MIAMI.- En la fila para entrar a la recicladora Gorgy, un martes de julio pasado, dos mujeres de complexión robusta estaban esperando su turno dentro de un enorme camión de carga, sin levantar la mirada de sus celulares. Ambas son hermanas nacidas en Nicaragua, y llevan unos 10 años conduciendo por el condado Miami-Dade para conseguir cartón viejo.
Miami-Dade: obreros del reciclaje, cartón y dura vida
“Lo más duro es el sol, el calor que te quema. Por eso yo me cubro todita con camisas largas y tomo mucha agua, mucha. Ese es el secreto”, declaró una de ellas agitando un recipiente que llevaba sobre el asiento.
“Hoy el camión está bastante lleno, desde el viernes no descargamos”, añadió su hermana.
De acuerdo con el Departamento de Protección Ambiental de Florida, en 2020 los residentes y turistas generaron residuos sólidos municipales (MSW, por sus siglas en inglés) equivalentes a más de dos toneladas por habitante al año. Esto está por encima de la media nacional de casi una tonelada por persona anual. Asimismo, los esfuerzos de reciclaje de Florida no son fácilmente comparables con los de otros estados, ya que no existe una metodología general para medir el progreso hacia los objetivos de reciclaje, según la agencia estatal.
Leyes que se ignoran
Lo otro que complica el negocio es que las leyes que lo rigen no son verdaderamente aplicadas.
El Código de Ordenanzas del condado Miami-Dade de 1992 establece que los dueños de negocios son los que deben manejar un programa de reciclaje, utilizando los servicios de un transportista autorizado o de reciclaje privado. Las viviendas y complejos residenciales tienen otras normas, por lo cual los cartoneros se abstienen de ir a estas zonas porque saben que pueden ser multados por varios cientos de dólares.
Inclusive, las empresas y comercios pueden recolectar por sí solas sus materiales reciclables y llevarlos a un complejo reciclador para su venta y procesamiento. Las que no cumplen se arriesgan a multas que rondan los 300 y 950 dólares en función de los pies cuadrados del establecimiento. Las penalidades pueden ser aplicadas diariamente hasta que se acate la norma. Sin embargo, pocas lo hacen porque apelan a los cartoneros—y de paso, les sale gratis.
“Prefiero regalar el cartón a quien lo necesita. Estoy dando trabajo con la basura que produzco, es más beneficioso. Todos ganamos”, admitió Bryan Chacón, gerente de un restaurante de comida latina al norte de Miami donde los dueños del negocio dejaron de pagar 400 dólares al mes por un contenedor para depositar cartones.
De cierta forma, los comercios y empresas de este enorme y rico condado, sin importar su tamaño y lo que vendan, se han beneficiado durante mucho tiempo de la falta de control.
Los funcionarios del Departamento de Manejo de Residuos Sólidos del condado llevan años bregando para que los recolectores informales de cartón se ciñan a las disposiciones del código de reciclaje. Han fracasado.
“Esto no es un problema de hoy, lleva andando un buen tiempo”, admitió Luis Vargas, jefe de la División de Cumplimiento de Códigos del Departamento de Manejo de Residuos Sólidos de Miami-Dade.
Según Vargas, “si los cartoneros están tomando el cartón de los contenedores de comercios en la calle, sin permiso de nosotros, eso es ilegal y pueden ser multados”.
Para obtener los permisos, los cartoneros deben de pagar una tarifa anual, además de contar con una póliza de responsabilidad civil y seguro contra daños con montos que oscilan entre 300.000 y un millón de dólares. Para muchos de ellos, todos estos requisitos son simplemente imposibles de conseguir por el costo y por ser indocumentados.
“Técnicamente es imposible vigilar a los cartoneros. La ciudad necesitaría cientos de policías en cada contenedor”, señaló Storelli, el experto industrial.
La realidad es que muchos cartoneros ni siquiera poseen licencias para conducir porque la ley estatal prohíbe que los residentes indocumentados la obtengan. La misma regla aplica para los seguros de vehículos. En el peor de los casos, ellos desconocen este requisito.
Entre las más de tres decenas de cartoneros entrevistados, la mayoría eran inmigrantes hispanos. Según la Oficina del Censo, casi el 70% de los 2.7 millones de residentes de Miami-Dade son latinos nacidos fuera de EE. UU.: mexicanos, colombianos, cubanos, nicaragüenses, peruanos, aunque también hay haitianos, trinitarios y estadounidenses. Sin embargo, el mayor recelo al hablar sobre su oficio no parece ser su estatus migratorio o cómo llegaron al país, sino la idea de que tuvieran que compartir sus rutas de recolección o cuánto lograban conseguir al día. Porque si ellos encuentran cajas, ganan; si no, nada. Así de sencilla es la ecuación.
Una veintena de entrevistados admitió que lograba conseguir la tonelada de cartón al día, pero que, si no podía hacerse, de todas maneras, vendían lo que tuvieran.
Sector comercial
Por otra parte, el sector comercial de Florida genera 56% de los desechos sólidos del estado, casi el doble de la cantidad que el sector residencial.
De ese total alcanza a reciclar el 50%, según un informe estatal. Los datos de 2020 sugieren que, si el sector residencial reciclara el 100 % de los desechos sólidos generados, la meta de Florida de reciclar un 75% no podría lograrse sin aumentar el reciclaje del sector comercial. Es allí donde los cartoneros juegan un papel clave.
Mucho sol, muchas cajas
El rostro de Micaela está embestido por el irrefutable peso de los años bajo el sol. Cada línea uniforme que surca su frente se remonta a un largo viaje sobre muchos oficios de los que ha podido vivir a sus 60 años.
Micaela está convencida de que recoger cartones por Miami le concedió el dominio y libertad que siempre anheló tener con su tiempo. Todas las mañanas viaja junto a dos compañeros con los que recoge más rápido y mayor volumen de cartón. Con ellos comparte algo de la paga del día, que incluye religiosamente cervezas frías y sodas a las diez de la mañana para paliar el calor: “Lo que les dé, aceptan”.
Su equipo comienza a recoger cartones a las 8 a.m. “A las 3:30 p.m. se acaba todo. Lo que se pudo ese día, se pudo. No me mortifico”, explica ella con su habitual parsimonia y voz bajita, secando el sudor que baña su frente un mediodía de junio.
Para ella, “como quiera que lo vea la gente, recoger cartones me hace feliz, ese es mi trabajo. Al final, cuando uno está viejo esto es lo que se busca, tranquilidad”.
En su primer viaje vendiendo cajas, en el verano de 2012, Micaela hizo solo 20 dólares.
“¡Esto es nada!”, se lamentó ese día. “Pero luego alguien me explicó cómo era el truco. Hubo oportunidades en las que hice varios viajes al día, hasta que, finalmente, le fui cogiendo la onda”.
Y agregó, “Yo he hecho más dinero aquí que cuando tenía mi negocio en la cafetería”.
Este reportaje es parte del proyecto Altavoz Lab de palabra creado para apoyar a periodistas comunitarios en investigaciones sobre rendición de cuentas al servicio de comunidades inmigrantes, latinas, u otras poblaciones que no son representadas lo suficiente en los medios de comunicación.
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