ver más
PERIODISTA Y ESCRITOR SATÍRICO

Hunter a pesar de Hunter

Sea como sea, la gran crisis de las letras se veía venir. Hunter la vio venir. Y en eso fue también un visionario, incluso antes de que el ácido le enseñara a ver su propia proyección en rosa fosforito comiéndose el techo de la habitación y guardándose hipopótamos en el bolsillo

Por ITXU DÍAZ

Tuvo que haber un Hunter S. Thompson para que todos los demás pudiéramos hacer lo que nos da la gana en nuestras columnas y crónicas, sin que nadie sepa con exactitud si esto es así o todo forma parte de una broma de mal gusto. Tuvo que ser lunático, impostor, y genial, para conseguir hacerse un hueco que nadie puede llenar, aunque sean legión sus ruidosos imitadores. Siempre he pensado que hacen bien esos chicos que quieren ser iguales a Hunter S. Thompson, pero deberían empezar por el final.

Entre las costumbres más odiosas y morbosas de la literatura contemporánea está esa fiebre por editar cartas privadas de personajes no precisamente edificantes, habitualmente muertos. Esto empezó con los santos, y tenía su explicación, por aquello de las vidas ejemplares. Pero ahora nuestros escritores más idolatrados se muestran como peseteros, ególatras, groseros, y psicóticos; o sea, se muestran como son, en esas ediciones prologadas por sus viejos editores, que aprovechan casi siempre las páginas para cobrarse alguna deuda pendiente post mortem. Y sí, soy uno de esos lectores enganchados a las cartas de autores quejándose al servicio técnico de la lavadora, y regateando unas monedas de derechos de reedición a alguna editorial arruinada. También me divierte el fútbol y eso no me convierte precisamente en un intelectual. De hecho, siempre quito el sonido al televisor cuando empieza a hablar Jorge Valdano.

Por supuesto, las cartas del de Kentucky las leí con avidez. Disfruté especialmente esas misivas que no esperaban respuesta. Y todas esas que Hunter escribió a quienes habían rechazado trabajos suyos, redactadas pensando exclusivamente en la hipotética publicación futura de esos papeles privados. El mensaje era el mensaje, ya en los 60. No es casualidad que algunas de ellas, tan groseras, salvajes, e inspiradas, resultaran decisivas para lanzar su posterior carrera literaria. Los intercambios de insultos escritos entre directores de revistas de vanguardia –que ya eran muy modernitas antes de nacer el primer hipster– y responsables editoriales de todo pelaje son, muy probablemente, la cima de la literatura epistolar sobre literatura.

A Hunter S. Thompson, cuyo décimo primer aniversario de su muerte se celebró el 20 de febrero, le aburrían muchísimo sus imitadores y es comprensible. Tiene el lector una extraña confianza en que el autor es tal y como se describe a sí mismo. Por suerte, después de Hunter S. Thompson, es absurdo siquiera insinuar algo así, porque el propio autor habría muerto miles de veces, aunque faltaban aún varios años para que Twitter comenzara a matar a las mismas personas todas las semanas.

Y sin embargo, creó un clima propicio entre la ficción y la realidad, increíblemente fecundo para los cientos de columnistas que llegaríamos después al periodismo casi por accidente, tras haber recibido el encargo divino de dedicarnos a las letras en un tiempo en el que la mayor parte de la gente está demasiado ocupada escribiendo en las redes sociales como para sentarse a leer. Así, hemos aterrizado en el periodismo con un traje vocacional tan holgado que a nadie le extrañaría que mañana mismo anunciáramos el comienzo de una nueva vida como submarinistas. Pero da igual, porque estamos aquí, y eso ya no tiene arreglo. Y no, lo de Hunter no puede considerarse un modo de arreglarlo.

Sea como sea, la gran crisis de las letras se veía venir. Hunter la vio venir. Y en eso fue también un visionario, incluso antes de que el ácido le enseñara a ver su propia proyección en rosa fosforito comiéndose el techo de la habitación y guardándose hipopótamos en el bolsillo. Como muchos otros, fue todo lo que fue, quizá a pesar de sí mismo. Ese horrible personaje estuvo a punto de acabar con sus planes para dominar la tierra sin moverse de su escritorio. La autodestrucción se le presuponía.

Al fin, la única condición que la literatura impone a quienes quieren jugar a ser unos sinvergüenzas es que, de algún modo, lo sean de verdad. Y la forma más inteligente de ser un sinvergüenza es no serlo en absoluto. En eso, Hunter S. Thompson también fue, como en todo, extremo, pionero, y definitivo.

 NULL

    

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Deja tu comentario

Te puede interesar