miércoles 12  de  agosto 2026
TEATRO

Fresa y chocolate interpela desde Miami a una nación todavía dividida

La adaptación de Yusnel Suárez renueva el clásico cubano mediante una propuesta que enlaza humor, música y memoria con una reflexión sobre la intolerancia y el exilio

Diario las Américas | CARLOS ARMANDO CABRERA
Por CARLOS ARMANDO CABRERA

MIAMI.- Hay relatos que sobreviven porque el tiempo no logra resolver el conflicto que los originó. Más de tres décadas después de su llegada al cine, la icónica película Fresa y chocolate conserva una incómoda vigencia: la sociedad cubana continúa debatiéndose entre la obediencia y la libertad, el prejuicio y la aceptación, la consigna colectiva y el derecho de cada individuo a vivir según su conciencia.

La adaptación teatral de Yusnel Suárez, próxima a concluir su temporada en el Teatro Trail de Miami, no pretende reproducir sobre las tablas las imágenes consagradas por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío. Su principal apuesta consiste en trasladar aquel enfrentamiento a la realidad contemporánea de la isla y contemplarlo desde una ciudad donde buena parte de los espectadores conoce el desarraigo no como concepto dramático, sino como experiencia personal.

Suárez parte del libreto original de Senel Paz y preserva el centro humano del argumento: la relación entre Diego, un artista gay inconforme con el orden establecido, y David, un joven comunista formado para desconfiar de cuanto se aparta de la norma. Sin embargo, esta versión expande ese universo mediante figuras, episodios y lenguajes vinculados a las circunstancias actuales.

El encuentro fortuito en Coppelia vuelve a colocar frente a frente dos maneras aparentemente irreconciliables de entender el país. Uno ha sufrido la marginación por su orientación sexual, sus inquietudes artísticas y su pensamiento crítico; el otro carga con las certezas inculcadas por un sistema que confunde fidelidad con obediencia. Entre ambos se abre un espacio para la conversación que el poder casi siempre intenta clausurar.

Ahí reside una de las mayores fortalezas de la propuesta. Diego y David no necesitan renunciar a sus diferencias para reconocerse como seres humanos. El vínculo surge mientras aprenden a mirar más allá de las etiquetas que los preceden, en un proceso atravesado por la sospecha, la curiosidad, el desacuerdo y, finalmente, el afecto. Lo verdaderamente subversivo no radica solo en aquello que dicen, sino en su disposición a escucharse.

Además de adaptar y dirigir el espectáculo, Suárez interpreta a Diego sin intentar imitar la huella dejada por Jorge Perugorría en el cine. Construye un hombre vehemente, vulnerable y desafiante, capaz de emplear la ironía como defensa sin ocultar las heridas acumuladas por el rechazo. Su actuación permite comprender que la elocuencia del protagonista no es simple extravagancia, sino una forma de resistencia frente a quienes pretenden reducirlo o silenciarlo.

Jeffry Batista conduce con acierto la transformación de David. El joven no abandona de manera repentina las convicciones recibidas, sino que comienza a contrastarlas con un entorno mucho más complejo. Esa evolución evita el esquematismo y permite advertir que también permanece atrapado dentro de un engranaje ideológico que condiciona sus decisiones, relaciones y sentimientos.

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La conexión entre los dos sostiene el pulso emocional de la representación. Sus intercambios pasan de la comicidad a la tensión y de la confrontación a una cercanía sincera, sin perder el peligro que rodea una amistad vigilada por el régimen. En ese recorrido aparecen algunos de los momentos más conmovedores de la función.

A su alrededor se articula un elenco de notable cohesión. Susana Pérez, Alberto Pujol, Yerlin Pérez, Yuliet Cruz, Roberto San Martín y Luis Manuel Bangán defienden sus respectivos roles con dominio del oficio, autenticidad y una comprensión precisa del tono exigido en cada intervención.

La entrada de Susana Pérez provoca una reacción inmediata y difícil de igualar. Antes de que La Polaca despliegue toda su dimensión dramática, la ovación de los asistentes reconoce la trayectoria de una actriz profundamente ligada a la memoria cultural cubana. No se trata únicamente del recibimiento tributado a una figura admirada, sino de un encuentro cargado de afecto entre la artista y una comunidad que siente su carrera como parte de una historia compartida.

La Polaca, incorporada por Suárez a esta adaptación, ensancha la mirada sobre la persecución, la supervivencia y las huellas dejadas por décadas de exclusión. Pérez convierte esa aparición en mucho más que un recurso añadido al argumento: condensa dolor, irreverencia y dignidad, y se apodera de las tablas con la seguridad de quien conoce el peso de cada gesto, silencio y palabra.

Alberto Pujol transita con versatilidad por Pisinguilla y Armando, mientras Yerlin Pérez aprovecha con naturalidad la cadencia del humor cubano en su interpretación de la camarera de Coppelia. Yuliet Cruz aporta sensibilidad y hondura a Nancy, una mujer contradictoria, frágil y, al mismo tiempo, capaz de abrirse paso entre las carencias materiales y emocionales que la rodean.

Roberto San Martín compone un Miguel reconocible por su oportunismo, rigidez y doble moral. Representa al individuo dispuesto a vigilar, juzgar y castigar con tal de conservar su lugar dentro del aparato político. Luis Manuel Bangán, como Germán, completa con solvencia un reparto en el que incluso las intervenciones más breves resultan necesarias para el desarrollo del relato.

El mérito colectivo aparece en el tránsito fluido entre registros diferentes. La comedia, la sátira política, el cabaret y el drama conviven dentro de una función ágil, de ritmo sostenido y cuidada ejecución. Los actores no compiten entre sí; se complementan y consiguen que el espectáculo avance como un mecanismo perfectamente articulado.

La música tampoco funciona como adorno ni como una pausa destinada únicamente al entretenimiento. La producción de José Álvarez y Yunior Arronte acompaña los estados emocionales, recupera referentes de la cultura nacional y establece conexiones inmediatas con la memoria de la audiencia.

Las coreografías de Henry Gual, interpretadas por Laura Rosguer, María Fernanda León, Kenzo Carrión y Reynol Torres, aportan movimiento y vitalidad sin desligarse de la narración. El diseño de iluminación de Oscar Molina, por su parte, define atmósferas y acompaña con eficacia las transiciones entre la intimidad, el humor y los pasajes de mayor tensión.

A esos elementos se suma la escenografía de Milkos D’Sosa y Shamir Baluja, cuya concepción permite recorrer distintos espacios habaneros sin entorpecer la fluidez de la acción. Los recursos audiovisuales trasladan al auditorio hacia una ciudad marcada por el deterioro, la precariedad y la vigilancia.

Las imágenes no operan como un simple fondo. Envuelven a los asistentes, los conducen por calles y edificios reconocibles y convierten el escenario en una puerta hacia el lugar que muchos dejaron atrás. Por momentos, la distancia entre Miami y La Habana parece acortarse. La urbe emerge como una geografía quebrada que todavía condiciona la existencia de quienes permanecen allí y acompaña la memoria de aquellos que se marcharon.

Esa inmersión explica, en buena medida, la intensidad vivida en la sala. La audiencia se mantuvo atenta, con las emociones a flor de piel, ante una trama que remite directamente a la realidad nacional. Las risas y los aplausos acompañaron numerosos pasajes, mientras otros impusieron un silencio revelador. Cada reacción confirmó que lo representado no se percibía como una experiencia ajena o distante.

Al terminar la función, la respuesta fue contundente: una ovación prolongada, con el público de pie, reconoció la entrega de un elenco que había sostenido con maestría cada tramo de la representación. Aquel aplauso interminable tuvo algo de celebración artística, pero también de desahogo colectivo.

Actualizar un título tan arraigado en el imaginario nacional entraña riesgos. La incorporación de baile, humor y nuevas subtramas podía haber diluido la intimidad del argumento original. Suárez consigue, sin embargo, que esos recursos amplíen su alcance y lo acerquen a quienes observan el conflicto desde el presente. La risa ofrece alivio, pero nunca borra la gravedad de cuanto sucede; detrás del choteo permanecen la censura, el miedo, el destierro y la pérdida.

Producida por OMG Studios y Teatro Trail, esta versión demuestra que un clásico no permanece vivo por repetirse, sino porque admite otras preguntas. El director revisita un referente conocido por varias generaciones y lo conduce hacia nuestros días sin renunciar a su esencia: la defensa de la autonomía individual y la posibilidad de que el afecto sobreviva a los dogmas.

En Miami, donde tantas biografías están atravesadas por la partida, el nexo entre Diego y David adquiere una resonancia particular. La platea no contempla únicamente la intolerancia de una época, sino las consecuencias de un sistema que durante décadas convirtió la diferencia en sospecha y el pensamiento independiente en motivo de castigo.

Esta Fresa y chocolate devuelve a los espectadores una pregunta todavía pendiente: cuánto habría cambiado la nación si hubiese aprendido a escuchar a quienes pensaban, amaban o soñaban de otra manera. Sobre las tablas del Trail, ese acercamiento vuelve a presentarse como un acto de libertad y, acaso, como la reconciliación que los cubanos aún se deben.

La obra que ya supera los 35000 espectadores tendrá sus últimas funciones los domingos 16, 23 y 30 de agosto, así como el sábado 5 y el domingo 6 de septiembre, todas a las 4:00 p.m. El cierre de temporada está previsto para el 6 de septiembre de 2026.

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