MIAMI.- Dicen que un edificio es una pequeña ciudad y lo creo firmemente, sobre todo porque he aprendido a conocer mejor a mis vecinos. Los 179 apartamentos y 13 plantas de este edificio en Wynwood, Miami, me recuerdan a la serie de televisión "Aquí no hay quien viva", salvando algunas distancias.
Miami, vecinos en cuarentena: Un edificio lleno de historias
Ante la pandemia del coronavirus y las medidas para evitar su propagación, cada familia se ajusta a cambios abruptos y, en muchas ocasiones, traumáticos. Algunos han perdido sus trabajos, otros no saben qué hacer dentro de los apartamentos todo el día y a varios se les ocurren proyectos creativos.
Mientras escribo esto pienso que me quedan 23 huevos, una barra de mantequilla, dos paquetes de pan, un galón de leche y algo de carne en el congelador. No puedo evitar la acumulación de planos mentales, y entre el trabajo y las actividades domésticas se agolpan las listas de mercado, el repaso virtual de cómo usar los guantes y la preocupación por no tener mascarillas.
Las áreas comunes están cerradas, hay más silencio en los pasillos y se respira tensión. He escuchado a un vecino llamar a la puerta de otro, intercambiar algunas palabras, y eso ha sido todo. El temor se impone y hay quien se topa con lo insólito.
Ir al cuarto del correo postal es una hazaña y muchos evitan usar el ascensor por aquello de ir bajando del piso 13 al 1 y que en medio se abra la puerta y entre alguien. Me ocurrió ya, pero por suerte el vecino fue educado y no entró, nos limitamos a mirarnos con cara de circunstancia mientras la puerta se cerraba lentamente. Menos mal: lo último que quiero es encontrarme con alguien en el pasillo.
Lulú
A Lulú le ocurre algo parecido. Ella (y Dyonne) fueron las únicas vecinas que revelaron sus nombres. Los entiendo; yo no daría mi nombre, sobre todo si cuento detalles tan íntimos.
Lulú es cariñosa, dicharachera, con una cubanía inevitable. Lleva 15 años viviendo en Miami pero nadie le quita lo bailado y hasta cuando me habla por la ventana y cuenta sus problemas me enseña mucho. Hay una nueva narrativa entre balcones y ventanas: ahora Lulú y yo conversamos como en Cuba, a grito libre. Aunque no lo decimos, ambas rogamos para que todo pase, y pronto.
Me dice que tuvo que dejar de trabajar y que la rutina en su hogar, junto a su esposo, ha cambiado. Para no rendirse al sedentarismo se levanta a las 7:15 am para caminar. Ejercitarse le ayuda. Como está todo el día en la casa y tiene una cocina americana, casi en el centro de todo, ahora se dedica a cocinar.
“Me estoy graduando de ama de casa”, cuenta Lulú. “Mi esposo dice que no quiere que trabaje más”, dice, con picardía, y agrega que hace “comida muy saludable”. Antes de la “locura”, ella y su esposo aseguraron una reserva de alimentos, pero ir al mercado sigue siendo una necesidad, y las precauciones no faltan.
Tienen un plan de salida al mercado. “Si nos hace falta algo, salimos temprano con guantes y todo, y también una lista”. Allí apuntan lo que necesitan para no demorarse, sobre todo porque “si hay mucha gente por un pasillo agarramos por el otro”. No puedo evitar pensar en el videojuego Pac-Man (come-come), en los laberintos, y esa angustiosa sensación de que vendrá uno por detrás al tiempo que otro ataca por delante.
Además de estos malabares para cumplir con el distanciamiento social, reconoce que desde que está todo el día en la casa le ocurren cosas raras. “Llamo a la gente y se me olvida que los llamé”, revela, “y entonces los vuelvo a llamar”.
Daniel
Daniel respondió todas mis preguntas porque se ha entusiasmado con la idea de este reportaje plural, que ha descrito como “tremendo chisme”. Trabajaba en un restaurante en Miami Beach, “más por la propina que por el salario, que es bajito; bueno, era”. Del otro lado del teléfono se hace un silencio largo.
Voy a decir algo, pero él interrumpe: “La semana pasada el jefe, el que siempre decía que éramos una familia y que todos éramos iguales, no dio ni la cara y nos botó por mensaje de texto”, explica. Como para sacudirse el pesar me cuenta que era “de los mejores, podía atender varias mesas a la vez y todos quedaban contentos”.
En estos días, sus ahorros le permiten comprar algo de comida y pagar la renta “de este mes, pero para el que viene no sé qué voy a inventar”. Lo único que agradece es que puede estar todo el día en casa con su novia.
De ella no me cuenta nada, pero dice, tímido, que en momentos específicos “se me olvida todo, tú sabes, cuando estoy con ella, ese ratico, no pienso”, y sé que del otro lado del teléfono él está sonriendo y la novia está cerca, monitoreando la conversación. “Hasta hemos bajado de peso”, acota.
“Mira, escribe en la noticia esa que la gente tiene que quedarse en la casa”, señala Daniel, “porque si uno hace lo que dicen los médicos, pero los demás son callejeros, no se resuelve nada”.
Dyonne
Su hijo Allan reclama atención mientras ella atiende a un cliente por teléfono y revisa datos en una laptop, en la sala de su casa, que se ha convertido en su nueva oficina. Dyonne y su esposo no han salido de su apartamento desde el 11 de marzo más que para cuestiones esenciales, y a veces, como ella cuenta, “se te olvida y piensas que es un fin de semana”.
“Luego ves las noticias y afuera se está muriendo gente. Me pongo triste por mi hijo, porque no sé qué mundo le va a tocar vivir”, destaca.
Sobre el trabajo desde la casa, constata que “el cambio es una locura”, porque ha pasado de “trabajar en la oficina, donde estaba todo en papel, a trabajar remoto, y tenemos personas que necesitan nuestra ayuda también, pero a veces Allan se pone a llorar y estoy en el medio de un meeting [reunión] y no doy abasto”.
Ahora Dyonne enfrenta el reto de ser madre, ama de casa, y trabajar en atención al cliente. Y aunque agradece tener trabajo en medio de una crisis que ha dejado a muchos sin un sustento, piensa, como buena madre, en su hijo, sobre todas las cosas.
“He llorado mucho por las noches”, confiesa. “Siento que tengo ganas de salir al balcón a gritar hasta quedarme sin voz. Todos nos estamos volviendo un poco locos”. Por eso, añade, “decidí no ver más noticias. Oigo mucha música, me pongo a bailar, a ver comedias y cosas refrescantes”.
Dyonne extraña “los besos y los abrazos, los cafecitos cómplices con mis amigas”, no “estar desinfectando todo y tener las manos resecas de tanto químico”. Aunque admite que no puede “hacer nada para cambiar la realidad, sí puedo cambiar mi realidad entre estas cuatro paredes, cuidar a mi familia”.
Helena
Le dije que si no quería revelar su nombre le pondría uno. Entonces eligió: “cuando tenga una hija, si la tengo, le pondré Helena, por la historia griega”.
A Helena no se la disputan héroes griegos ni ha sido raptada. Trabaja en un almacén de Amazon en Miami, en los turnos de la noche. Su labor es “escanear los paquetes y ponerles stickers [pegatinas], escaneo y sticker, así hasta que amanece y termina el turno”.
Sin embargo, no se queja, porque “ahora dan más horas. Hasta me creció el callo del dedo por poner stickers; así que puedo escapar [sacar provecho]. Sé que hay mucha gente sin trabajo y no quiero pensar, vaya, si me pasa eso me da algo”. En las noches deja a su esposo “viendo la televisión o limpiando” y sale a trabajar.
Alicia
Alicia es una profesora de high school, divorciada y con un hijo de 3 años: “muy bueno, angelito, se porta bien”. Lo que más le ha afectado es el cambio a las clases por internet, “porque en el aula puedes atrapar la atención de los estudiantes y no es lo mismo, nunca va a ser igual”.
“Gracias a Dios tengo trabajo”, afirma. “Hay gente que ahora mismo está volviéndose loca y no sabe cuándo va a terminar todo esto”, comenta Alicia, que ha “redescubierto” su propio apartamento por estos días y está “cambiando el orden de los muebles, botando cosas viejas. Así todo se ve más claro”.
Dice que hasta el momento lo más “loco que me ha pasado es que, bueno, aparte de que me levanto y no sé qué día es, un día me vestí rápido y estaba en la puerta lista para salir al trabajo. Ah, no, espérate”, agrega, “antier, creo, le preparé un puré al niño y cuando me lo siento delante para darle la comida, me entretuve viendo el noticiero y me comí la mitad”.
Raúl
Siempre que pasa por el lobby sacude las llaves, así lo identifico. Raúl maneja para Uber y ahora, comenta, “tendré que encerrarme en la casa”.
Las medidas de higiene no faltan. “Limpio el carro con cloro y mi esposa me espera en la puerta con un pañito con más cloro. Por suerte fuimos al dólar [tienda Dollar Tree] y nos llevamos bastantes galones de cloro, antes de que pusieran las cosas racionadas, como en la libreta en Cuba”, afirma Raúl.
“Esto se va a poner más feo, y yo estoy que ni duermo. Sé que no debería gastar más, pero me compré más cigarros y soy una chimenea. De esta, si no me coge el coronavirus me dará otra cosa”, añade.
Estos son algunos de mis vecinos, y en sus historias podrían reflejarse quienes lean estas líneas desde Florida, California, o el frío y norteño Maine. Otros prefirieron no hablar; dicen que “es mejor no pensar tanto en eso”.
@GrethelDelgado_
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