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CRÍTICA DE CINE

Indiana Jones and the Dial of Destiny: la reliquia del pasado escondida en el presente

Indiana Jones and the Dial of Destiny es la despedida que nuestro héroe merecía. Es inteligente, divertida y un homenaje a toda la saga
Por LUIS BOND

Los tiempos cambian, pero las historias que nos contamos son perennes. Desde que el mundo es mundo, siempre nos hemos topado —y seguiremos haciéndolo— con conflictos recurrentes como la creación de la identidad, la búsqueda de la redención, el encuentro con lo desconocido, el amor imposible, entre muchos otros. Es así como Romeo y Julieta ha sido contada en cientos de variaciones como Titanic, The Notebook, Twilight, West Side Story o Elemental. El núcleo de la historia siempre será el mismo, lo que cambia es la forma que lo recubre. Gracias a esta ductilidad, héroes que aparecen atrapados en un contexto histórico particular pueden hablarnos en la modernidad con tanta frescura como si hubiesen sido creados hace unos días.

Éste es el caso de Indiana Jones, un profesor escéptico y obsesionado por conseguir reliquias mitológicas exclusivamente motivado por el valor histórico que poseen en sí mismas. Sus aventuras, ambientadas en la Segunda Guerra Mundial, están plagadas de paisajes exóticos y enemigos despiadados como los nazis (representación del mal por antonomasia desde hace décadas) que desean hacerse con el Santo Grial, el Arca de la Alianza y otros objetos sagrados para obtener poderes sobrenaturales y conquistar el mundo. Es así como la travesía de este personaje encarna la dicotomía personal y colectiva entre el bien y el mal (entendida en su contexto como la lucha entre la democracia y el totalitarismo), la religión y la ciencia (alegoría de la dualidad entre mito e historiografía), preservar o perder las bases de nuestra civilización (la Tradición en contraposición al progreso), por enumerar algunos temas.

Creado por George Lucas (el genio detrás de Star Wars, ávido lector de Joseph Campbell) y dirigida por Steven Spielberg (uno de los mejores cineastas de la historia), las aventuras de Indiana Jones marcaron a toda una generación que comenzó a interesarse en la historia, la religión y los mitos gracias a cada una de sus entrega. Como todo gran héroe, Indy sirvió de modelo para muchos otros homólogos en la modernidad que intentaron replicar su ADN narrativo con ciertas variaciones (como el caso de Robert Langdon en Angels and Demons o Benjamin Franklin Gates en National Treasure). Lejos de lo que podría pensarse, la estructura de las 5 películas que conforman la saga del Doctor Jones es la misma: Indy comienza a seguir la pista de algún objeto histórico de dudosa existencia, tiene algún side kick —que funciona como cómic relief— que lo apoya en todo momento, en su camino se termina cruzando con las fuerzas del mal y guiándolos —de forma involuntaria— hacia eso que desea conseguir. En la resolución de cada historia, los mitos alrededor de lo que busca son reales y su mera existencia podría tener consecuencias funestas para todos. Esto pone a nuestro héroe en una encrucijada donde debe elegir entre rescatar la famosa reliquia por el bien de la historia o dejar que se pierda por el peligro que representa, decantándose por lo segundo.

Por estar circunscrito a un contexto histórico especial, pareciera que las aventuras de Indiana Jones estuviesen limitadas a un rango específico de espectadores y que, difícilmente, pudiesen conectar con un público más moderno. Al menos eso fue lo que sucedió con su cuarta entrega, Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull (2008), un intento fallido de pasarle la batuta a la generación de relevo (encarnada por Shia LaBeouf) y que pareció darle una estocada mortal a este personaje tan querido. Contra todo pronóstico, este bache quedó como un episodio más de la saga y es así como llega a nuestras salas de cine Indiana Jones and the Dial of Destiny ( Indiana Jones y El Dial del Destino), la despedida que Indy merecía a través de un homenaje al legado de G eorge Lucas y Steven Spielberg.

Ambientada en 1969, la historia nos muestra a un Indiana Jones (Harrison Ford) a punto de jubilarse de la universidad y cansado de los desplantes de sus alumnos que están más interesados por la conquista espacial que por la historia de la humanidad. Decepcionado de todo, lidiando con la culpa y atravesando un divorcio, la rutina de Indy se ve interrumpida cuando un día es visitado por su ahijada Helena (Phoebe Waller-Bridge), una joven obsesionada con un misterioso artefacto mítico que su padre (Toby Jones) cuidó durante toda su vida. Al igual que todas las otras reliquias de la saga, este objeto podría cambiar el curso de la humanidad y es buscado vehementemente por fuerzas oscuras. Por supuesto, esto termina arrastrando a nuestro héroe a tomar su sombrero y látigo para comenzar otro viaje donde deberá enfrentarse, una vez más, a los nazis para salvar el mundo.

Pensar en traer a Indiana Jones a las salas de cine en pleno 2023 pudiese sonar como algo anacrónico. Los códigos de sus aventuras podrían ser ajenos a una nueva generación y fácilmente podríamos interpretar este regreso como otro intento de los estudios por apelar a la nostalgia del público. Si vemos un poco más allá, nos daremos cuenta que Indiana Jones and the Dial of Destiny es mucho más que eso. A diferencia de sus predecesoras, los conflictos a los que se enfrenta Indy son completamente actuales (no en vano, está ambientada en un momento histórico bastante convulso y que sirve de espejo al nuestro).

Nuestro héroe, al igual que el público, atraviesa una época de transformaciones donde toda la atención del colectivo parece girar alrededor de la tecnología, los jóvenes se creen más listos de lo que realmente son y desean cambiar el mundo desdeñando lo viejo por considerarlo aburrido y obsoleto, los enemigos de otrora (los nazis) ahora son aliados del gobierno y sus pecados han sido perdonados en nombre del progreso… y, en medio de este tumulto, los oportunistas se aprovechan de la confusión generalizada para saquear y vender el patrimonio de la humanidad al mejor postor. Frente a esta anarquía, Indy se erige como el último bastión que protege una forma de ver el mundo que se contrapone al caos de la modernidad, encarnando, una vez más, las angustias arquetípicas de la humanidad alrededor de los cambios y la necesidad de resignificar nuestras experiencias, en búsqueda de sentido, frente al final de la vida.

Por supuesto, toda esta revisión de un pasado glorioso en contraposición a un héroe crepuscular, en un mundo que le es hostil, le viene como anillo al dedo a su director y co-guionista James Mangold, quien ha explorado en largometrajes como Logan, 3:10 to Yuma, Walk the Line y Ford V Ferrari todas estas inquietudes. Compartiendo la escritura del guión junto con John-Henry Butterworth, Jez Butterworth (ambos autores de Ford v Ferrari, Edge of Tomorrow) y el especialista en cine de aventuras David Koepp (Mission Impossible, Spider-Man, War of the Worlds, Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull, Angels & Demons), esta película de Indy logra homenajear a sus predecesoras e incluye elementos nuevos que le permiten ser reconocida como una digna continuación de la trilogía clásica —amada por todos los fans de la franquicia. Detrás de sus típicas secuencias donde la acción y la comedia se intercalan, sus guionistas logran establecer un subtexto claro entre el choque de lo viejo y lo nuevo, expuesto en la dupla entre Indy y su ahijada y potenciado en el desarrollo de los conflictos (extrapolado a dinámicas como la persecución entre caballo y moto, la lucha entre barcos antiguos y aviones modernos o la pervivencia de los inventos de Arquímedes que dejan en pañales cualquier adelanto científico).

El sustrato entre pasado y presente de Indiana Jones and the Dial of Destiny no se queda solamente en el guión. La película iba a ser dirigida por Steven Spielberg, pero éste decidió tomar las riendas de la Producción ejecutiva y le cedió la batuta a James Mangold. Para bien o para mal, su director intenta emular los pasos de su maestro, transformándose en una suerte de copycat donde su impronta como autor casi se desdibuja (como le sucedió a J.J. Abrams con George Lucas y en Star Wars: The Force Awakens). Sin tener el ojo muy curado, uno podría jurar que la película tiene la firma de Spielberg, tanto por la composición de sus cuadros, el tono de la comedia, el desarrollo de las secuencias de acción, la elección de la puesta de cámara, etc. No en vano, la historia comienza en la Segunda Guerra Mundial para darnos el mood del Indiana Jones de siempre y ciertas escenas del guión hacen guiños a momentos icónicos dentro de la saga. El resultado es una historia “nueva”, pero que sentimos completamente familiar sin abusar demasiado de la nostalgia (verbigracia, la secuencia con las anguilas marinas: son como serpientes, pero realmente son algo diferente… es un setting que se nos hace conocido y al mismo tiempo es completamente original).

Si a esto sumamos la cinematografía de Phedon Papamichael (Walk the Line, Nebraska, The Trial of Chicago 7 y Ford v Ferrari) que emula a la perfección ese look retro que tenemos estampado en la retina desde Raiders of the Lost Ark… pero trasladado a las calles de New York y los parajes de Italia, y el diseño de producción de Adam Stockhausen (12 Years of Slave, West Side Story, Moonrise Kingdom, Ready Player One) que logra construir escenarios atemporales —y que fácilmente podrían pertenecer a las primeras entregas de la saga, a pesar de estar ambientados casi 30 años después—, el sentimiento de “novedad conocida” se potencia. Como es de esperarse, la música épica de John Williams termina de sellar todo, sirviendo como hilo conductor que unifica todas las piezas del conjunto con las demás entregas de la franquicia.

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Indiana Jones and the Dial of Destiny

En el plano actoral, Harrison Ford nos regala un Indiana Jones que se balancea entre un viejo cascarrabias cansado de vivir y la chispa del joven Indy brillando en sus ojos frente a una nueva aventura. A diferencia de su regreso como Han Solo, esta vez se nota que Ford pudo encarnar un personaje que está más acorde con la frecuencia de su experiencia vital. En la otra antípoda, Mads Mikkelsen se roba el show como antagonista, personificando al típico villano nazi al que solía enfrentarse nuestro héroe. Curiosamente, los guionistas crearon un vaso comunicante entre ambos (algo impensable en otra época), dotándolos de otra capa de lectura y profundidad: así como Dr. Voller desea hacerse con el Dial de Arquímedes para regresar a un pasado mejor donde los nazis ganen la guerra, Indy también desea quedarse en una época antigua donde pueda resignificar su existencia que en la modernidad no tiene sentido.

Por supuesto, esta dinámica entre ambos no se daría sin la existencia del personaje pivote al que da vida Phoebe Waller-Bridge, sin lugar a dudas, una adición maravillosa a la historia. Ella trae la frescura, el cinismo y el elemento trickster que tenía Indy en la juventud, de hecho, hasta tiene su propio niño sidekick (Ethann Isidore) que nos recuerda al pequeño Ke Huy Quan. Fácilmente, ella podría asumir la batuta de algún spin-off y estaríamos más que contentos. Por último, las apariciones breves —pero memorables— de Toby Jones, Antonio Banderas y John Rhys-Davies se agradecen un montón y funcionan de forma orgánica como aliados puntuales dentro de la estructura clásica de la aventura de Indy.

Indiana Jones and the Dial of Destiny es la despedida que nuestro héroe merecía. Es inteligente, divertida y un homenaje a toda la saga que construyeron George Lucas y Steven Spielberg. Al igual que la última trilogía de Star Wars (a pesar de sus detractores), sirve como una excusa para generar un puente entre generaciones y eso siempre se agradece. James Mangold cumplió con la tarea de trasladarnos al pasado con el Dial de Arquímedes, dándole a Indy una mirada crítica, profunda y con ansías de redención. La pérdida de su hijo podría leerse fácilmente como ese “fallo” de Spielberg en la entrega anterior y que solo un heredero que haya aprendido del maestro puede subsanar. Utilizando las imágenes especulares de Dr. Jones y Dr. Voller, Indiana Jones and the Dial of Destiny le habla a una generación inconforme con la modernidad, intoxicada con la nostalgia, y que alberga todavía la fantasía de volver al pasado. La respuesta, por supuesto, no está en el viaje en el tiempo. Tampoco en conquistar el espacio exterior. La clave está en acercarnos con ojo crítico a nuestra propia historia (personal y colectiva). Como Indy, debemos aprender a perdonarnos y dejar de cargar con los errores del pasado que nos impiden vivir el presente. Solo así haremos las paces con nosotros mismos y encontraremos esa reliquia escondida en nuestro interior que nos hará vivir en la eternidad de un perfecto presente: el amor.

Lo mejor: La dupla entre Harrison Ford y Phoebe Waller-Bridge, dinamita pura. Los pequeños cameos y referencias a otras entregas de la saga. La crítica subyacente alrededor de la fascinación por la modernidad y el desprecio por la historia.

Lo malo: no poder disfrutar de la impronta de James Mangold (que hace un excelente trabajo como copycat de Spielberg). Como en The Irishman, el trabajo de rejuvenecer a Harrison Ford a veces queda expuesto por su voz y movimientos.

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