El orgullo herido de los argentinos
La capital se convirtió entonces en la ciudad fantasma. En las más emblemáticas avenidas solo se movían unos pocos desahuciados de la fiesta futbolera
@JuanCFigueroa
n n nLa gran excepción fue la gran avenida 9 de Julio, que se transformó en un gran paso peatonal. A la altura del obelisco, la fiesta comenzó pasado el mediodía. No había comenzado el juego y ya allí cientos celebraban como campeones. A los presentes ni les importó seguir la transmisión del juego. Es que estaban seguros que ganarían.
Es que la fe mueve montañas. n nLos restaurantes no se dieron abasto, por lo que muchos hinchas tuvieron que apretujarse en lo ventanales de los locales para ver la final del mundial de fútbol. En el bulevar Florida, un señor, desarreglado, malhumorado, cometió el delito imperdonable. u201cEste es un juego de mierda u2026 Gastan y gastan plata u201d, gritó mientras pasaba. Tres insultos y una pedrada (que por suerte no lo alcanzó) aparecieron como respuesta.
u201cPorque te podés meter con mi madre, pero no con mi equipo u201d, comentó otro hombre un poco más relajado. Así de seria es esta religión. n n n nPor momentos hubo mucho silencio. Era como si esos tres millones de porteños (gentilicio bonaerense) contuvieran todos, al mismo tiempo, la respiración. u201cNecesitamos esta alegría.
La necesitamos u201d, explicaba una mujer a dos amigos extranjeros. No era necesario estar frente al televisor para saber qué pasaba con el juego, cómo los trataba Alemania, el temido rival, el posible verdugo. Había silencio, pero solo hasta que aparecía un intento de gol. Allí, todo el aire contenido, de los tres millones de capitalinos, se soltaba en un quejo de frustración o alivio que inundaba todas las calles vacías. n
n n nFue una espera larga. Y los ánimos estaban en lo más alto cuando apareció la puñalada mortal. A los siete minutos del segundo tiempo complementario, el alemán Mario G u00f6tze marcó el gol definitivo que hizo rugir de dolor a toda la fanaticada.
Todavía quedaban unos minutos, pero todos lo supieron en ese momento: la copa se les había escapado otra vez de las manos. Igual que en Italia 1990, cuando Alemania también le cortó las alas a la albiceleste con un marcador idéntico: 1-0. n n n nNada duele más que estar tan cerca de lograrlo y perderlo todo al último momento.
En el obelisco, a pesar de todo, la multitud aplaudió cuando el árbitro anunció el final. Aplaudieron, con las mandíbulas apretadas, orgullosos, dolidos pero orgullosos.
Todavía algunos se atrevieron a cantar la popular canción burlona contra la selección brasileña, el eterno rival: u201c u2026Brasil, decime que se siente, tener en casa a tu papá u2026 u201d. Pero pocos se hicieron eco. El consuelo no era suficiente.
El milagro no se les había hecho. San Messi no cumplió su promesa, y el cielo les quedó todavía alto. La fe mueve montañas pero no gana mundiales.
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