MIAMI.- Recién establecido en Estados Unidos, un hogar cubano intenta abrirse camino mientras continúa atado emocionalmente a cuanto dejó atrás. Su frágil equilibrio se rompe ante la posibilidad de vender las pinturas del hijo mayor, quien ya no está con ellos. Lo que inicialmente parece una salida económica encierra una disyuntiva mucho más profunda: qué puede sacrificarse para sobrevivir y quién tiene derecho a disponer de la memoria ajena.
La oveja blanca lleva a escena las decisiones que dividen a una familia cubana
Dianelys Brito y Rolando Tarajano protagonizan un drama sobre el desarraigo, los sacrificios y una decisión capaz de cambiar el destino de sus personajes
Ese conflicto articula La oveja blanca, pieza escrita y dirigida por Rolando Tarajano, cuyo estreno mundial tendrá lugar el sábado 22 de agosto en el Sandrell Rivers Theater de Miami. El drama, encabezado por Dianelys Brito y el propio autor, examina los afectos, la culpa y los reproches que acompañan a un núcleo marcado por el éxodo.
Brito interpreta a Mabel, una madre situada ante una elección que amenaza con dividir tanto a los suyos como su propia identidad.
“Está en un callejón con una sola salida: decidir si será esposa o madre”, explicó la actriz en entrevista con DIARIO LAS AMÉRICAS.
El papel la atrajo por “el inmenso significado y el honor de interpretar a una madre cubana”. Su personaje intenta sostener a quienes la rodean, pero arrastra un peso emocional que le impide disfrutar plenamente de la libertad alcanzada.
Tarajano encarna a Alberto, un padre empeñado en reunir nuevamente a todos alrededor de una misma mesa. Las circunstancias, sin embargo, parecen desbordar sus esfuerzos.
“Trata de jugar una partida de cartas en una playa azotada por una fuerte tormenta”, describió el dramaturgo.
La imagen resume la fragilidad de un hombre que procura preservar los lazos mientras cada integrante afronta a su manera las pérdidas, exigencias y contradicciones acumuladas tras abandonar la isla.
Aunque el título suele identificar a quien se aparta del grupo o desafía sus códigos, el creador rehúsa revelar de antemano quién ocupa ese lugar.
“Tú decides. Puede que haya una sola oveja blanca, tres o dos”, señaló.
La respuesta queda así en manos de la platea. Ninguna de las figuras que intervienen está exenta de contradicciones ni puede reducirse a la condición de víctima o responsable. Todas poseen motivos para actuar, callar o protegerse, incluso cuando sus determinaciones causan daño.
La distancia entre quienes partieron y aquellos que permanecen en territorio cubano atraviesa el argumento. Para Brito, esa ruptura ha definido la experiencia cotidiana de varias generaciones.
“La separación ha sido el pan nuestro de cada día. Pocos cubanos han escapado de ella. Pasas por todas las etapas; después eliges levantarte y ayudar”, afirmó.
Mabel encarna también la carga asumida por tantas mujeres obligadas a sostener a los suyos a ambos lados del estrecho de Florida. No se trata únicamente del envío de recursos: lleva consigo las tensiones del país natal y la pugna entre cuanto consiguió salvar y aquello que quedó pendiente.
Salir de Cuba tampoco supone una ruptura inmediata con el pasado. A veces, el emigrado continúa habitando afectivamente el lugar que abandonó, aun cuando esa permanencia le impida avanzar.
“Llega un momento en que comprendes que, si no miras más hacia delante que hacia atrás, nunca progresarás. Ese es el balance del inmigrante”, sostuvo la artista.
Las palabras que Mabel contiene adquieren tanto peso como aquellas que logra pronunciar. Brito construyó ese universo interior desde lo que una persona decide ocultar para resistir, evitar nuevas confrontaciones o conservar una aparente estabilidad.
“Los personajes, como ocurre en la vida, no dicen todo lo que piensan; expresan aquello que pueden para vivir mejor. Cuando ella dice las cosas más duras, llega a la conclusión de que no puede ser feliz como le exigen, a pesar de su libertad”, explicó.
Las secuencias de mayor intensidad demandaron un ejercicio íntimo que la intérprete prefirió asumir desde la entrega, sin someter cada sentimiento a un análisis previo.
“Todas las escenas emocionales requieren compromiso. No las intelectualizo; trato de vivirlas y ya”, aseguró.
Alberto aporta otra perspectiva al relato. Su deseo de mantener unidos a los suyos tropieza con las secuelas de una salida reciente, el proceso de adaptación y las distintas formas de entender las obligaciones hacia quienes siguen bajo el régimen.
Tarajano reconoce que la culpa de quien se marcha y los reclamos procedentes de la isla permanecen “todo el tiempo en nuestras cabezas y corazones”. La ayuda enviada desde el exterior puede transformarse en una exigencia prolongada, capaz de perjudicar también a quien procura comenzar de nuevo.
“No sé dónde está el límite. Solo he visto muchas veces a cubanos privarse aquí de casi todo para ayudar a otros allá. Ya son 67 años”, expresó.
Los protagonistas teatrales pertenecen a la última oleada migratoria y conocen de primera mano el deterioro nacional. Esa cercanía temporal influye en su conducta y en la manera de responder ante el entorno estadounidense.
“Dejaron Cuba hace poco. No los asombra nada porque conocen la situación actual mejor que quienes llevamos 20 años aquí”, indicó el actor.
La travesía, además, no concluye con la llegada. El idioma, las leyes y la necesidad de reinventarse profesionalmente modifican las dinámicas domésticas, redistribuyen las obligaciones y transforman la relación entre padres e hijos.
Para dotar de autenticidad a ese proceso, el autor acudió a vivencias propias.
“Escribí todo desde mi perspectiva como cubano exiliado en Estados Unidos. La hija que estudia como una loca tiene mucho de mi hijo cuando llegó aquí, mientras veía a sus padres tratar de comprender el país, el idioma y sus leyes”, reveló.
Pese al contexto político que condiciona a los personajes, Tarajano evitó convertir el texto en una sucesión de consignas o explicaciones ideológicas. La denuncia emerge de las consecuencias sufridas por cada uno, no de discursos impuestos a los parlamentos.
“Ningún personaje necesita gritar consignas en una obra teatral o una película, ni formular tesis. Si abordas su condición humana, encontrarás suficientes contradicciones para juzgarlo o amarlo, aun cuando sea víctima de una tiranía militar o de un Estado fascista”, manifestó.
Aunque varias de sus interrogantes pueden extenderse a otras comunidades inmigrantes, la historia conserva una raíz específicamente cubana. Adaptarse, proteger la identidad y rehacer los afectos son experiencias comunes para quienes deben empezar de nuevo lejos de su tierra; las circunstancias que obligaron a estos individuos a marcharse, en cambio, determinan el centro de la narración.
“Puede pertenecer en muchos aspectos a todas las comunidades, pero en su esencia es solamente cubana por las decisiones que nosotros tenemos que tomar”, puntualizó Tarajano.
Las diferencias tampoco conceden, según Brito, autoridad para juzgar desde una orilla las elecciones hechas en la otra. Esa práctica, no obstante, continúa alimentando enfrentamientos entre personas sometidas a circunstancias distintas.
“Nadie tiene ese derecho, pero es lo que más abunda en el mundo actual. En ese sentido, la obra traerá mucha polémica”, anticipó.
Las pinturas del hijo mayor dan forma material a la disputa y convierten una ausencia en presencia constante dentro de la casa. Las creaciones pertenecen al artista Reynier Llanes, cuyo lenguaje surrealista se integra a la concepción escénica y permite múltiples lecturas.
“El título es metafórico y el arte pictórico de Reynier posee también esa condición. Los espectadores tendrán que armar sus propias imágenes a través de la función y preguntarse: ‘¿Qué haría yo en esta situación?’. Encontrarán un dilema moral muy fuerte para nuestro contexto”, señalaron Brito y Tarajano.
La pieza no ofrece soluciones fáciles ni promete borrar las heridas acumuladas, pero abre una posibilidad de reconciliación. Sus protagonistas defienden el diálogo oportuno como vía para impedir que los silencios terminen destruyendo los vínculos.
“Sí, se puede reconstruir una familia, si sus integrantes hablan a tiempo”, coincidieron.
Ambos quedaron conmovidos desde la primera lectura y escogieron el amor como la emoción que mejor define el montaje. Tras tres meses de preparación, aseguran que los acontecimientos vinculados con Cuba han conferido al argumento una vigencia creciente.
“Eso nos tiene muy impresionados. El encuentro con la audiencia y las conversaciones que puedan surgir después de cada presentación serían la recompensa a tanto esfuerzo”, expresaron.
Brito espera que los asistentes reconozcan situaciones cercanas y hallen una oportunidad para liberar sentimientos acumulados.
“Deseo que exista identificación y catarsis; que vean elementos de sus vidas y también otros por los cuales, afortunadamente, no han tenido que pasar. El teatro lleva los conflictos a sus extremos y ese es el objetivo del drama”, indicó.
Junto con Brito, en el papel de Mabel, y Tarajano, como Alberto, el reparto incluye a Elizabet San Miguel en el rol de Daniela, Daniel Panebianco como Alejandro y Roly Guardado en la piel de Emilio.
Niurka Noya está a cargo de la producción; Ricardo Vega, de la realización de imágenes y el diseño sonoro; Pilar Fermelo, de la identidad gráfica, y Edwin Pérez, de la publicidad. Las obras de Llanes ocupan un lugar esencial dentro de la propuesta visual.
Al concluir el diálogo con este medio, los actores resumieron el sentido de La oveja blanca mediante una convicción que trasciende la ficción y alcanza a quienes han visto sus hogares separados por el destierro.
“Solo las familias saben por las cosas que atraviesan, pero cuando se unen nadie puede contra ellas, ni siquiera las dictaduras. Constituyen una fuerza tremenda. Si permiten que las desintegren, se debilitan”, concluyeron.
La oveja blanca tendrá dos funciones en la sala Black Box del Sandrell Rivers Theater, ubicado en 6103 NW 7th Ave., Miami: el sábado 22 de agosto, a las 8:00 p.m., y el domingo 23, a las 5:00 p.m. La puesta está recomendada para mayores de 12 años.
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