MIAMI.- Celebrar a Celia Cruz exige mucho más que interpretar sus canciones. Supone acercarse a una voz irrepetible, respetar la esencia rítmica de su repertorio y comprender la dimensión cultural de una mujer que convirtió su cubanía en lenguaje universal.
Lena Burke celebra centenario de Celia Cruz con orquesta filarmónica en Puerto Rico
“Azúcar: 100 años de Celia Cruz” unió memoria, identidad cubana y sonoridad orquestal en el Centro de Bellas Artes de Santurce
Ese fue el desafío asumido por Lena Burke en “Azúcar: 100 años de Celia Cruz”, el espectáculo presentado la noche del sábado 15 de agosto en la Sala de Festivales Antonio Paoli del Centro de Bellas Artes Luis A. Ferré, en Santurce, Puerto Rico.
Acompañada por la Orquesta Filarmónica Arturo Somohano, la cantante, pianista y compositora cubana recorrió parte de la obra de la Guarachera de Cuba mediante arreglos contemporáneos que enlazaron la potencia de la salsa con la amplitud sonora de una formación sinfónica.
La propuesta evitó convertir la conmemoración en un ejercicio de imitación. Burke subió a escena desde su propia identidad interpretativa y colocó su voz al servicio de composiciones inseparables de la memoria colectiva latinoamericana.
Ese respeto resultó esencial. La Reina de la Salsa no admite copias porque su manera de cantar, moverse y comunicarse con el público le pertenecía únicamente a ella. El mejor tributo posible consistió, por tanto, en preservar el espíritu de sus temas sin intentar reproducir artificialmente su personalidad.
En una de sus salidas a la platea, vestida de rojo, Lena asumió el centro de una puesta marcada por el color, la iluminación y el respaldo filarmónico. Su presencia aportó elegancia a una velada concebida para recordar la vitalidad de la artista y no la tristeza de su ausencia.
Canciones como “Quimbara”, “La vida es un carnaval”, “La negra tiene tumbao” y “Que le den candela” encontraron un marco renovado. Las cuerdas, los metales y la percusión ampliaron la arquitectura de piezas creadas para provocar movimiento, sin perder el impulso caribeño que las convirtió en clásicos.
El mérito de los arreglos estuvo en impedir que la solemnidad orquestal apagara la espontaneidad de la salsa. La agrupación no funcionó como elemento decorativo, sino como una extensión de cada composición, capaz de aportar profundidad sin restarle sabor.
Bajo la dirección musical del maestro Isidro Infante, los instrumentistas sostuvieron el diálogo entre dos universos que podrían parecer distantes: la disciplina sinfónica y la libertad rítmica de los géneros tropicales.
Burke reunió las condiciones necesarias para conducir ese encuentro. Su formación como pianista, la solidez vocal y una trayectoria superior a tres décadas le permitieron asumir las exigencias de un cancionero profundamente instalado en el oído popular.
La elección tuvo además una carga familiar. Elena Burke, abuela de Lena y una de las grandes voces de Cuba, compartió escenario y amistad con Celia durante los comienzos de ambas en Las Mulatas de Fuego.
Ese vínculo convirtió la interpretación en algo más íntimo que un encargo profesional. Sobre las tablas también dialogaron distintas generaciones de mujeres cubanas unidas por el arte, el desarraigo y una herencia capaz de sobrevivir más allá de la isla.
Lena había trasladado previamente esa gratitud a “A Celia”, pieza dedicada a la legendaria intérprete y concebida como reconocimiento a su influencia. La presentación en la Isla del Encanto amplió aquel gesto personal hasta transformarlo en una experiencia colectiva.
La producción de Rafo Muñiz para ProLat Entertainment y la Fundación Arturo Somohano apostó por integrar sonido e imágenes, en lugar de limitarse a encadenar éxitos. La dirección artística acompañó ese propósito mediante un despliegue que recuperó el color y la exuberancia asociados con la homenajeada.
En el proyecto participaron además Omer Pardillo, albacea y guardián del patrimonio artístico de Celia; Loud And Live Entertainment y otros colaboradores vinculados con la celebración de los 100 años de su nacimiento.
La evocación trascendió la sala. Una muestra de vestidos, pelucas, zapatos, carteras y accesorios originales permitió acercarse a otra dimensión de la cantante: la mujer que entendió la moda como prolongación de su carácter y construyó una imagen tan reconocible como su voz.
Las piezas exhibidas no eran simples adornos. Cada diseño formaba parte de una identidad visual elaborada con inteligencia, humor y absoluta libertad.
Puerto Rico resultó un espacio natural para la celebración. La isla mantuvo con la intérprete una relación profunda, alimentada por colaboraciones, actuaciones y el afecto de una audiencia que nunca la consideró una figura distante.
En esa conexión caribeña descansó buena parte de la fuerza de la velada. Cuba apareció a través de Lena y Puerto Rico respondió desde la riqueza de sus músicos, en un intercambio que reflejó la dimensión regional alcanzada por la obra de la Guarachera de Cuba.
En declaraciones a DIARIO LAS AMÉRICAS, Lena Burke comentó que la invitación le permitió reencontrarse desde el palco con una artista esencial en los inicios de su trayectoria musical y con un repertorio que conserva intacta la conexión de Celia Cruz con su gente.
“Fue una noche inolvidable celebrando a la Reina de la Salsa y un gran honor para mí haber sido invitada a interpretar sus grandes éxitos. Recibimos un derroche de amor del pueblo puertorriqueño hacia la memoria de la Guarachera de Cuba. Quiero dar gracias a Dios, a la luz de Celia y a Omer Pardillo Cid, quien cuida cada día y mantiene vivo el legado de nuestra Reina, a quien tuve la dicha de conocer y acompañar en dos grabaciones durante los comienzos de mi carrera. Agradezco también a Gonzalo Rodríguez, director artístico, y a Rafo Muñiz, productor del espectáculo. Fue un honor compartir con la Filarmónica de Puerto Rico, dirigida por el maestro Isidro Infante; interpretar ‘Cúcala’ a dúo con el pianista y cantante Carlitos García, y cantar ‘Usted abusó’ junto al maestro Cucco Peña. He sido muy feliz cantándole a la reina Celia en Puerto Rico, la Isla del Encanto, de la cual fue hija adoptiva”, expresó.
“Azúcar: 100 años de Celia Cruz” no pretendió abarcar una carrera imposible de resumir en una sola noche. Su principal acierto consistió en reconocer que aquel patrimonio permanece vivo porque todavía puede transformarse, dialogar con nuevas sonoridades y encontrar otros intérpretes sin perder sus raíces.
Veintitrés años después de su muerte, Celia continúa entrando a los teatros sin necesidad de estar físicamente en ellos. Bastan los primeros compases de cualquiera de sus canciones para que regresen su alegría, su fuerza y aquel grito de “¡Azúcar!” convertido para siempre en afirmación de identidad.
Lena Burke y la Orquesta Filarmónica Arturo Somohano no buscaron reemplazar esa presencia. La convocaron desde el respeto y permitieron que, durante una noche en Santurce, el arte volviera a demostrar que Celia Cruz pertenece al tiempo de quienes nunca se marchan.
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