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COSTO HUMANO

Ricardo "Ricky" Sánchez: la vida que dejó atrás por un "sueño incompleto" de libertad para Cuba

En una conversación íntima con DIARIO LAS AMÉRICAS, el veterano de la Brigada 2506 revive el costo humano de Bahía de Cochinos: la juventud perdida, los amigos muertos, el trauma del exilio y la herida aún abierta de una causa que, 65 años después, considera inconclusa

Por CARLOS ARMANDO CABRERA

MIAMI. - Ricardo "Ricky" Sánchez no habla de Bahía de Cochinos como quien recuerda una página de la historia. La revive.

No en abstracto, ni como una efeméride, ni como un relato petrificado por el tiempo. Lo hace desde las cicatrices que dejó en su vida, en sus afectos y en una generación entera de cubanos que apostó su juventud a la promesa de una patria libre.

Sentado frente a un periodista nacido décadas después de la invasión y formado en una Cuba donde aquella operación fue enseñada bajo una narrativa radicalmente distinta, el veterano de la Brigada 2506 reconstruye la memoria con una mezcla de serenidad, lucidez y emoción contenida. No habla desde la grandilocuencia. Habla desde la memoria viva de quien aún conserva intacto el recuerdo de aquellos días.

Y mientras lo hace, la distancia entre el relato oficial del régimen castrista aprendido en la isla y el testimonio directo de uno de sus protagonistas se vuelve imposible de ignorar. Escucharlo no solo implica comprender mejor la historia, sino también dimensionar el sacrificio de una generación que apostó su juventud, y en muchos casos su vida, por una Cuba libre.

La conversación trasciende entonces la entrevista: se convierte en un encuentro íntimo donde no solo se estrechan las manos, sino también los corazones, entre generaciones unidas por una misma aspiración de libertad.

“Fue un sueño incompleto”, dice en un primer momento, antes de matizar: “Un sueño interrumpido, pero sueño al fin”.

Su decisión de integrarse a la Brigada 2506 nació de una convicción temprana: que la juventud cubana tenía el deber de intervenir en el destino político de su país. Pero también de una inquietud más personal, casi moral.

“Cuando llegué aquí y vi que había un esfuerzo para liberar a Cuba, sentí que tenía que participar”, evoca. “No podía simplemente venir a estudiar y seguir mi vida como si nada estuviera pasando”.

Entonces era apenas un joven de 19 años recién graduado del preuniversitario, como casi todos los que lo acompañaron, rememora.

Jóvenes que, según insiste, no respondían al retrato de mercenarios que durante décadas difundió el aparato propagandístico de la dictadura cubana.

“Todos éramos muchachos”, enfatiza. “Muchachos que amaban a Cuba”.

MUSEO DE LA BRIGRADA 2506

Muestra digital en uno de los salones de la sede del Museo de la Brigrada 2506.

Al evocar los días previos al desembarco, describe una atmósfera marcada por la exaltación de quien cree estar a punto de cambiar la historia.

Había entrenamiento, armas, cohesión y la certeza juvenil de que no podían fracasar.

“Mirábamos aquella columna de muchachos y pensábamos que era imposible perder”, relata.

La guerra se encargó de desmontar pronto esa convicción. Rememora el fuego aéreo, los blindados enemigos y la sensación de inferioridad frente a una maquinaria militar que terminó cercándolos.

“Había momentos en que pensabas: de aquí no salgo”, admite.

Pero incluso en medio del combate, insiste, hubo algo más fuerte que el miedo: el compañerismo. No como consigna, sino como experiencia fundacional.

“Una de las grandes experiencias que yo tuve fue el compañerismo”, subraya. “La fuerza estaba en el grupo”.

Cuando se le pregunta qué recuerdo de aquellos días lo ha acompañado durante toda su vida, no menciona una batalla ni una escena puntual. Vuelve a hablar de sus camaradas.

“Todavía nos encontramos y nos sentimos hermanos”, expresa. “Esa experiencia de compañerismo, esa experiencia de una finalidad mutua de todo el mundo, fue espectacular”.

Ese vínculo, afirma, fue el verdadero sostén de quienes compartieron batalla, derrota y luego prisión.

Sánchez pasó cerca de dos años encarcelado. Cuando finalmente salió, descubrió que el tiempo no se había detenido para el resto del mundo.

“Mentalmente veía a todos mis amigos tres años adelantados, ya graduándose”, rememora. “Era volver a empezar”.

La guerra no solo le arrebató libertad temporal. También le arrebató tiempo de vida. Años de juventud. Oportunidades. Normalidad.

Al abordar cómo aquella experiencia impactó su vida personal y familiar, su tono cambia.

“A mí me hizo un daño enorme”, reconoce.

“No sé si yo hubiera querido ver a mis hijos pasar por algo así”.

Tampoco el recuerdo de quienes no regresaron lo ha abandonado. Al mencionar a compañeros caídos o marcados para siempre por aquella operación, su voz cambia. Ya no habla como veterano. Habla como sobreviviente.

Los nombres que menciona a continuación, señala, representan historias distintas de juventud truncada, sacrificio y un país que nunca pudieron recuperar.

“Fueron cuatro que siempre recuerdo: Néstor Pino, que me salvó la vida y después fue un héroe en el ejército americano; Rolando Rodríguez, que fue mi amigo desde niño; el primo de mi esposa, que llegó casi sin preparación y murió allí; y el doctor Juan Clark, que después se convirtió en el historiador de la Brigada. Cada uno tiene su historia y su porqué, pero todos eran muchachos que amaban a Cuba”.

Cuando se le plantea qué le diría hoy al joven que fue en 1961, guarda silencio por un instante, respira hondo y contiene la emoción antes de responder.

La pasión de entonces, reconoce, ha dado paso a una comprensión más sobria de los factores políticos y estratégicos que rodearon aquella gesta. Pero no al arrepentimiento.

“Desde el punto de vista humano, le diría a aquel joven que cumplió con su deber como lo hizo”, reflexiona. “Pero desde el punto de vista práctico, después de viejo uno aprende a mirar las cosas de otra manera y a asegurarse de que lo que le están vendiendo esté bien, porque nuestro fracaso tuvo muchos padrinos”.

Ese realismo no ha apagado su esperanza. Solo la ha hecho más cauta.

MUSEO DE LA BRIGRADA 2506

Entre historia y recuerdo: la gran bandera cubana ondea en el Museo de la Brigada 2506.

“Yo nunca he perdido la ilusión de que Cuba pueda recuperarse”, asegura.

Y cuando se le pide condensar en pocas palabras la experiencia que definió su participación, no recurre a una consigna ni a una frase heroica. Regresa, en cambio, a la misma idea que atraviesa toda la conversación.

“Fue un sueño incompleto”, repite. “Un sueño interrumpido, pero sueño al fin”.

Y al final de la conversación, entre el veterano que un día empuñó las armas por la libertad de Cuba y el periodista que hoy la defiende desde la palabra y la memoria, emerge una certeza compartida: la aspiración sigue siendo la misma.

“La palabra es tan fuerte como las armas”, dice Sánchez.

En esa convicción, transmitida de una generación a otra, persiste también la esperanza de que el sueño que su generación dejó inconcluso aún pueda encontrar continuidad en quienes vienen detrás.

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