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EEUU

La hispanidad: entre luces y sombras

Breve repaso de una historia común, de lo que nos une a los hispanos y de aquello que también tenemos derecho a celebrar

Por YALIL GUERRA

Cada 12 de octubre se celebra el Día de la Hispanidad. Para muchos de los hispanos que vivimos en Estados Unidos, es un rincón del calendario que nos permite detenernos un momento y pensar en nuestra herencia. También es una fecha incómoda. Basta mencionar la palabra hispanidad para que unos vean únicamente las luces y otros se empeñen en no mirar más que las sombras.

Comencemos por la definición. ¿Qué es un hispano? El Diccionario de la lengua española recoge, entre otras acepciones, lo perteneciente o relativo a Hispania, a los hispanos y a Hispanoamérica. En Estados Unidos, la palabra también nombra una herencia que puede perdurar incluso entre quienes ya no hablan castellano.

Esa herencia no cabe en una sola raza. En buena parte de nuestras familias confluyen raíces indígenas, españolas y africanas, junto a muchas otras. Por eso me cuesta aceptar que se pretenda reducir nuestra historia a una consigna, como si cualquiera de esas raíces pudiera borrarse sin borrar también una parte de nosotros.

España levantó en América ciudades, villas, pueblos, caminos, universidades, hospitales y templos. Muchas de aquellas fundaciones crecieron sobre asentamientos indígenas preexistentes y gracias al trabajo y al conocimiento de sus habitantes. Basta recorrer los centros históricos de México, Quito, Lima, Cartagena o La Habana para reconocer una huella que todavía forma parte de la vida americana. La UNESCO ha inscrito numerosos conjuntos urbanos de la región en su Lista del Patrimonio Mundial.

También se fundaron universidades. La de Santo Tomás de Aquino, en Santo Domingo, remonta su fundación a 1538. Harvard, primer college de las colonias inglesas de Norteamérica, fue fundado en 1636, casi cien años después. Son historias institucionales distintas, pero esas fechas obligan a revisar la idea de que la América española fue solamente un territorio de extracción, sin enseñanza ni vida intelectual.

En sentido general, se puede apreciar que España trasladó instituciones, conocimientos y técnicas a los territorios que gobernó. Se construyeron ciudades muy lejos de las costas, pensadas para durar. Eso no absuelve a la conquista de sus violencias ni convierte cada fundación en un acto generoso. Pero tampoco permite despachar tres siglos de historia con una sola palabra: saqueo. Si vamos a hablar de luces y sombras, miremos ambas.

Redescubrir nuestra historia nos permite mirar el pasado con otros ojos. Yo quiero poder sentir orgullo por lo que recibimos sin que se me exija negar lo que ocurrió. Y quiero poder hablar de las bondades y los abusos sin tener que renunciar a la lengua en la que escribo, a la música que heredé ni a las ciudades donde transcurre nuestra vida.

Miguel de Unamuno escribió: «La sangre de mi espíritu es mi lengua». Yo encuentro en ese verso una manera de nombrar lo que nos une. No hace falta compartir una misma opinión sobre la conquista para reconocer que, de un extremo al otro del mundo hispano, podemos discutir nuestro pasado en una lengua que también hemos hecho nuestra.

Si hablamos de la pobreza en nuestro hemisferio, siempre llegamos al oro. El oro suele aparecer en esta conversación como prueba definitiva contra España. Una estimación histórica sitúa la producción de oro de la América española entre 1492 y 1810 en cerca de 676 toneladas. Pero producción no significa que todo ese oro viajara a España: parte permaneció o circuló en América y otra llegó a distintos mercados.

Parte de aquella riqueza quedó a la vista en el patrimonio americano: en retablos, iglesias y edificios que todavía admiramos, en esas grandes ciudades que costaron mucho dinero construir. Pensemos en el Retablo de los Reyes de la Catedral Metropolitana de Ciudad de México o en el templo de San Francisco Javier, en Tepotzotlán. Su belleza ha quedado como una huella imborrable e innegable del pasado de España en las Américas.

Y aquí viene una pregunta que quizá incomode más que la discusión sobre el siglo XVI: ¿qué hemos hecho con la riqueza extraída durante nuestra propia vida? El oro continúa saliendo de nuestras tierras. El World Gold Council ofrece datos de producción minera por país para 2025. Conviene mirar esas cifras y preguntar qué parte de esa riqueza se transforma en escuelas, hospitales, infraestructura y oportunidades para quienes viven donde se extrae.

Por eso no me convence atribuir todos los males actuales de Hispanoamérica a España. Han transcurrido más de dos siglos de independencia en muchos de nuestros países. Nuestros gobernantes, nuestras élites y nuestras instituciones también deben rendir cuentas a los pueblos que gobiernan. Señalarlo no borra la historia del periodo colonial; significa aceptar que la historia no terminó con él. ¿Hasta cuándo vamos a invocar a un imperio desaparecido para evitar hablar de quienes administran hoy nuestros recursos? Siempre la culpa es de otro, un patrón que no para de repetirse.

Todos somos, de una manera u otra, hijos de esta cultura. Me entristece escuchar a hispanos hablar de su propia herencia con un desprecio que rara vez aplicarían a otras. Conocer sus manchas es necesario. Convertirlas en la totalidad de nuestra historia es otra cosa. Tenemos derecho a criticar el pasado y también a reconocer lo que nos dejó: una lengua compartida, obras de arte, ciudades, músicas, tradiciones y una conversación que cruza el Atlántico desde hace siglos. Y, más importante aún, el mestizaje, algo que alcanzó una escala singular en Hispanoamérica.

En definitiva, ser hispano es pertenecer a una comunidad que ha conocido divisiones, rivalidades y heridas profundas. Hermanos contra hermanos, pueblos contra pueblos: conocemos demasiado bien el precio de esa fragmentación y lo seguimos pagando, muchas veces por ignorancia, pues pueden más los discursos que el análisis propio.

José Martí advirtió en Nuestra América que «trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra». Tal vez nuestra primera tarea sea esa: discutir sin repetir consignas ajenas y pensar qué podemos construir juntos con la historia que nos tocó heredar. Una historia con heridas, sí, pero también gloriosa; una historia que llevamos dentro y que nos acompañará siempre.

Por Dr. Yalil Guerra

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