Arañaba con esmero la pintura de una farola azul del puerto. Cada tarde. Los ojos vencidos. Solo un empeño, un despertar en el lejanísimo brillo de sus pupilas, cuando aquellas rutinarias manos levantaban cada trocito de esmalte del alargado báculo del farol. Hasta que la noche lo dejaba solo, bajo el foco ovalado de aquella luz amarillenta. Entonces volvía sobre sus pasos cansados, oteando cada poco el mar tan negro, y cruzando entre la hierba, se detenía, y aullaba a la luna. Esperaba a una mujer.
El loco del puerto
Lo arrastraron, ese día y alguno más, pero él, sin más violencia que la obcecación, volvía siempre al puerto, a meter sus dedos en las hendiduras de la farola, plagadas las vetas de óxido de mensajes y promesas de amor de cuando la juventud alumbraba también a nuestros abuelos
El pelo canoso y la barba dormida en el tiempo. Los labios siempre cortados, las manos amoratadas. Todas las tardes bajaba el camino de la casita azul de madera astillada, y esquivaba las rocas entre el verde y los guijarros hasta alcanzar los bloques, que rotos y desencajados por el mar, conducían a la boca del muelle. Mirador de cangrejos, en alguna niñez olvidada. Beso de sales limpias con el óleo denso que allí escupían los pesqueros. Cruce de cruces, y un hombre, con su soledad y una pena, sostenida entre salitre y mar brava, al barlovento de la esperanza.
Allí rompía la ría con suavidad de terciopelo, y jugaban unas aguas con otras como a cámara lenta, pero el norte daba duro todo el año. No le frenaba el frío, el calor, ni la lluvia. Nada. Oteaba el horizonte de su farola, estandarte de tierra adentro, y rascaba con fuerza el esmalte azul hasta ver asomar el hierro. En el silencio, su mirada se hacía húmeda, sus ojos se dilataban hasta el infinito, como dejando pasar a través todas las cosas importantes de la vida con adormecida indiferencia. Vestido con un vaquero, ya descosido, y una camisa de cuadros, de cuando los días debieron serle felices, y una cazadora náutica azul que había perdido vida, como los tonos de su barba, aún no nevada, pero deshidratada por no querer olvidar los ojos que un buen día le arrancaron el corazón.
Los viejos lo obviaban, como parte de aquella esquina. Las parejas aún en flor se abrazaban allí mismo, y pintaban sus nombres entre corazones en los bloques del muelle, sin saber ni querer saber qué escondería el misterio de aquel harapo entristecido y ensimismado. Los nuevos, a veces, se preguntaban por su locura. Una vez un chico, quizá un viejo amigo de la familia, bajo un temporal de hielo y mar, intentó sacarlo de allí. Temblaba y chorreaba agua salada, y las olas golpeaban el dique y le empapaban después al llover. Lo arrastraron, ese día y alguno más, pero él, sin más violencia que la obcecación, volvía siempre al puerto, a meter sus dedos en las hendiduras de la farola, plagadas las vetas de óxido de mensajes y promesas de amor de cuando la juventud alumbraba también a nuestros abuelos, y allí podían regalarse el mar, la luna, y un crepúsculo de oro.
Nada para él, más que el cuadro oscuro de su recuerdo. Y la insistencia en arañar la piel de aquel farol. La nariz afilada, las uñas ya endurecidas, el pelo lleno de sal, el rostro oscuro, muy oscuro, como el de un marinero, y un gesto severo en la frente, que para los viejos del lugar delataba su locura. Pero era una demencia serena y romántica, era una demencia enamorada, por un anhelo imposible, como si quisiera bajar la luna con sus propias manos y ponerla a los pies de aquel fanal.
No sé cómo transcurrieron sus años. La vida ocurrió mientras él reiteraba su poema de dolor. Los niños a los que su presencia atemorizaba se hicieron mayores y se reían de él. Después se hicieron más mayores y entonces algunos lloraron por él. El muelle mudó sus barcos destartalados por modernos modelos, y hasta la vestimenta de los marineros se hizo de otra luz, con la llegada de otras generaciones de hombres de mar. Todo esto sucedió a su espalda, porque su única cara era al mar, y su único sustento, aquel báculo de luz amarilla, que como estandarte de su dolor resistía a través del tiempo y la distancia a las reformas del lugar.
Y fue una noche extraña porque así tuvo que ser. Bebido, más ebrio de lo habitual, bajo el sendero empedrado, fallándole las piernas en los resbalones hasta llegar al firme hormigón del puerto. Al instante, y queriendo asirse a los brazos de su farol, dio un mal paso, y se perdió con los brazos abiertos en las aguas aceitosas de la cara sur del dique. Nadie lo supo hasta días después. Tampoco nadie lo reclamó. Fue solo el loco, que perdió la cabeza cuando ella, sirena de brillante belleza y encantadora juventud, hace ya veinte primaveras, le tendió su vida, sus manos, y sus labios, y se marchó.
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