El Cuarto Poder, el celador de las sociedades, el contrapeso de los poderes, son algunos de los calificativos atribuidos al periodismo, una profesión que desde el siglo XIX comenzó a afianzarse en la figura del reportero, aunque desde la antigua Roma ya se registraba la difusión de acontecimientos políticos, sociales y judiciales como una forma de comunicación con las multitudes.
Aniquilar el Cuarto Poder, tiro al blanco de la democracia
La función del periodismo no es ornamental. Cuando una redacción desaparece, no sólo se pierden puestos de trabajo. Se pierde también la capacidad de preguntar, de investigar y de emprender controles en una sociedad
La invención de la imprenta en el siglo XV permitió reproducir y difundir textos a gran escala. En el XVII comenzaron a circular los primeros periódicos y, durante los siglos XVIII y XIX, la prensa no solo informó sobre los acontecimientos, sino que empezó a ejercer una creciente influencia sobre la opinión pública. En el siglo XX, la expansión de la radio y la televisión multiplicó el alcance y la inmediatez de la información, mientras la investigación y la contrastación de fuentes se consolidaban como pilares del ejercicio profesional.
Después llegó internet. Los medios tradicionales se trasladaron progresivamente al entorno digital y cambió la relación entre periodistas, medios y audiencias. En el siglo XXI, con el predominio del periodismo digital, las redes sociales y más recientemente la inteligencia artificial, prácticamente cualquiera puede producir y distribuir información, sea o no veraz.
El gran desafío, entonces, ya no es solamente informar: es distinguir lo verdadero de lo falso y sostener la credibilidad.
Y precisamente en este escenario, en el que algunos pudieran confundir el trabajo profesional de un periodista con el de quien, valiéndose de las posibilidades de la tecnología, reproduce contenidos para una audiencia; resulta peligroso trastocar lo esencial entre ambos desempeños. Más aún cuando quienes tienen en sus manos la responsabilidad de dirigir medios de comunicación tradicionales deberían ser los primeros en comprender la diferencia.
La reflexión surge a raíz del anuncio realizado esta semana por el gigante de medios McClatchy, que el 10 de septiembre ejecutó una nueva ronda de despidos que afectó a más de 90 trabajadores en 17 de sus publicaciones. Entre los medios afectados están The Miami Herald y El Nuevo Herald. En Miami, la reducción alcanzó 32 posiciones y dejó prácticamente desmantelada la redacción en español de El Nuevo Herald.
Según la compañía, las decisiones responden a la necesidad de ajustar sus recursos ante la insuficiente respuesta de los suscriptores y a un deterioro de los ingresos de los consumidores. Para los periodistas, sin embargo, el problema trasciende las cifras: cuando la rentabilidad se convierte en el criterio dominante, la primera pérdida puede no aparecer en un balance financiero, sino en la capacidad de una comunidad para conocer, investigar y fiscalizar lo que ocurre a su alrededor.
¿Cuál es la función social del periodismo?
Entre otras responsabilidades, en el país de las libertades corresponde a los medios contribuir a garantizar el ejercicio informado de esas libertades. Aun frente a los riesgos, el periodismo debe estar en primera línea para sacar a la luz aquello que constituya una amenaza para la sociedad y para la salud de la democracia.
La historia ofrece ejemplos suficientes.
La labor investigativa de The Washington Post en el caso Watergate contribuyó a revelar una trama política que terminó con la renuncia del presidente Richard Nixon en 1974. La prensa también ha contribuido a denunciar abusos sexuales cometidos en instituciones religiosas, corrupción política y fallas institucionales, al tiempo que ha dado voz a personas vulnerables.
De alcance continental fue la investigación sobre el caso Odebrecht, que durante la década de 2010 permitió revelar una extensa red de sobornos de la constructora brasileña en distintos países latinoamericanos.
Y en 2016, los llamados Panama Papers demostraron nuevamente el alcance que puede tener el periodismo de investigación cuando cientos de profesionales de distintos países trabajan sobre una enorme filtración de documentos para investigar sociedades offshore, evasión fiscal y posibles conflictos de interés relacionados con personas poderosas.
No se trata, por tanto, de una función ornamental del periodismo. Cuando una redacción desaparece, no solamente se pierden puestos de trabajo. Se pierden también preguntas que alguien debía hacer, investigaciones que alguien debía emprender y controles que alguien debía ejercer.
Golpe a los medios en el sur de Florida
En los últimos cinco años, esa capacidad fiscalizadora y las áreas de cobertura noticiosa del sur de Florida, particularmente en Miami-Dade, han sufrido golpes significativos.
Uno de los casos más recientes es el de The Miami Herald y El Nuevo Herald. Los despidos anunciados por McClatchy eliminaron 32 posiciones en Miami y, de acuerdo con los reportes publicados, prácticamente toda la plantilla de redacción de El Nuevo Herald. Entre las pérdidas también figuran puestos vinculados a la cobertura de gobierno local, audiencia, fotografía y video, además de periodistas que cubrían en el condado Broward.
En el ámbito radial, otro caso emblemático es el de Radio Mambí. Después de cuatro décadas como una de las voces más reconocibles de la radio en español de Miami, el 12 de diciembre de 2025, la emisora terminó su programación habitual de noticias y talk show. El personal que sostenía esa programación quedó fuera del aire y la frecuencia pasó a transmitir programación archivada, música y determinados contenidos deportivos.
Son episodios diferentes, pero tienen un elemento común: la reducción de la presencia humana dedicada a informar, investigar y contextualizar.
Y esa reducción ocurre en un momento en que el modelo económico de los medios tradicionales atraviesa una profunda transformación. La publicidad se ha desplazado en buena medida hacia plataformas digitales y los medios compiten por la atención de audiencias acostumbradas a recibir información de manera inmediata, fragmentada y, muchas veces, sin intermediación profesional.
El problema aparece cuando las métricas de atención terminan sustituyendo al criterio periodístico.
Un algoritmo puede medir clics, determinar qué contenido genera más interacción, ayudar a distribuir una información a millones de personas. Lo que no puede un algoritmo es sustituir la responsabilidad de un periodista que decide que una historia es importante, aunque inicialmente no genere miles de reproducciones; que verifica una fuente antes de publicar; que contrasta una denuncia; que asiste a una reunión de gobierno; que pregunta por aquello que alguien preferiría mantener oculto.
Tener seguidores no equivale a tener credibilidad. Tener millones de reproducciones tampoco significa haber hecho periodismo de rigor.
Sin embargo, ante los ojos de quienes no perciben la banalización de los emisores de información y desconocen el peligro que se cierne sobre sociedades cada vez más condicionadas por el flujo incesante de contenidos en las redes sociales, el papel del periodista puede terminar reducido a una cifra: seguidores, clics, visualizaciones.
Y es precisamente ahí donde está el peligro.
Porque una sociedad puede sobrevivir a la desaparición de un periódico, de una emisora o de una redacción como negocio. Lo que resulta mucho más difícil de reemplazar es la función de vigilancia que esas instituciones ejercían sobre quienes toman decisiones.
A propósito de la reciente noticia sobre la casi desaparición de la redacción de El Nuevo Herald, John Suárez, director ejecutivo del Centro por una Cuba Libre, dijo en un mensaje enviado a DIARIO LAS AMÉRICAS que la prensa local es indispensable para informar sobre lo que ocurre tanto en el gobierno local como a nivel estatal. Advirtió además que "la reducción y el cierre de periódicos locales y regionales constituyen una grave amenaza para el orden democrático”. La advertencia merece ser escuchada.
Acerca de la necesidad de preservar el orden democrático de las sociedades, durante el X Diálogo Presidencial del Grupo IDEA, celebrado en Miami en 2025, su presidente y fundador, Nelson J. Mezerhane G., Publisher de Diario Las Américas, advertía sobre la necesidad de “invertir en la democracia”. Su planteamiento no se limitaba a la formación de jóvenes para asumir posiciones de liderazgo sobre las bases del respeto al derecho. También apelaba a los empresarios, llamados a valorar el sostenimiento de la democracia como un pilar para la protección de sus inversiones y capitales.
Y en ese sostenimiento, sin dudas, los medios desempeñan un papel esencial.
Preservar su existencia en estos tiempos requiere periodistas comprometidos, capaces de diversificar sus funciones y asumir conscientemente el desafío de una era en constante transformación. Pero también requiere administraciones responsables, capaces de comprender que dirigir un medio no consiste únicamente en administrar una empresa.
La tecnología puede ser una extraordinaria aliada del comunicador. Permite investigar, documentar, transmitir y llegar a audiencias que antes eran inimaginables. Pero hay algo que ninguna herramienta tecnológica puede sustituir: el criterio humano para determinar qué importa, la responsabilidad para verificarlo y el compromiso para preguntar cuando hacerlo resulta incómodo.
Porque cuando desaparece una redacción, no desaparecen solamente periodistas. Desaparece la posibilidad de formular preguntas, de hacer investigaciones y de ejercer controles que una población necesita. Cuando una sociedad pierde esas posibilidades atribuidas a los periodistas, el golpe ya no alcanza únicamente al periodismo. El blanco final es la democracia. Es lo que se está poniendo en juego.
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