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CINE

Hay "Guerra de las Galaxias" para todos

¿Cómo se explica entonces que The Force Awakens parezca hecha para complacer a los seguidores más antiguos de Star Wars?

Por JOSÉ ANTONIO ÉVORA

 José Antonio Évora

Los aplausos en el cine son raros.  Por eso me llamó la atención escucharlos repetidas veces durante la proyección de Star Wars Episode VII: The Force Awakens.

Era como en el teatro, o como en esos programas de televisión que se transmiten o se graban en presencia del público.  Entraba en escena Han Solo (Harrison Ford): aplausos.  Aparecía el robot R2-D2, y aun sin haberse movido: aplausos.  Eso da una idea de la reserva emocional que hay detrás de la serie.  Ya no es una película de culto.  Es, a su manera, un nuevo mito con destellos de religión.

Cuesta trabajo dar un par de opiniones esenciales sobre el filme sin echarles a perder las expectativas a los espectadores que más lo ansiaban, y en general a todo el público.  Porque lo curioso es que, con lo que se ve en este séptimo capítulo de la serie, puede inferirse que sus nuevos dueños --The Walt Disney Company-- quieren desarrollarla a mediano y a largo plazo aferrándose no tanto a los protagonistas originales como a la fábula de la lucha entre el bien y el mal en galaxias llenas de los mismos desafíos de siempre, sólo que con caras nuevas, capaces de adaptarse a los cambios generacionales y a las consecuentes necesidades del casting para satisfacerlos.

¿Cómo se explica entonces que The Force Awakens parezca hecha para complacer a los seguidores más antiguos de Star Wars?

Aun si usted no ha visto una sola de las seis películas anteriores, no se preocupe: puede entrar al cine sin temor a tener que preguntarle al de al lado qué fue lo que pasó.  De principio a fin, la acción es la verdadera protagonista de The Force Awakens.  Ahora bien, que el público aplauda cuando aparece Leia y se sienta el escalofrío colectivo ante el peligro de muerte de uno de los protagonistas originales es algo muy bien calculado, nunca a expensas de los advenedizos ni de los iniciados, sino en busca del terreno común donde sea posible complacer simultáneamente a unos y a otros.

El director, coautor del guión y coproductor, J.J. Abrams, consigue algo extraordinario: la magia de la computación aplicada al cine no le resta protagonismo a la historia ni a sus personajes.  Parece como si hubiese exigido que los efectos especiales quedaran teñidos de la artesanía de fines de los años 70 del siglo pasado sin que, a su vez, la maniobra levantara sospechas de nostalgia estéril.  Abrams logra que quienes vieron la primera película de la serie en su adolescencia o en su juventud no se sientan traicionados con alardes de brillantez digital, sino complacidos por la discreción de las animaciones computarizadas. Hay un homenaje muy bien pensado y mejor realizado que, sospecho, George Lucas estará agradeciendo.

Y desde el principio sobran las buenas dosis de humor, que además de aligerar el dramatismo de las situaciones, humanizan mucho a los personajes; nos hacen sentirlos menos extraterrestres y, por lo tanto, más accesibles.  Cuando el malo, Kylo Ren (Adam Driver), interroga enfundado en su careta sombría al go de las fuerzas aéreas de la Resistencia Poe Dameron (encarnado por el actor guatemalteco Oscar Isaac), se le escucha esa voz de lata que recuerda a Darth Vader.  Dameron levanta los ojos y le pregunta por qué no se quita la careta para poder entenderlo.

Curiosamente, la entrada de J.J. Abrams en el mundo de los premios en Hollywood fue nada menos que con una nominación en la categoría de Peor Guión en 1999 a los Golden Raspberry, conocidos como Razzies, por su guión de Armageddon.  Hoy, además de ser el artífice de The Force Awakens, es el productor de la entrega más reciente de Mission Impossible, Rogue Nation, de la próxima, y de la inminente Star Trek Beyond.  Para que ustedes vean que no hay que desanimarse al primer fiasco.

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