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ENTREVISTA

Rafael Mira: cuando el sueño de volar es más fuerte que cualquier pronóstico

El piloto español llegó a Miami dispuesto a trabajar. Limpió barcos, cocinó, capitaneó yates y cargó combustible a aeronaves. Ahora cuenta su historia para inspirar a otros

Por GRETHEL DELGADO

MIAMI.- Rafael Mira todavía recuerda el día en que subió a un pequeño avión en Miami, en los años 90. Entonces lo supo: quería ser piloto.

“Despertó el sueño que tenía dormido”, dijo Rafael en una entrevista con DIARIO LAS AMÉRICAS.

“Me bajé de ese avión con más ganas que nunca”, agregó.

Ahora que celebramos historias de éxito durante el Mes de la Herencia Hispana, Rafael Mira encarna una experiencia familiar para muchos inmigrantes que han comenzado desde cero en el sur de Florida.

Rafael, que llegó con formación militar en la Fuerza Aérea española, comenzó a trabajar en una cocina en Miami y su perseverancia le llevó a dominar los mandos de jets privados y a transportar alrededor del mundo a figuras del entretenimiento y los negocios.

Pero esta historia no ocurrió de un día para otro.

Miami, la oportunidad

Tras llegar a Miami en 1990, Rafael y su hermano recorrían la ciudad en una Volkswagen amarilla a la que habían bautizado “Fefa”. El plan inicial no era necesariamente quedarse. Miami era una parada, pero pronto comenzó a mostrarle otras posibilidades.

Una de ellas apareció en Tobacco Road, el legendario bar de Miami donde consiguió trabajo. La necesidad no dejaba demasiado espacio para el orgullo.

“Miami por aquel entonces era una ciudad donde había que estar dispuesto a aprovechar las oportunidades y mancharte las manos”, explicó.

Entonces apareció una oportunidad. Un camarero que trabajaba con él se estaba formando como piloto y lo invitó a un vuelo de práctica. Rafael subió al avión y su amigo le permitió tomar los controles.

“Volar un avión por primera vez fue algo mágico”, recordó. Poco después se presentó en el aeropuerto de Tamiami para aprender a volar.

Del mar al cielo

Pero todo sueño tiene un precio, y necesitaba dinero para pagar las clases. Llegó a colocar pequeñas bolsas con una moneda de un centavo en embarcaciones para anunciar sus servicios: limpiaba barcos, cascos, hélices y cualquier otra cosa que hiciera falta.

Muchos de los propietarios, cuando escuchaban la historia del joven que limpiaba sus embarcaciones y que soñaba con convertirse en piloto, reconocían en él una versión de sí mismos.

“Me daban el apoyo psicológico, mental, que yo necesitaba en ese momento”, afirmó.

De aquellas experiencias surgió una de las ideas que años después plasmaría en su libro: “Júntate con la gente que aprecia y valora lo que quieres hacer”.

“Miami me dio una oportunidad que supe tomar con muchas ganas, con mucho sacrificio”, añadió.

Dieciocho balseros

Antes de hacer de la aviación su profesión, Rafael fue capitán de yates privados en el Caribe. Precisamente al mando de una embarcación, en 1992, vivió uno de los episodios que todavía hoy lo conmueven al contarlo.

Estaba en Bimini cuando escuchó por la radio marítima una llamada de emergencia. Otra embarcación había encontrado lo que parecía ser una balsa. Rafael avisó al propietario del barco para el que trabajaba. Era cubano.

“Cuando el dueño escuchó ‘balsa’, dijo: ‘¿Balseros?’. Y salió con los pantalones poniéndoselos todavía: ‘Arranca, que nos vamos’”, relató. “Cuando el dueño escuchó ‘balsa’, dijo: ‘¿Balseros?’. Y salió con los pantalones poniéndoselos todavía: ‘Arranca, que nos vamos’”, relató.

Lo que encontró no se borra de su memoria: “Eso lo ves en la televisión, pero cuando estás ahí, que estás respirándolo… tengo los pelos de punta”, contó. “Hubo un silencio”.

Eran 18 balseros cubanos. Entre ellos había cuatro niños y una mujer. Rafael movió la embarcación para que pudieran subir por la popa: “Darle la mano a alguien y ayudarlo es lo más grandioso que un ser humano puede dar. Es humanidad, así de simple”.

Décadas después, la imagen de aquella mano extendida persiste en su manera de entender la vida.

“Todos tenemos un momento, creo yo, donde necesitamos que alguien nos agarre fuertemente, que alguien te ayude a subir”.

Más cerca de los aviones

Rafael llegó a ser capitán de barco, pero el cielo continuaba llamándolo.

Tomó entonces una decisión difícil de comprender si se mira únicamente desde el salario: dejó aquella vida y comenzó a trabajar en un aeropuerto poniendo combustible a los aviones por $3.75 la hora.

“Ya estaba en mi mundo. Yo respiraba combustible”, señaló.

Convertirse en piloto profesional no solo implica obtener una licencia. Para acceder a determinados empleos, necesitaba cientos y después miles de horas de vuelo.

“¿Cómo llegas tú a 5.000 horas de vuelo si volar un jet era casi imposible? Es una carrera de resistencia”, zanjó.

Su primera oportunidad como piloto comercial llegó en las Islas Vírgenes Británicas. Llevar el uniforme que durante tanto tiempo había imaginado fue difícil de asimilar: “Vestirme de piloto, llevando pasajeros… apenas entraba en mis zapatos”.

“Nunca dejas de pelear”

Después de alcanzar su objetivo y trabajar como piloto de aerolínea, los atentados del 11 de septiembre de 2001 golpearon de lleno a la industria aérea.

Rafael estaba entonces en Filadelfia. Las aerolíneas redujeron sus operaciones y él tuvo que reinventarse como intérprete de español en hospitales y tribunales. Esa labor le permitió acercarse más a la condición humana.

Después de ese paréntesis, regresó a la aviación y continuó acumulando experiencia hasta alcanzar más de 13.000 horas de vuelo y pilotar aeronaves como el jet Bombardier Global Express.

Su carrera lo llevó también al mundo de la aviación privada. Así, ha transportado a numerosas figuras de Hollywood, además de empresarios y artistas internacionales.

Entre ellos se encuentra Alejandro Sanz.

Como confesó, antes de volar por primera vez con el cantante español, le habían dicho que a Sanz le gustaba la seguridad al volar. Su estrategia para romper el hielo fue el humor. Se vistió de ciego y le dijo: “Tranquilo, que lo tengo todo bajo control; no te preocupes”. Sanz no pudo hacer otra cosa que reírse.

Pero detrás de la familiaridad existe una regla que Rafael considera inviolable: la seguridad está por encima de las exigencias de cualquier pasajero: “Si hay una metodología que a mí no me gusta o hay algo que no quiero, yo no voy a volar”, indicó.

Las experiencias acumuladas durante más de tres décadas se convirtieron en el libro La vida pasa volando: memorias de vuelo, sueños y aprendizajes.

El libro presenta a ese niño que soñaba con aviones, al joven que limpiaba embarcaciones en Miami, al capitán que ayudó a rescatar a 18 cubanos, al intérprete que transmitió complejas decisiones médicas y al piloto que alguna vez llegó a prepararse mentalmente para morir a bordo de una aeronave (que narra en uno de los capítulos más desgarradores del libro).

“El piloto que hay en mí nunca se rindió. Nunca dejas de pelear”, planteó.

Asimismo, su libro cuenta con un cuaderno complementario, Ahora te toca a ti, para que el lector lleve algunas de esas reflexiones a su propia vida.

“El miedo es para los valientes”

Además de pilotar, Rafael Mira es life coach certificado y ofrece charlas y seminarios. Uno de sus temas es el miedo y la importancia de vencerlo. Y es que, como explicó, sentir miedo no es necesariamente una debilidad.

“El miedo es para los valientes”, sostuvo. El objetivo, indica, es comprender de dónde viene y evitar que tome los controles.

Si tuviera que aconsejar a un joven que tiene un sueño, no lo piensa dos veces: “Mientras estás esperando a que todo, según tú, esté listo para empezar, la puerta sigue cerrada. Abre la puerta”.

Y puso su propio ejemplo: “Entré por la puerta de una cocina y terminé entrando por la puerta de la cabina de un avión”.

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