MIAMI.- Bastante poco se ha escrito sobre la intervención mercenaria de Cuba en Angola entre los años 1975-1991, quizás una de las aventuras militares más crueles del castrismo, con miles de bajas cubanas que fueron sepultadas en Angola, para evitar el costo del traslado y el espectáculo de los constantes funerales de los “internacionalistas”, como se les llamaba a las tropas cubana de ocupación.
"El barco que nos llevó a la guerra de Angola" retrata el abuso del poder
En la segunda sección del libro "El barco que nos llevó a la guerra de Angola", los escenarios cobran crudeza, brutalidad y la corrupción permea todo el texto
Por ello se agradece un libro como El barco que nos llevó a la guerra de Angola (Aduana Vieja, 2022), de la dramaturga y narradora Carmen Duarte. Una novela que corre como una historia de amor y supervivencia, pero que va retratando la crudeza del mundo militar, los combates y el daño físico y emocional que representó para muchos.
El libro transcurre en dos secciones de 8 capítulos cada una, El conejo del mago y Fin del ilusionismo. En la primera, una cantante es enviada al país africano como parte de una “brigada artística”, para animar a las tropas durante la travesía de un barco ruso, supuestamente para turistas, “que salió del puerto de Odessa y en La Habana, le subieron mil soldados cubanos con destino a Angola. Se trataba de una operación de camuflaje donde los militares iban vestidos de civiles para parecer turistas”.
La travesía, que requería una parada en Santa Cruz de Tenerife, sirve para ir aflorando distintas situaciones, conflictos entre la cantante y el resto de los integrantes del grupo musical al que pertenece; también describe el acercamiento a un mago enfocado en el entretenimiento a los soldados, que se convierte en su ayudante. El resto del largo viaje cruzando el Atlántico retrata la lucha de Alicia por sortear el abuso de los oficiales, que intentaban sacar provecho sexual de las mujeres durante el trayecto.
En esta primera parte hay un diario de a bordo que escribe la protagonista, donde anota la cruda cotidianidad, pero además, emociones y sueños: “Me gustaría viajar como ciudadana normal, con un pasaporte y dinero para pagar los trámites de la vida y el pasaje, como muchas personas adultas del mundo. Pero vivo en un país pobre, con un gobierno paranoico, que tiene a sus habitantes controlados”.
La primera parte es un anticipo de lo que ocurrirá en la segunda sección del libro, Fin del ilusionismo, donde los escenarios cobran crudeza, brutalidad y la corrupción permea todo el texto.
En esta segunda mitad del libro Carmen Duarte introduce nuevos protagonistas y conduce su novela por la mirada de las mujeres que integran el “batallón internacionalista femenino”, que según señala, nunca entró en combate. Los personajes de Gisela, Niurka Maibely, Tania y Alina, tienen que campear los abusos del Coronel Ernesto Roldán y el Capitán Vladimir Ruiz.
La novela fluye sin adjetivación, dejando que sea el lector quien califique. Incluso el lenguaje está tan cuidado, que las pocas malas palabras que se emplean, están presentadas con la letra inicial y puntos suspensivos. Aun así hay escenas crudas, como el despertar desnuda junto al capitán y otra mujer, así como la muerte de un hombre, seguido de momentos de tensión: “El coronel levantó a Tania y le advirtió: tú no me viste disparar”, y poco párrafos más adelante: “Acuérdate que tengo esas fotos con Amelia”, aludiendo a la escena de cama, a donde fue a parar drogada.
El barco que nos llevó a la guerra de Angola es un libro sobre el poder, el abuso del poder, pero también de las injusticias cometidas por las tropas cubanas en esa guerra que a tantas familias enlutó.
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