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ANÁLISIS

La academia y las mentiras de las que nadie habla

Incongruencias de la matrix: se exige la máxima preparación, pero se ofrece la mínima estabilidad

Por YALIL GUERRA

La academia nos enseña que el conocimiento abre puertas. Lo que rara vez nos dice es cuántos años podemos pasar frente a ellas, con un doctorado en la mano, esperando que alguien nos permita entrar.

Mi artículo tiene como objetivo exponer algo molesto que vivimos muchos profesores en el sistema académico de Estados Unidos y que, me arriesgaría a decir, también se propaga a otros lares del mundo: la distancia entre el valor que las instituciones dicen conceder a la enseñanza y el trato laboral que ofrecen a quienes enseñan.

Después de estudiar durante décadas un instrumento musical, composición para cine y, posteriormente, composición clásica y teoría musical; después de navegar por múltiples instituciones académicas y obtener el máximo grado académico, un doctorado, salimos al mercado laboral con la esperanza de encontrar una posición que nos asegure un salario digno y estable.

Una vez realizada la disertación y obtenido el título de Doctor en Filosofía en Música, comienza una nueva etapa. Hemos demostrado que podemos investigar, crear y enseñar. Entonces viene la segunda parte: encontrar trabajo. Y ahí descubrimos que la excelencia que tanto nos exigieron no necesariamente alcanza para conseguir estabilidad.

Todos soñamos con tener un trabajo a tiempo completo, dedicarnos a enseñar en una sola institución y desarrollar una carrera académica sin tener que reconstruir nuestro calendario cada semestre. Aspiramos a beneficios médicos, un retiro digno y acceso a recursos que con frecuencia dependen del tipo de contrato. Después de tantos años de preparación, ¿es demasiado pedir?

La realidad puede ser impactante. Aunque me considero una persona bendecida por muchas razones, no dejo de ver en mí y en mis colegas la lucha constante por mantener cada semestre el «contrato activo». Somos profesores a tiempo parcial, incluso cuando la suma de nuestras obligaciones ocupa mucho más que una jornada completa.

Ahí comienza una de las grandes incongruencias de esta matrix: el trabajo puede llenar toda tu vida, pero el contrato sigue siendo parcial.

Es una vergüenza que tantas instituciones recurran a profesores altamente calificados sin ofrecerles una perspectiva real de estabilidad. Contratar por clases permite cubrir necesidades docentes sin asumir todos los compromisos de una plaza a tiempo completo. Así se obtiene a un profesional con décadas de preparación y la máxima certificación académica, disponible para enseñar una sola asignatura y pendiente de que vuelvan a llamarlo.

Claro está, si te contratan, conservas la esperanza de que «algún día» aparezca una posición a tiempo completo. Ese «algún día» puede durar años o nunca llegar. Mientras tanto, el profesor acumula experiencia, cumple sus obligaciones y sigue esperando. La institución recibe su trabajo; él recibe una posibilidad y un salario.

Después de diez años trabajando en una institución, de haber dado clases en hasta diez universidades y colleges de Estados Unidos y de haber sido finalista para varias posiciones a tiempo completo, me resulta difícil ignorar una contradicción: veo puestos administrativos con continuidad y beneficios mientras quienes estamos frente a los alumnos seguimos sujetos a la incertidumbre del próximo semestre.

También veo una burocracia cuya necesidad merece discutirse. ¿Cuántos cargos hacen falta para administrar una institución que no encuentra cómo dar estabilidad a sus maestros? ¿Por qué el presupuesto parece alcanzar para sostener determinadas oficinas, altos salarios, pero se vuelve insuficiente cuando se trata de contratar a quienes imparten las clases?

La pregunta es sencilla: ¿cuán necesario es un profesor para la sociedad?

Friedrich Nietzsche escribió en Schopenhauer como educador: «Tus educadores no pueden ser sino tus libertadores», en traducción al español. La frase reconoce en el maestro a alguien capaz de ayudarnos a pensar y a descubrir nuestras propias posibilidades. Qué contradicción que quienes tienen esa responsabilidad deban ejercerla sin saber si conservarán sus clases el próximo semestre.

Tener un buen maestro, con años de experiencia académica y profesional, debería ser un aval de peso para cualquier institución. Sin embargo, muchos profesores a tiempo parcial estamos entre los trabajadores más vulnerables de este sistema. Para llegar a enseñar una profesión se requieren años de estudio, sacrificio y práctica que, al final, no garantizan una posición estable.

Se nos pide compromiso, disponibilidad y excelencia. Se nos evalúa con un rigor aplastante.Nosotros también tenemos derecho a pedir condiciones que nos permitan sostener ese compromiso.

La escasez de oportunidades hace que la competencia sea a veces feroz. Tampoco creo que el mérito decida siempre el resultado. Las relaciones internas, las afinidades y el respaldo de alguien dentro pueden pesar más de lo que se reconoce públicamente. Cuando eso ocurre, el discurso de la excelencia académica pierde credibilidad. ¿De qué sirve proclamar el mérito si el aspirante sospecha que la puerta ya tenía dueño antes de abrirse la convocatoria?

Por eso recomiendo a mis colegas que no descuiden nunca su actividad profesional fuera de la academia. En ella existen muchas telarañas y caminos intrincados que no siempre conducen a la luz. Haber alcanzado un máster y un doctorado no debe obligarnos a abandonar las habilidades, los proyectos y la independencia que construimos antes de obtenerlo.

Esta desigualdad laboral explica por qué muchos profesores trabajamos en múltiples universidades a la vez. Nos ofrecen una clase y la aceptamos; luego aparece otra en una institución distinta. Así vamos armando un ingreso entre horarios, carreteras y obligaciones que rara vez coinciden. Enseñamos en varios lugares porque uno solo no nos ofrece suficiente trabajo para vivir.

De ese nivel resulta difícil salir. Siempre estamos colgados de un hilo que a veces se tensa en demasía. Una reducción de matrícula, un cambio de horario o una decisión de asignación puede alterar de golpe el ingreso con el que contábamos. Y nuestras cuentas no esperan al próximo semestre.

La diversificación de ingresos es una de las mejores herramientas que tenemos. Apostar toda tu vida a un trabajo académico sin estabilidad es apostar al vacío. A mis colegas que también viven en este mundo de la enseñanza les digo: no olviden sus habilidades adquiridas antes de llegar a un aula. Sigan componiendo, interpretando, investigando, produciendo y desarrollando sus propios proyectos. Esas capacidades pueden ayudarlos a sobrevivir los altibajos que encuentren.

Pero saber sobrevivir no debería convertirse en la excusa para que nada cambie. Que un profesor consiga sostenerse trabajando en varias instituciones no significa que el sistema esté funcionando bien. Significa que ese profesor está haciendo un esfuerzo enorme para compensar lo que sus contratos no le ofrecen.

Ojalá las instituciones revisen sus prioridades, eliminen puestos burocráticos innecesarios y destinen más recursos a posiciones docentes a tiempo completo. Sin profesores y alumnos, nada de esta industria existiría. Conviene recordarlo cuando se decide quién merece estabilidad y quién debe seguir esperando.

La academia debe responder por la contradicción entre lo que predica y lo que practica. Si exige años de preparación, experiencia y compromiso, tiene que explicar por qué tantos de sus maestros continúan viviendo de semestre en semestre, toda una vergüenza.

Por un futuro mejor, sí. Pero ese futuro necesita decisiones, presupuesto y plazas. Los profesores ya hemos puesto los años de estudio y el trabajo. Ahora les corresponde a las instituciones poner algo más que palabras.

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