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LETRAS

Cómo un inglés salvó los cerezos de Japón

A 142 años del nacimiento de Collingwood Ingram, vale la pena leer la investigación de Naoko Abe sobre sus aportes dentro de la cultura de los cerezos
Por GRETHEL DELGADO

MIAMI— Este 30 de octubre se cumplen 142 años del nacimiento del inglés Collingwood Ingram (1880-1981), responsable de difundir la belleza y variedad de los cerezos de Japón. Cómo el nieto del fundador de The Illustrated London News se enamoró de los cerezos es el enigma que llevó a una periodista a realizar una profunda investigación y un viaje a la historia de su propio país. De ahí parte El hombre que salvó a los cerezos, de Naoko Abe, publicado por Anagrama.

La autora del libro se basó en numerosas fuentes bibliográficas y entrevistas a personas vinculadas al tema, incluidos familiares, como Ernest Pollan, nieto político de Ingram, y Veryan, nieta de sangre del famoso ecologista, quienes le ofrecieron un amplio caudal de documentos para su investigación: apuntes, diarios, dibujos, agendas, fotografías y otros.

Devoción por la sakura

Apasionado de la ornitología, del estudio de la naturaleza, y con habilidades para el dibujo de animales y plantas, Ingram fue un niño atípico. Mientras su hermano estudiaba, “él vagaba por el campo y observaba aves: lavanderas, parúlidos, tarabillas, torcecuello”. Así, “aprendía a silbar como las perdices por las marismas de East Sussex”. La naturaleza era su “religión”.

Su familia tenía muchos animales y no pocas historias interesantes. Su tío Walter murió aplastado por un elefante en África, accidente que atribuyeron a una maldición por haber comprado un sarcófago egipcio con una momia de un sacerdote tebano del siglo IV a. C., y encima se lo había enviado a su hermano William a la redacción del periódico The Illustrated London News.

Ingram quedó impresionado con los cerezos cuando visitó Japón por primera vez en 1902. Este árbol que le decía a los campesinos en qué momento del año estaban y que provocaba actos contemplativos durante su corta floración, se convierte en un hilo que une dos culturas, insulares y con puntos en común, la japonesa y la inglesa.

Según la nota de la editorial Anagrama, “en Japón cada primavera la floración de los cerezos es una fiesta de los sentidos, y todo un símbolo de la cultura del país. Lo que casi nadie sabe es que si hoy sigue vivo ese patrimonio de la humanidad es gracias a un inglés llamado Collingwood Ingram”.

Como agrega la nota, encontró “múltiples variedades de cerezos, de las que se calcula que había unas doscientas cincuenta. Cuando en 1919 se instaló con su familia en Kent, descubrió alborozado que en el jardín de la casa había dos espléndidos cerezos japoneses”.

De ahí que regresara al país nipón en 1926 para notar con temor que se estaba perdiendo la diversidad de estos árboles, y que solo se difundía una sola variedad clonada. Por eso “Ingram dedicó su vida a salvaguardar esos árboles y a proteger la tradición de la sakura (palabra japonesa para referirse al cerezo en flor) hasta su muerte, ya centenario, en 1981”.

El libro “trata también sobre la historia de dos países y dos culturas; sobre el final del mundo victoriano, en el que nació Ingram en 1880, y sobre el convulso siglo XX”.

En más de 400 páginas, la autora indaga en la postura visionaria de Ingram, que notó muy temprano la pérdida de especies de cerezos y se dedicó a rescatarlas, difundirlas por el mundo e incluso logró hibridar varias de ellas. Solía enviar semillas y esquejes, de manera gratuita, a varios sitios. Como se lee en el capítulo 22 del libro, entre 1928 y 1931, por ejemplo, “mandó esquejes de al menos 20 variedades de cerezos al ministerio de Agricultura de Estados Unidos, en Washington”.

Pero su historia no solo está llena de flores. Collingwood Ingram participó en las dos guerras mundiales; en la primera fue un experto en brújulas, y en la segunda fue jefe de la milicia local de Benenden. Una vez se estrelló un avión enemigo en la entrada de su casa, The Grange, y tuvo “el placer de hacer prisionero a un paracaidista alemán”.

Otro dato que llama la atención por lo absurdo que resulta, pero que se ajusta a los comportamientos de la época, es que, a pesar de su loable trabajo, incluso con premios, Ingram tuvo que esperar a sus 76 años para ser admitido en la Sociedad del Jardín, en 1957, porque no era un gran terrateniente, a pesar de su posición social y su riqueza.

Este libro también es un repaso de Abe por la historia de sus antepasados, unidos en el tiempo a las aventuras de Ingram. Resulta conmovedor cómo la autora rescata las canciones que aprendió su padre de niño y que le cantó, ya octogenario, para que no se olvidaran, como la canción de guerra “Hermanos como flores de cerezo”, o Doki no Sakura.

De hecho, la flor de cerezo y su corta vida se asoció durante mucho tiempo con la entrega de los soldados japoneses, dispuestos a morir por un ideal. En los aviones de pilotos kamikaze había una flor de cerezo dibujada. Kamikaze (Kami, dios; kaze, viento) fue el nombre de un tifón que arrasó la flota del emperador mongol Kublai Kan en 1281.

Entre los logros de Ingram destaca el hecho de que fue la primera persona del mundo que logró hibridar cerezos, según el investigador Hiroyuki Iketani.

En torno a sus estudios de hibridación, cruzó dos especies, la Taiwán (Kanhi-zakura) y la Fuji (Mame-zakura). Lo curioso es que la primera especie crecía en las islas de Okinawa, al sur de Japón, y florecía en febrero; y la segunda crecía al norte, cerca de la montaña Fuji, y echaba flores en abril. El resultado de ese cruce fue nombrado Okame por Ingram, en honor a la diosa japonesa de la fortuna y del júbilo, y florecía en marzo, a medio camino entre las especies de las que partía.

Asimismo, logró reintroducir en Japón el cerezo Taihaku, que conservaba en su jardín mientras que en tierra nipona no se tenía noticia de su existencia.

Estos y tantísimos datos hacen de este libro un increíble viaje por varias culturas y momentos notables de la historia, todo hilado por una frágil y hermosa flor.

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