MIAMI.- SERGIO OTÁLORA
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Mujeres emprendedoras apoyadas por el Departamento de Estado
Una de esas mujeres se llama Andrea Irarrazaval Olavarría, nacida hace 42 años, en el pequeño pueblo de San Felipe, cerca de la cordillera de los Andes, a 60 kilómetros de Santiago de Chile
Son 72 mujeres, provenientes de distintos países de América Latina, de diversas profesiones, oficios y etnias, dispuestas a vencer obstáculos y llevar a cabo un emprendimiento, es decir, una pequeña empresa. Hay desde psicólogas hasta artesanas. Y tienen en común que fueron seleccionadas por el Departamento de Estado para recibir un entrenamiento que les permita llenarse de más razones y energías para seguir profundizando en sus proyectos productivos.
Una de esas mujeres se llama Andrea Irarrazaval Olavarría, nacida hace 42 años, en el pequeño pueblo de San Felipe, cerca de la cordillera de los Andes, a 60 kilómetros de Santiago de Chile. Trabajadora social de profesión, arrancó ella misma su propio sueño, que mezclaba tecnología y proyección social, hace ya veinte años.
Su práctica profesional la empezó en 1994, en Ventanas, localizada a 25 kilómetros al norte de Viña del Mar. El lema de la ciudad, como ella lo recuerda, era “donde se unía el campo con el mar”. “Pero en los años sesenta se dejó de unir el campo con el mar. Es más: murieron los dos”, dice.
La contaminación proveniente de la fundición de metales, de cobre, de cuatro centrales termoeléctricas a carbón, una planta de cemento, dos de gas natural y una industria química, acabaron con los peces y con los cultivos de la zona. Por lo tanto, “se generó una catástrofe ambiental y social”, señala Irarrazaval.
Su contacto con la gente de la ciudad, que había sido contratada para construir esas empresas contaminantes, pero después no fue enganchada en su producción, creo en ella la conciencia de que el gran tema era la contaminación. “Me quedé con la idea de que había que hacer algo, pero era trabajadora social, mi conocimiento profesional y personal era muy bajo, para entender todas las variables que habían afectado la población”.
En sus investigaciones descubrió unas “cositas” –como ella las llama- que se denominaban microalgas con las que trabajaban en varios países (Estados Unidos, Alemania, Portugal) y tenían la cualidad de comerse la contaminación de la atmósfera. Es su alimento, y pueden consumir, al día, hasta el triple de su peso de CO2.
En un largo proceso de estudio, que la llevó a la química, la física e hidráulica, llegó a la creación de los foto bioreactores, que llena de agua y semillas de micro algas provenientes del lugar donde se desarrolla un proyecto. En la actualidad hay foto bioreactores conectados a una chimenea de una termoeléctrica de carbón en Chile. Esas micro algas absorben la contaminación producida por la planta, dicha contaminación se convierte en biomasa, de ahí se produce biodiesel. Del remanente de la micro alga con la glicerina se genera biogás. Y todo lo que queda de ese proceso se convierte en fertilizantes para la agricultura.
Esta cadena productiva, convertida en un instrumento de descontaminación y reciclaje en energías limpias, es el centro del trabajo de la empresa fundada por Irarrazaval – Clean Energy- y que la llevó a formar parte de We Americas, para transmitirles a otras mujeres emprendedoras de Latinoamérica su dura experiencia de décadas de trabajo, que ahora rinde sus frutos: empieza a ser rentable, pero lo más importante es que tiene un impacto social concreto y, además, es una compañía conformada, en su mayoría, por mujeres.
“No es un tema de feminismo sino de oportunidad”, afirma y amplía: “En América Latina, las mujeres ganamos un 40% menos de lo que ganan los hombres. En mi país el 3% ocupa cargos en las juntas directivas. Pero esas mujeres por lo general son hijas de los dueños o familiares o esposas. Las posibilidades de movilidad social son mucho menores que las de los hombres”.
Red de contactos
De acuerdo con Irarrazaval, We Americas es un trabajo dirigido a fomentar que la mujer tome la decisión de emprender. “Lo que hacemos es ser mentores, contarles a otras mujeres nuestra experiencia, guiarlas, asesorarlas”.
El Departamento de Estado da su apoyo con una inmensa red de contactos. Ya en Estados Unidos, estas 72 mujeres viajan a ciudades grandes y pequeñas, conocen a otras de su género que tienen pequeñas empresas.
Se reúnen con fondos de inversión, con el Banco Interamericano de Desarrollo para aprender a desarrollar un plan de negocios, con el Banco Mundial, con las universidades y cámaras de comercio, y gran diversidad de grupos y experiencias para aprender de ellos. Y hay otras mujeres exitosas que sirven de mentoras y su ejemplo inspira a las demás.
En este momento, para esta mujer chilena, procedente de una familia luchadora, sin privilegios de ninguna clase, ha podido cumplir su sueño de construir una empresa que ya se está expandiendo a Portugal, España, Republica Dominicana y México, que tiene un impacto social evidente en los sitios donde se desarrollan los proyectos de descontaminación mediante esos paneles repletos de “cositas”, y ahora, gracias a la oportunidad que le ha dado el Departamento de Estado, puede comunicar sus conocimientos a otras mujeres y cumplir con el deseo de toda una vida de ser, básicamente, una trabajadora social comprometida con el bienestar de los demás.
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