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FÚTBOL

Argentina, el último bastión de América entre la admiración y el rechazo

Una presentación como la que realizó Argentina ante Egipto en el Mundial es la que permite verlos como la explicación de qué es el fútbol

Por Pedro Felipe Hernández

Cuando el árbitro señaló el final en Atlanta, no solo terminó uno de los partidos más espectaculares del Mundial 2026. También quedó definido un escenario que pocos imaginaban: Argentina será la única representante de la Conmebol en los cuartos de final, cargando sobre sus hombros el prestigio de un continente acostumbrado a pelear por el título.

La Albiceleste volvió a desafiar toda lógica. Como ya había ocurrido en la ronda anterior, el vigente campeón mundial parecía condenado a la eliminación.

Egipto ganaba 2-0 hasta el minuto 79 y tenía un pie en los cuartos de final, mientras Lionel Messi incluso había fallado un penal y se encontraba lejos de su mejor noche. Sin embargo, el fútbol volvió a demostrar que, cuando Argentina parece acabada, suele encontrar una vida más.

El descuento de Cristian Romero abrió una puerta que parecía cerrada. Apenas cuatro minutos después apareció Messi para igualar el marcador y, en el tiempo añadido, Enzo Fernández completó una remontada que ya forma parte de la historia de las Copas del Mundo.

La reacción fue tan impactante que trascendió el fútbol. El legendario mariscal de campo Tom Brady comparó el derrumbe egipcio con la histórica remontada de los Patriots de Nueva Inglaterra sobre los Falcons de Atlanta en el Super Bowl LI, cuando su equipo levantó un 28-3 que parecía imposible. "Quizás esto haya sido incluso peor", escribió el siete veces campeón de la NFL, mientras otras figuras del deporte como Patrick Mahomes y Jalen Brunson también se rindieron ante la exhibición de carácter del conjunto argentino.

No es casualidad. Argentina genera un fenómeno difícil de encontrar en otra selección. Es admirada por su talento, por la personalidad competitiva de sus futbolistas y por seguir escribiendo capítulos memorables alrededor de Messi. Pero, al mismo tiempo, despierta rechazo entre quienes consideran excesiva su confianza o simplemente desean ver caer al campeón.

Ese contraste convierte a la Albiceleste en el gran protagonista emocional del torneo. Cada partido provoca reacciones extremas: millones celebran sus triunfos como propios, mientras otros tantos esperan el día en que finalmente sea derrotada.

La eliminación de Colombia frente a Suiza, definida en la tanda de penales, acentuó todavía más esa realidad. El conjunto cafetero fue superior durante varios pasajes del encuentro, creó las mejores oportunidades e incluso rozó el gol en la prórroga, pero volvió a pagar su falta de contundencia. Los errores desde los once metros terminaron con el sueño del equipo de Néstor Lorenzo y dejaron a Sudamérica dependiendo exclusivamente de Argentina.

El panorama resulta llamativo para una confederación que históricamente ha sido protagonista de los Mundiales. Brasil cayó antes de tiempo, Uruguay, Ecuador y Paraguay también quedaron en el camino, y Colombia no pudo superar el último obstáculo. La responsabilidad continental recae ahora sobre un equipo que, paradójicamente, suele dividir opiniones incluso entre los propios aficionados sudamericanos.

Un legado como ningún otro

Mientras tanto, Messi continúa ampliando un legado que parece no tener final. A los 39 años sigue decidiendo partidos, liderando remontadas y alimentando el debate sobre su lugar en la historia. Cada actuación refuerza la sensación de que este puede ser el último gran baile de una generación irrepetible.

Ahora el desafío será aún mayor. Europa colocó a cinco selecciones entre los ocho mejores, Marruecos mantuvo viva la ilusión africana hasta toparse con Francia y Argentina carga con el peso de representar a todo un continente. Será el equipo al que muchos apoyarán y al que muchos otros querrán ver caer. Esa dualidad, lejos de debilitarlo, parece alimentar el espíritu competitivo de una selección que se niega a dejar de creer.

Porque si este Mundial ha enseñado algo, es que nunca conviene dar por vencida a la campeona del mundo.

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