos.
Hablar es fácil cuando no hay riesgo. El reto está en haberlo hecho cuando nadie lo permitía. Por eso, aunque algunos pretendan cambiar de libreto, yo creo que la audiencia ya aprendió a distinguir quién actúa y quién resiste.
NULL
